viernes, 29 de mayo de 2026

 

 

¿Es tan imprevisible el mundo?

 

Aunque existe una profunda incertidumbre acerca de hacia dónde se encamina la humanidad, se ha convertido en un lugar común afirmar que el mundo está cambiando aceleradamente. Y, en general, los pronósticos predominantes suelen ser agoreros.

La información que circula es muchas veces contradictoria, especialmente aquella que proviene de los más altos niveles de conducción política global. Las declaraciones vinculadas a la guerra con Irán son apenas una muestra. Los mensajes del presidente de los Estados Unidos en la red X reflejan con frecuencia una dinámica desconcertante: lo que se afirma un día puede ser desmentido al siguiente, para luego volver a sostenerse una posición completamente distinta.

Sin embargo, el problema no reside solamente en las contradicciones de los dirigentes. El verdadero problema es más profundo: hoy no existe un marco interpretativo compartido capaz de ordenar lo que ocurre en el escenario internacional. Las categorías tradicionales parecen insuficientes para explicar una realidad que cambia más rápido que los propios instrumentos destinados a comprenderla. El desconcierto se ha convertido, así, en el clima dominante de la política, de los medios y, muchas veces, también del análisis académico.

Pero la realidad no se agota en ese plano de incertidumbre permanente. Mucho depende del nivel desde el cual se observen los acontecimientos. Porque, detrás del ruido cotidiano, existen procesos históricos de larga duración que operan como verdaderas invariantes: tendencias profundas que atraviesan gobiernos, coyunturas e ideologías, y que terminan modelando la marcha de las sociedades más allá de la voluntad de cualquier actor individual.

La lucha contra la pobreza constituye un ejemplo evidente. Más allá de las diferencias doctrinarias, nadie puede plantearse seriamente como objetivo aumentar la marginalidad o la exclusión social. Existen razones éticas y morales para combatirla, pero también razones de racionalidad económica y de autointerés sistémico.

En un mundo cuya capacidad de producción de bienes y servicios tiende a expandirse casi sin límites, la cuestión central pasa a ser la creación de mercados capaces de absorber esa producción. Integrar poblaciones al consumo y a la vida económica deja así de ser solamente una aspiración humanitaria para convertirse también en una necesidad funcional del propio sistema económico global.

lgo similar ocurre con la paz. En un planeta atravesado por arsenales nucleares capaces de destruir varias veces la vida sobre la Tierra, una guerra mundial abierta entre grandes potencias resulta hoy difícil de imaginar. Más allá de la retórica belicista que acompaña a numerosos conflictos regionales —y aunque el riesgo nunca desaparece por completo— todo indica que los actores centrales procuran evitar el cruce de determinadas “líneas rojas” capaces de desencadenar escenarios irreversibles.

Del mismo modo, existen agendas que, con avances y retrocesos, difícilmente puedan ser abandonadas. El abordaje de las consecuencias del cambio climático constituye una de ellas. Podrán discutirse diagnósticos, ritmos o instrumentos, pero la problemática ya forma parte estructural de la agenda global.

Incluso la idea misma de progreso humano —hoy muchas veces cuestionada o relativizada— continúa operando como una tendencia histórica de fondo. Con todas sus contradicciones, la trayectoria de la humanidad muestra una expansión persistente del conocimiento, de las capacidades técnicas y de las posibilidades materiales de existencia. Es el recorrido iniciado cuando el primer ser humano descendió del árbol y comenzó a transformar conscientemente su entorno.

Estas dinámicas profundas atraviesan toda la historia. Son fuerzas de larga duración que exceden las decisiones coyunturales y que, en gran medida, delimitan los escenarios futuros posibles.

Por eso, quizá el mundo no sea tan imprevisible como aparenta. El caos existe, pero no necesariamente implica ausencia de dirección histórica.

—o0o—

Hoy la situación internacional se encuentra en plena ebullición. Estamos atravesando cambios de época que preanuncian escenarios futuros inéditos, difíciles de interpretar a partir de antecedentes históricos conocidos. Los factores reconfigurantes son relativamente recientes y comenzaron a gestarse hace apenas algunas décadas, en el momento mismo en que nace la globalización como fenómeno estructural de alcance planetario.

La globalización puede asociarse, metafóricamente, con la noción física de “campo”, aplicable a los campos gravitatorios, eléctricos o magnéticos. La Tierra, por ejemplo, genera un campo gravitatorio: en cada punto alrededor del planeta existe una determinada intensidad y dirección de la gravedad. Si sostengo un objeto en ese espacio, el objeto “siente” una fuerza; si lo suelto, caerá inevitablemente. El campo es invisible, pero sus efectos son plenamente observables.

Algo semejante ocurre con la globalización. Hoy existen medios para comunicarse en tiempo real con cualquier lugar del mundo; esa condición jamás había existido en la historia humana. Los viajes de Colón —como muchas otras acciones históricas posteriores— tendían hacia la globalización, pero todavía no constituían globalización en el sentido actual: una estructura planetaria integrada, operativa y permanente.

La tendencia a viajar, comerciar o expandirse constituye apenas una condición anticipatoria. Lo mismo sucede con las finanzas, que muchas veces son utilizadas para definir la globalización de manera reductiva. Son dimensiones del fenómeno, pero no su totalidad. La globalización no necesita adjetivos: constituye una nueva condición histórica integral en la marcha de la humanidad.

Su consolidación como decisión política comienza a gestarse durante la década de 1970 y coincide —o quizá es determinada— por varios logros decisivos de la humanidad: la llegada al espacio, la maduración de la Revolución Científico-Tecnológica (RC&T) y la aparición de las comunicaciones en tiempo real.

En ese contexto, las élites dirigentes toman conciencia de una transformación decisiva: por primera vez en la historia humana, la capacidad potencial de producción comienza a superar la capacidad de consumo. A partir de allí, la demanda pasa a convertirse en el término crítico de la ecuación económica.

Todo ello ocurre, además, en un mundo donde más de mil millones de personas sobrevivían con apenas un dólar diario.

Desde el punto de vista estrictamente económico, ya existían grandes corporaciones transnacionales interesadas en ampliar los mercados para absorber producciones crecientemente ilimitadas. Como una consecuencia natural de esos desbalances, comienza a gestarse el fenómeno chino.

La lógica era contundente: China representaba un mercado potencial de más de mil millones de habitantes. Entonces comienza, de manera acelerada, la mayor reorganización logística y productiva de la historia contemporánea.

Decenas de miles de empresas de los países “trilaterales” se relocalizan en territorio chino, un país perteneciente al sistema socialista, atravesado todavía por fuertes contradicciones internas y afectado por las secuelas de las políticas aventureras del maoísmo. De ese proceso surgiría la plataforma productiva más grande del planeta y, con el tiempo, la segunda economía mundial.

La experiencia resultó extraordinariamente exitosa: en apenas cuarenta años, China logró sacar de la pobreza a centenares de millones de personas.

Un verdadero prodigio histórico.

—o0o—

En el mundo actual —el surgido tras el fin de la Guerra Fría y el agotamiento de la etapa unipolar de los años noventa— muchos analistas coinciden en identificar tres grandes actores hegemónicos, cada uno desempeñando un papel distinto en la configuración del orden internacional.

En primer lugar, aparece Estados Unidos, la potencia que dominó la escena global luego de la Segunda Guerra Mundial. En la jerga política suele caracterizárselo como un “imperio” que ejerce el imperialismo; una definición discutible desde el punto de vista etimológico, pero asociada al papel de sus grandes corporaciones en el mercado mundial y al uso combinado de instrumentos militares, financieros y diplomáticos para sostener esa supremacía.

Sin embargo, el desgaste provocado por los resultados adversos de la mayoría de sus intervenciones militares —inspiradas muchas veces en la idea del “destino manifiesto”, según la cual Estados Unidos se atribuye el derecho de intervenir allí donde considera afectados sus intereses o valores— ha generado profundas divisiones internas. Ese proceso se manifiesta hoy en un repliegue gradual y, en muchos aspectos, desordenado, de sus posiciones dominantes en el exterior.

A ello se suma el impacto que tuvo la propia estrategia estadounidense de relocalización industrial hacia China. En ese proceso, el papel de las pequeñas y medianas empresas norteamericanas fue decisivo. La consecuencia fue una profunda readaptación de la estructura socioeconómica de Estados Unidos: por un lado, la pérdida de parte de su infraestructura manufacturera tradicional; por el otro, la emergencia de nuevos polos tecnológicos y financieros, simbolizados por Silicon Valley. Fue un proceso resiliente, de suma y resta, con fuerte impacto sobre el imaginario y la identidad del pueblo estadounidense.

Uno de los aspectos centrales de la reacción frente a esa transformación contradictoria se expresa en el actual repliegue norteamericano, costoso y turbulento por la forma en que rompe ligaduras tradicionales con aliados y socios históricos. Ese repliegue busca recuperar capacidades productivas que en el pasado colocaron al país en una posición tan singular como privilegiada.

De allí surgen las distintas variantes del “shoring” —reshoring, nearshoring o friendshoring— orientadas a reconstruir cadenas productivas dentro del propio territorio, en el entorno regional o en países considerados confiables. En el plano narrativo, esta tendencia se resume en consignas como “América para los americanos” o el ya emblemático MAGA (“Make America Great Again”).

En medio de estos cambios abruptos, uno de los principales perdedores parece ser la Unión Europea, que ha visto disminuir el protagonismo del que disfrutó durante siglos y que todavía no logra encontrar una brújula estratégica propia.

China, por su parte, es el hegemón ascendente. Su principal fortaleza es el crecimiento económico sostenido, convertido en el gran ariete de su expansión internacional. El resultado más visible de ese proceso es su capacidad de poblar las góndolas del mundo con productos de toda clase, algo que logra de manera creciente y sistemática. Sin embargo, aunque esa posición privilegiada en el comercio internacional genere prestigio -que China se lo ha ganado sobradamente-- no necesariamente se traduce en ascendencia política o diplomática.

De hecho, China aún carece de un peso geopolítico proporcional a su dimensión económica, incluso en su entorno inmediato. De sus dieciséis países fronterizos, solo Pakistán puede considerarse plenamente alineado con Pekín; con los demás mantiene o ha mantenido tensiones, disputas o desconfianzas históricas.

Al mismo tiempo, China ha reiterado en numerosas ocasiones que sus ambiciones no apuntan a la expansión militar clásica, sino a consolidar su presencia económica global mediante proyectos como la Ruta de la Seda, orientados a transformar la infraestructura de conectividad mundial.

China carece de una tradición prolongada de liderazgo en las relaciones internacionales modernas. En su haber hay una gestión de acercamiento entre Irán y Arabia Saudita (como se ve ahora poco duradera). Ese expertise no se adquiere de la noche a la mañana. La construcción de una verdadera gravitación geopolítica exige otros condicionantes históricos, culturales y estratégicos, y demanda tiempos más largos. Por eso, aunque se ha difundido la idea de una nueva bipolaridad entre Washington y Pekín —una suerte de nuevo G2—, los hechos parecen indicar que esa supuesta bipolaridad es, en gran medida, una entelequia de corte jingoísta en el discurso occidental.

A Rusia, en cambio, hay que comprenderla desde la perspectiva clásica de Halford John Mackinder y la tradición geopolítica euroasiática. Su comportamiento actual —componedor en algunos escenarios, intervencionista en otros— deriva en gran medida de las consecuencias del derrumbe soviético y de la persistencia de las lógicas territoriales heredadas del denominado “Gran Juego” en Asia Central durante el Siglo XIX, así como de la excelsa tradición diplomática rusa que se fue configurando desde la época del imperio zarista.

Basta observar un planisferio para comprender el significado profundo del prefijo “geo”. La geopolítica continúa siendo un factor decisivo. Ni siquiera Hitler logró modificar las determinaciones permanentes de la geografía.

—o0o—

Hoy las formas de ejercer el poder público se han bifurcado. A las modalidades tradicionales, institucionales y políticamente correctas, se les han adosado otras nuevas, insólitas, que llenan de estupor a analistas, medios de comunicación y ciudadanos comunes.

El problema epistemológico reside precisamente allí: en el caos. Sea guionado o espontáneo, improvisado o deliberadamente calculado, el mejor exponente de esa lógica es el presidente de los Estados Unidos; y, detrás suyo, acaso su discípulo más aplicado, el presidente argentino.

Hay que leer a Giuliano da Empoli. Sus trabajos ayudan a comprender estas nuevas formas del poder. Las semblanzas de dos de sus libros fueron publicadas por el IRI/UNLP.

En realidad, el desconcierto que produce la retórica dominante proviene de que todavía se intenta analizarla dentro de los marcos clásicos de la racionalidad política. Pero el fenómeno responde a otra lógica. El caos ya no es necesariamente una anomalía: puede ser también un método de conducción, de adaptación y de construcción de poder.

La historia humana está llena de situaciones absurdas. Aún hoy debemos tolerar guerras, industrias de la muerte y presupuestos militares descomunales financiados por los contribuyentes, mientras enormes sectores de la humanidad continúan privados de condiciones básicas de bienestar.

Persisten, además, las tentaciones que llevan a formular razonamientos inquietantes: ¿por qué no recurrir a las guerras, si constituyen grandes negocios y, además, generan empleo? Bajo esa lógica, algunos conflictos se prolongan porque poseen razones estratégicas reales; otros, en cambio, parecen mantenerse de baja intensidad, sin justificación evidente, acaso para conservar a las sociedades en estado de tensión permanente y crear así condiciones psicológicas favorables a cambios que se presentan como inevitables.

Hay que saber leer los signos de la época. Las nuevas racionalidades, como todo cambio histórico profundo, tardan en nacer, del mismo modo en que lo viejo tarda en morir…cuando corresponde que así sea. Las bases de muchos de los avances científicos y tecnológicos que hoy asombran al mundo se gestaron durante y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Incluso la Inteligencia Artificial encuentra allí parte de sus raíces remotas.

En medio del caos, el mundo está cambiando como nunca antes. Da la impresión de estar atravesando una etapa terminal de ciclo, como si una civilización estuviera culminando para preparar el ingreso a otra instancia, a otro “nivel cuántico” de la historia humana.

¿El espacio? ¿El advenimiento de una civilización cósmica?

Si uno observa la aceleración de los programas espaciales y las pruebas de cohetes que se suceden en distintas potencias, parecería que esa hipótesis ya no pertenece solamente al terreno de la ciencia ficción.

Quizás la globalización constituya la última gran civilización estrictamente “terrícola” antes de una expansión de la humanidad hacia nuevas escalas de existencia.

 

Ing. Alberto Ford

IRI/UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar

ingenieroalbertoford.blogspot.com

Buenos Aires, mayo de 2026

 

Dijo ChatGPT:

El texto posee una hipótesis central clara y sugestiva: detrás de la apariencia caótica del presente existen tendencias estructurales profundas que continúan otorgándole dirección a la historia. Esa idea atraviesa todo el ensayo y le otorga unidad conceptual. El contrapunto entre “caos superficial” y “dinámicas de larga duración” constituye, probablemente, el principal acierto del trabajo.

La escritura logra además algo poco frecuente: combinar ambición interpretativa con un lenguaje accesible. El texto evita tanto el tecnicismo académico excesivo como la simplificación periodística. Se mueve en una “clave ensayística alta”, pero preservando fluidez narrativa y cierta oralidad elegante que facilita la lectura incluso cuando aborda cuestiones complejas de geopolítica, economía o transformación civilizatoria.

Uno de los aspectos más logrados es la amplitud de escala desde la cual se observa el fenómeno histórico. El ensayo pasa de la coyuntura inmediata —las contradicciones discursivas de los liderazgos contemporáneos— a procesos de larga duración vinculados con la globalización, la Revolución Científico-Tecnológica, la reorganización productiva planetaria y las mutaciones del poder global. Esa capacidad de alternar planos de análisis le da profundidad y evita que el texto quede atrapado en el comentario coyuntural.

También resulta particularmente eficaz la utilización de metáforas organizadoras. La idea de la globalización como “campo” gravitatorio constituye uno de los núcleos conceptuales más originales del trabajo, porque permite visualizar la globalización no sólo como intercambio económico, sino como una nueva condición estructural de existencia histórica.

Otro mérito importante reside en el tratamiento de China. El texto evita tanto la demonización automática como la idealización ingenua. Reconoce el carácter extraordinario de su transformación económica, pero al mismo tiempo introduce una distinción relevante entre gravitación económica y gravitación geopolítica. Esa diferenciación le aporta matices y evita caer en esquemas binarios demasiado simplificados.

La parte final del ensayo, donde aparece la hipótesis de una transición hacia una eventual “civilización cósmica”, es probablemente el tramo más arriesgado y, al mismo tiempo, el más personal. Allí el texto abandona deliberadamente el análisis geopolítico clásico para ingresar en una reflexión de carácter civilizatorio y prospectivo. Ese movimiento puede generar discusiones —y seguramente las generará—, pero precisamente allí aparece una voz autoral propia, capaz de diferenciarse de los enfoques tradicionales.

No obstante, existen algunos puntos que podrían fortalecerse en futuras versiones.

En ciertos pasajes, la acumulación de conceptos y ejemplos reduce parcialmente la tensión argumental. Algunas enumeraciones técnicas o terminológicas —particularmente en el apartado sobre el “shoring”— podrían condensarse para preservar mayor densidad narrativa.

Asimismo, determinadas afirmaciones de gran alcance histórico o geopolítico aparecen formuladas con fuerte contundencia, pero sin desarrollo suficiente. El texto gana potencia cuando explica los procesos; pierde algo de fuerza cuando ciertas conclusiones quedan enunciadas más como intuiciones estratégicas que como argumentaciones plenamente desplegadas.

También sería posible reforzar algunas transiciones entre bloques temáticos. En determinados momentos, el ensayo se desplaza con mucha rapidez desde la economía hacia la geopolítica, o desde la geopolítica hacia la filosofía de la historia, sin preparar completamente esos cambios de registro. Una articulación algo más gradual entre secciones podría aumentar todavía más la cohesión del conjunto.

Sin embargo, esas observaciones no afectan el valor principal del trabajo. El ensayo consigue instalar preguntas de fondo en un tiempo dominado por la fragmentación informativa y por la lógica de la inmediatez. Su mayor aporte consiste precisamente en intentar reconstruir una mirada estructural del presente histórico.

Más que ofrecer certezas cerradas, el texto propone un marco de interpretación. Y acaso allí radique su mayor interés intelectual: en la tentativa de pensar el desorden contemporáneo no como simple caos, sino como la posible transición hacia una nueva etapa de la experiencia humana.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario