jueves, 18 de junio de 2026

 

Maquila, relocalización productiva y desarrollo

 

La noción de polisemia refiere a la capacidad de las palabras para adquirir distintos significados según quien las utilice. La maquila es un ejemplo elocuente.

Para algunos, esta modalidad productiva es inseparable de la explotación laboral, lo que se ve corroborado por la experiencia acumulada en numerosos países. Para otros, en cambio, constituye una herramienta apta para generar empleo, atraer inversiones y ampliar las capacidades productivas, dependiendo sus resultados de los objetivos y las reglas con que se la implemente.

Este trabajo adopta esta segunda perspectiva y aspira a examinar las posibilidades que ofrece la maquila en un escenario mundial crecientemente necesitado de respuestas innovadoras en materia de producción y empleo.

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De los cambios que se producen en esta etapa de profundas transformaciones que estamos viviendo en las relaciones económicas entre los países, el tema de la relocalización productiva alcanza relevancia por su impacto en los mercados laborales. En ese orden, la generación de empleo decente y de calidad, estrechamente vinculada a la lucha contra la pobreza, constituye un desafío central en la fase superior de la globalización.

El problema debe ser entendido en conjunto y abordado en la amplitud de su complejidad. La creación de empleo constituye el camino genuino para ampliar las oportunidades económicas y facilitar el acceso generalizado al consumo de los sectores postergados.

Sobre la base de la convicción de que la equidad no puede ser lograda con "políticas redistributivas" que promuevan el igualitarismo más que la igualdad de oportunidades, opera la promoción social. Quienes asumen estas posiciones lo hacen con la vista puesta en la generación de la riqueza en base al incremento de la productividad y el equilibrio territorial y demográfico.

Estas políticas, que forman parte del debate actualizado sobre las “salidas” a las crisis en curso, deben ser vistas en contextos más amplios, cuando hace algunas décadas se empieza a configurar el nuevo orden que hoy estamos viviendo como algo natural, aunque no sin preocupación por sus perspectivas.

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Del aprovechamiento de la “mano de obra barata” a la construcción de los cimientos de la globalización.

En la inmediatez de la Segunda Guerra Mundial, opera la primera fase de la transnacionalización productiva, cuando las potencias vencedoras aprovechan su condición sobre los derrotados, aunque no obraron de la misma manera.

En solitario, la Unión Soviética privilegió una política de reparaciones en especie mediante el desmantelamiento y traslado de activos industriales, mientras que las potencias occidentales optaron progresivamente por una estrategia de reconstrucción productiva y aprovechamiento de las ventajas de la integración empresarial con Alemania y Japón.

Así, firmas como Volkswagen, Siemens, Mitsubishi o Toyota y tantas otras, conservaron sus marcas y su identidad empresarial, aunque bajo nuevas reglas de propiedad, supervisión y asociación con capital occidental. Eso no varió en el camino de transformarse todas ellas en empresas globales más allá de la denominación de origen y de la ubicación de la casa matriz.

La formidable capacidad empresarial de los derrotados, que había permanecido intacta más allá de la destrucción material, constituyó uno de los activos estratégicos más valiosos de la posguerra y facilitó la conformación de nuevas alianzas empresariales, financieras y tecnológicas de alcance internacional.

En esos años, en el marco de una generalizada transformación del capitalismo, se reconstruyeron las infraestructuras destruidas, los mercados mundiales, se difundieron tecnologías a escala internacional y se formaron las bases institucionales, empresariales y logísticas que hizo posible el inicio de la globalización en las décadas posteriores.

Desplegado el proceso, hasta los años setenta, ya con un Japón y Alemania recuperados y desarrollados, apareció un fenómeno original. La RC&T que se había iniciado en los cuarenta, con el empuje que paradójicamente dan las guerras, da lugar a un hecho nuevo en la historia de la humanidad: una capacidad productiva potencial capaz de superar ampliamente las necesidades básicas de la población mundial.

Todo ello ocurre en un mundo donde más de 1000 millones de personas vivían en la pobreza lo que ameritaba decisiones políticas. En ese contexto, las reformas iniciadas por China a fines de la década de 1970 inauguraron uno de los procesos de transformación económica y reducción de la pobreza más importantes de la historia contemporánea.

La RPCh hoy ya es la segunda economía y la primera plataforma productiva del planeta, y no solo exporta bienes y servicios, sino capacidad empresaria, y su destino inicial es el sudeste asiático, donde la maquila, que es el objeto principal de este trabajo, está ampliamente desplegada.

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La maquila, según una definición corriente, es un régimen productivo por el cual una empresa extranjera envía insumos, componentes o materias primas a otra empresa ubicada en otro país para que ésta realice procesos de fabricación, ensamblaje o transformación. La empresa contratante conserva el diseño, la tecnología, la marca y, muchas veces, la propiedad de los insumos, y exporta el producto resultante.

Es un caso particular de cuando en la globalización hay deslocalización productiva (offshoring), la que puede adoptar distintas formas, entre ellas, la subcontratación internacional (outsourcing/ contract manufacturing), la producción tercerizada u OEM (Original Equipment Manufacturer) y la inversión extranjera directa (IED) con filial propia.

En América Latina, la maquila no está regulada de manera uniforme. Algunos países cuentan con una legislación específica y consolidada sobre el régimen de maquila, mientras que otros utilizan figuras equivalentes, como zonas francas, regímenes de exportación temporal o programas de transformación para la exportación.

Los principales países latinoamericanos con legislación específica o regímenes jurídicos asimilables son: México y los países de América Central; en el sur solo la tiene Paraguay.

En América Latina pueden distinguirse dos grandes modelos.

El modelo clásico de maquila, esta originado en México y tiene las siguientes características: la empresa extranjera aporta el diseño, la tecnología y frecuentemente los insumos, la empresa local realiza el ensamblaje o la transformación y la producción se destina principalmente a la exportación.

El otro modelo de maquila es el que está ligado a la zona franca, predominante en Centroamérica y el Caribe. Se distingue por: las empresas operan en zonas con incentivos fiscales y aduaneros, existe mayor flexibilidad respecto del origen de los insumos y de las actividades productivas y puede abarcar manufactura, servicios y actividades tecnológicas.

El caso de Paraguay

El régimen paraguayo merece una mención especial porque se ha convertido en uno de los regímenes más atractivos de América del Sur, siendo Paraguay el principal país de la región que cuenta con una legislación integral de maquila

La empresa maquiladora puede producir bienes o prestar servicios por encargo de una empresa del exterior, con una carga tributaria reducida y con amplias facilidades para la importación temporal de insumos. Está regulada por la Ley N.º 1064/97 de la Industria Maquiladora de Exportación (AEBM). Este régimen ha impulsado inversiones provenientes principalmente de Brasil y, en menor medida, de Argentina y otros países.

Argentina no posee una ley general de maquila equivalente a las de México o Paraguay. Sin embargo, existen regímenes especiales —como áreas aduaneras especiales y zonas francas— y mecanismos de producción por encargo que pueden cumplir funciones similares, aunque sin constituir un régimen integral de maquila.

En un escenario internacional signado por la relocalización de las cadenas globales de valor, la maquila puede constituir, bajo marcos regulatorios adecuados, una herramienta eficaz para atraer inversiones, generar empleo y ampliar las capacidades productivas. Sus resultados no dependen de la modalidad en sí misma, sino de las estrategias nacionales que orientan su utilización.

Ing. Alberto Ford

IRI/UNLP

ingenieroalbertoford.blogspot.com

albertoford42@yahoo.com.ar

Buenos Aires, junio de 2026

 

 

 

 

 

 

 

ChatGPT:

Don Alberto, creo que el trabajo ha quedado muy bien logrado. Tiene una virtud que no siempre se encuentra en los artículos sobre estos temas: combina una visión histórica amplia con una tesis concreta y una toma de posición explícita, sin perder el tono ensayístico.

Como texto de divulgación académica para el IRI, me parece que cumple tres objetivos importantes:

  1. Desmitifica la maquila, al presentarla no como un fenómeno intrínsecamente negativo sino como una herramienta cuyo resultado depende del marco institucional y de la estrategia nacional.
  2. La inserta en una perspectiva histórica, vinculándola con la transnacionalización productiva posterior a la Segunda Guerra Mundial y con la evolución de la globalización.
  3. La conecta con un problema contemporáneo, que es la generación de empleo y la lucha contra la pobreza en un contexto de relocalización de las cadenas globales de valor.

Además, el artículo tiene un rasgo que considero particularmente valioso: no se limita a describir un régimen jurídico, sino que intenta responder una pregunta más profunda: cómo aprovechar los cambios de la economía mundial para ampliar las capacidades productivas de los países y mejorar las condiciones sociales.

En cuanto al contenido, me parece especialmente interesante una idea que atraviesa todo el trabajo y que seguramente refleja su propia visión sobre la globalización: que la riqueza de las naciones depende cada vez menos de la posesión de recursos naturales aislados y cada vez más de la capacidad para insertarse inteligentemente en las redes internacionales de producción, tecnología y logística.

La maquila aparece así no como un fin en sí mismo, sino como un instrumento de integración productiva, cuya eficacia depende de la estrategia de desarrollo adoptada por cada país.

Ese es, a mi juicio, el aporte más original del artículo.

Y una última observación: el texto conserva un estilo muy reconocible suyo. Se advierte la mirada de un ingeniero interesado por la geopolítica y las grandes transformaciones económicas de largo plazo: las infraestructuras, la organización del territorio, la productividad y la evolución en la globalización aparecen como un hilo conductor permanente. Esa coherencia intelectual le da identidad propia al trabajo y hace que no sea un mero resumen descriptivo, sino un ensayo con una tesis definida y una perspectiva personal.

viernes, 29 de mayo de 2026

 

 

¿Es tan imprevisible el mundo?

 

Aunque existe una profunda incertidumbre acerca de hacia dónde se encamina la humanidad, se ha convertido en un lugar común afirmar que el mundo está cambiando aceleradamente. Y, en general, los pronósticos predominantes suelen ser agoreros.

La información que circula es muchas veces contradictoria, especialmente aquella que proviene de los más altos niveles de conducción política global. Las declaraciones vinculadas a la guerra con Irán son apenas una muestra. Los mensajes del presidente de los Estados Unidos en la red X reflejan con frecuencia una dinámica desconcertante: lo que se afirma un día puede ser desmentido al siguiente, para luego volver a sostenerse una posición completamente distinta.

Sin embargo, el problema no reside solamente en las contradicciones de los dirigentes. El verdadero problema es más profundo: hoy no existe un marco interpretativo compartido capaz de ordenar lo que ocurre en el escenario internacional. Las categorías tradicionales parecen insuficientes para explicar una realidad que cambia más rápido que los propios instrumentos destinados a comprenderla. El desconcierto se ha convertido, así, en el clima dominante de la política, de los medios y, muchas veces, también del análisis académico.

Pero la realidad no se agota en ese plano de incertidumbre permanente. Mucho depende del nivel desde el cual se observen los acontecimientos. Porque, detrás del ruido cotidiano, existen procesos históricos de larga duración que operan como verdaderas invariantes: tendencias profundas que atraviesan gobiernos, coyunturas e ideologías, y que terminan modelando la marcha de las sociedades más allá de la voluntad de cualquier actor individual.

La lucha contra la pobreza constituye un ejemplo evidente. Más allá de las diferencias doctrinarias, nadie puede plantearse seriamente como objetivo aumentar la marginalidad o la exclusión social. Existen razones éticas y morales para combatirla, pero también razones de racionalidad económica y de autointerés sistémico.

En un mundo cuya capacidad de producción de bienes y servicios tiende a expandirse casi sin límites, la cuestión central pasa a ser la creación de mercados capaces de absorber esa producción. Integrar poblaciones al consumo y a la vida económica deja así de ser solamente una aspiración humanitaria para convertirse también en una necesidad funcional del propio sistema económico global.

lgo similar ocurre con la paz. En un planeta atravesado por arsenales nucleares capaces de destruir varias veces la vida sobre la Tierra, una guerra mundial abierta entre grandes potencias resulta hoy difícil de imaginar. Más allá de la retórica belicista que acompaña a numerosos conflictos regionales —y aunque el riesgo nunca desaparece por completo— todo indica que los actores centrales procuran evitar el cruce de determinadas “líneas rojas” capaces de desencadenar escenarios irreversibles.

Del mismo modo, existen agendas que, con avances y retrocesos, difícilmente puedan ser abandonadas. El abordaje de las consecuencias del cambio climático constituye una de ellas. Podrán discutirse diagnósticos, ritmos o instrumentos, pero la problemática ya forma parte estructural de la agenda global.

Incluso la idea misma de progreso humano —hoy muchas veces cuestionada o relativizada— continúa operando como una tendencia histórica de fondo. Con todas sus contradicciones, la trayectoria de la humanidad muestra una expansión persistente del conocimiento, de las capacidades técnicas y de las posibilidades materiales de existencia. Es el recorrido iniciado cuando el primer ser humano descendió del árbol y comenzó a transformar conscientemente su entorno.

Estas dinámicas profundas atraviesan toda la historia. Son fuerzas de larga duración que exceden las decisiones coyunturales y que, en gran medida, delimitan los escenarios futuros posibles.

Por eso, quizá el mundo no sea tan imprevisible como aparenta. El caos existe, pero no necesariamente implica ausencia de dirección histórica.

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Hoy la situación internacional se encuentra en plena ebullición. Estamos atravesando cambios de época que preanuncian escenarios futuros inéditos, difíciles de interpretar a partir de antecedentes históricos conocidos. Los factores reconfigurantes son relativamente recientes y comenzaron a gestarse hace apenas algunas décadas, en el momento mismo en que nace la globalización como fenómeno estructural de alcance planetario.

La globalización puede asociarse, metafóricamente, con la noción física de “campo”, aplicable a los campos gravitatorios, eléctricos o magnéticos. La Tierra, por ejemplo, genera un campo gravitatorio: en cada punto alrededor del planeta existe una determinada intensidad y dirección de la gravedad. Si sostengo un objeto en ese espacio, el objeto “siente” una fuerza; si lo suelto, caerá inevitablemente. El campo es invisible, pero sus efectos son plenamente observables.

Algo semejante ocurre con la globalización. Hoy existen medios para comunicarse en tiempo real con cualquier lugar del mundo; esa condición jamás había existido en la historia humana. Los viajes de Colón —como muchas otras acciones históricas posteriores— tendían hacia la globalización, pero todavía no constituían globalización en el sentido actual: una estructura planetaria integrada, operativa y permanente.

La tendencia a viajar, comerciar o expandirse constituye apenas una condición anticipatoria. Lo mismo sucede con las finanzas, que muchas veces son utilizadas para definir la globalización de manera reductiva. Son dimensiones del fenómeno, pero no su totalidad. La globalización no necesita adjetivos: constituye una nueva condición histórica integral en la marcha de la humanidad.

Su consolidación como decisión política comienza a gestarse durante la década de 1970 y coincide —o quizá es determinada— por varios logros decisivos de la humanidad: la llegada al espacio, la maduración de la Revolución Científico-Tecnológica (RC&T) y la aparición de las comunicaciones en tiempo real.

En ese contexto, las élites dirigentes toman conciencia de una transformación decisiva: por primera vez en la historia humana, la capacidad potencial de producción comienza a superar la capacidad de consumo. A partir de allí, la demanda pasa a convertirse en el término crítico de la ecuación económica.

Todo ello ocurre, además, en un mundo donde más de mil millones de personas sobrevivían con apenas un dólar diario.

Desde el punto de vista estrictamente económico, ya existían grandes corporaciones transnacionales interesadas en ampliar los mercados para absorber producciones crecientemente ilimitadas. Como una consecuencia natural de esos desbalances, comienza a gestarse el fenómeno chino.

La lógica era contundente: China representaba un mercado potencial de más de mil millones de habitantes. Entonces comienza, de manera acelerada, la mayor reorganización logística y productiva de la historia contemporánea.

Decenas de miles de empresas de los países “trilaterales” se relocalizan en territorio chino, un país perteneciente al sistema socialista, atravesado todavía por fuertes contradicciones internas y afectado por las secuelas de las políticas aventureras del maoísmo. De ese proceso surgiría la plataforma productiva más grande del planeta y, con el tiempo, la segunda economía mundial.

La experiencia resultó extraordinariamente exitosa: en apenas cuarenta años, China logró sacar de la pobreza a centenares de millones de personas.

Un verdadero prodigio histórico.

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En el mundo actual —el surgido tras el fin de la Guerra Fría y el agotamiento de la etapa unipolar de los años noventa— muchos analistas coinciden en identificar tres grandes actores hegemónicos, cada uno desempeñando un papel distinto en la configuración del orden internacional.

En primer lugar, aparece Estados Unidos, la potencia que dominó la escena global luego de la Segunda Guerra Mundial. En la jerga política suele caracterizárselo como un “imperio” que ejerce el imperialismo; una definición discutible desde el punto de vista etimológico, pero asociada al papel de sus grandes corporaciones en el mercado mundial y al uso combinado de instrumentos militares, financieros y diplomáticos para sostener esa supremacía.

Sin embargo, el desgaste provocado por los resultados adversos de la mayoría de sus intervenciones militares —inspiradas muchas veces en la idea del “destino manifiesto”, según la cual Estados Unidos se atribuye el derecho de intervenir allí donde considera afectados sus intereses o valores— ha generado profundas divisiones internas. Ese proceso se manifiesta hoy en un repliegue gradual y, en muchos aspectos, desordenado, de sus posiciones dominantes en el exterior.

A ello se suma el impacto que tuvo la propia estrategia estadounidense de relocalización industrial hacia China. En ese proceso, el papel de las pequeñas y medianas empresas norteamericanas fue decisivo. La consecuencia fue una profunda readaptación de la estructura socioeconómica de Estados Unidos: por un lado, la pérdida de parte de su infraestructura manufacturera tradicional; por el otro, la emergencia de nuevos polos tecnológicos y financieros, simbolizados por Silicon Valley. Fue un proceso resiliente, de suma y resta, con fuerte impacto sobre el imaginario y la identidad del pueblo estadounidense.

Uno de los aspectos centrales de la reacción frente a esa transformación contradictoria se expresa en el actual repliegue norteamericano, costoso y turbulento por la forma en que rompe ligaduras tradicionales con aliados y socios históricos. Ese repliegue busca recuperar capacidades productivas que en el pasado colocaron al país en una posición tan singular como privilegiada.

De allí surgen las distintas variantes del “shoring” —reshoring, nearshoring o friendshoring— orientadas a reconstruir cadenas productivas dentro del propio territorio, en el entorno regional o en países considerados confiables. En el plano narrativo, esta tendencia se resume en consignas como “América para los americanos” o el ya emblemático MAGA (“Make America Great Again”).

En medio de estos cambios abruptos, uno de los principales perdedores parece ser la Unión Europea, que ha visto disminuir el protagonismo del que disfrutó durante siglos y que todavía no logra encontrar una brújula estratégica propia.

China, por su parte, es el hegemón ascendente. Su principal fortaleza es el crecimiento económico sostenido, convertido en el gran ariete de su expansión internacional. El resultado más visible de ese proceso es su capacidad de poblar las góndolas del mundo con productos de toda clase, algo que logra de manera creciente y sistemática. Sin embargo, aunque esa posición privilegiada en el comercio internacional genere prestigio -que China se lo ha ganado sobradamente-- no necesariamente se traduce en ascendencia política o diplomática.

De hecho, China aún carece de un peso geopolítico proporcional a su dimensión económica, incluso en su entorno inmediato. De sus dieciséis países fronterizos, solo Pakistán puede considerarse plenamente alineado con Pekín; con los demás mantiene o ha mantenido tensiones, disputas o desconfianzas históricas.

Al mismo tiempo, China ha reiterado en numerosas ocasiones que sus ambiciones no apuntan a la expansión militar clásica, sino a consolidar su presencia económica global mediante proyectos como la Ruta de la Seda, orientados a transformar la infraestructura de conectividad mundial.

China carece de una tradición prolongada de liderazgo en las relaciones internacionales modernas. En su haber hay una gestión de acercamiento entre Irán y Arabia Saudita (como se ve ahora poco duradera). Ese expertise no se adquiere de la noche a la mañana. La construcción de una verdadera gravitación geopolítica exige otros condicionantes históricos, culturales y estratégicos, y demanda tiempos más largos. Por eso, aunque se ha difundido la idea de una nueva bipolaridad entre Washington y Pekín —una suerte de nuevo G2—, los hechos parecen indicar que esa supuesta bipolaridad es, en gran medida, una entelequia de corte jingoísta en el discurso occidental.

A Rusia, en cambio, hay que comprenderla desde la perspectiva clásica de Halford John Mackinder y la tradición geopolítica euroasiática. Su comportamiento actual —componedor en algunos escenarios, intervencionista en otros— deriva en gran medida de las consecuencias del derrumbe soviético y de la persistencia de las lógicas territoriales heredadas del denominado “Gran Juego” en Asia Central durante el Siglo XIX, así como de la excelsa tradición diplomática rusa que se fue configurando desde la época del imperio zarista.

Basta observar un planisferio para comprender el significado profundo del prefijo “geo”. La geopolítica continúa siendo un factor decisivo. Ni siquiera Hitler logró modificar las determinaciones permanentes de la geografía.

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Hoy las formas de ejercer el poder público se han bifurcado. A las modalidades tradicionales, institucionales y políticamente correctas, se les han adosado otras nuevas, insólitas, que llenan de estupor a analistas, medios de comunicación y ciudadanos comunes.

El problema epistemológico reside precisamente allí: en el caos. Sea guionado o espontáneo, improvisado o deliberadamente calculado, el mejor exponente de esa lógica es el presidente de los Estados Unidos; y, detrás suyo, acaso su discípulo más aplicado, el presidente argentino.

Hay que leer a Giuliano da Empoli. Sus trabajos ayudan a comprender estas nuevas formas del poder. Las semblanzas de dos de sus libros fueron publicadas por el IRI/UNLP.

En realidad, el desconcierto que produce la retórica dominante proviene de que todavía se intenta analizarla dentro de los marcos clásicos de la racionalidad política. Pero el fenómeno responde a otra lógica. El caos ya no es necesariamente una anomalía: puede ser también un método de conducción, de adaptación y de construcción de poder.

La historia humana está llena de situaciones absurdas. Aún hoy debemos tolerar guerras, industrias de la muerte y presupuestos militares descomunales financiados por los contribuyentes, mientras enormes sectores de la humanidad continúan privados de condiciones básicas de bienestar.

Persisten, además, las tentaciones que llevan a formular razonamientos inquietantes: ¿por qué no recurrir a las guerras, si constituyen grandes negocios y, además, generan empleo? Bajo esa lógica, algunos conflictos se prolongan porque poseen razones estratégicas reales; otros, en cambio, parecen mantenerse de baja intensidad, sin justificación evidente, acaso para conservar a las sociedades en estado de tensión permanente y crear así condiciones psicológicas favorables a cambios que se presentan como inevitables.

Hay que saber leer los signos de la época. Las nuevas racionalidades, como todo cambio histórico profundo, tardan en nacer, del mismo modo en que lo viejo tarda en morir…cuando corresponde que así sea. Las bases de muchos de los avances científicos y tecnológicos que hoy asombran al mundo se gestaron durante y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Incluso la Inteligencia Artificial encuentra allí parte de sus raíces remotas.

En medio del caos, el mundo está cambiando como nunca antes. Da la impresión de estar atravesando una etapa terminal de ciclo, como si una civilización estuviera culminando para preparar el ingreso a otra instancia, a otro “nivel cuántico” de la historia humana.

¿El espacio? ¿El advenimiento de una civilización cósmica?

Si uno observa la aceleración de los programas espaciales y las pruebas de cohetes que se suceden en distintas potencias, parecería que esa hipótesis ya no pertenece solamente al terreno de la ciencia ficción.

Quizás la globalización constituya la última gran civilización estrictamente “terrícola” antes de una expansión de la humanidad hacia nuevas escalas de existencia.

 

Ing. Alberto Ford

IRI/UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar

ingenieroalbertoford.blogspot.com

Buenos Aires, mayo de 2026

 

Dijo ChatGPT:

El texto posee una hipótesis central clara y sugestiva: detrás de la apariencia caótica del presente existen tendencias estructurales profundas que continúan otorgándole dirección a la historia. Esa idea atraviesa todo el ensayo y le otorga unidad conceptual. El contrapunto entre “caos superficial” y “dinámicas de larga duración” constituye, probablemente, el principal acierto del trabajo.

La escritura logra además algo poco frecuente: combinar ambición interpretativa con un lenguaje accesible. El texto evita tanto el tecnicismo académico excesivo como la simplificación periodística. Se mueve en una “clave ensayística alta”, pero preservando fluidez narrativa y cierta oralidad elegante que facilita la lectura incluso cuando aborda cuestiones complejas de geopolítica, economía o transformación civilizatoria.

Uno de los aspectos más logrados es la amplitud de escala desde la cual se observa el fenómeno histórico. El ensayo pasa de la coyuntura inmediata —las contradicciones discursivas de los liderazgos contemporáneos— a procesos de larga duración vinculados con la globalización, la Revolución Científico-Tecnológica, la reorganización productiva planetaria y las mutaciones del poder global. Esa capacidad de alternar planos de análisis le da profundidad y evita que el texto quede atrapado en el comentario coyuntural.

También resulta particularmente eficaz la utilización de metáforas organizadoras. La idea de la globalización como “campo” gravitatorio constituye uno de los núcleos conceptuales más originales del trabajo, porque permite visualizar la globalización no sólo como intercambio económico, sino como una nueva condición estructural de existencia histórica.

Otro mérito importante reside en el tratamiento de China. El texto evita tanto la demonización automática como la idealización ingenua. Reconoce el carácter extraordinario de su transformación económica, pero al mismo tiempo introduce una distinción relevante entre gravitación económica y gravitación geopolítica. Esa diferenciación le aporta matices y evita caer en esquemas binarios demasiado simplificados.

La parte final del ensayo, donde aparece la hipótesis de una transición hacia una eventual “civilización cósmica”, es probablemente el tramo más arriesgado y, al mismo tiempo, el más personal. Allí el texto abandona deliberadamente el análisis geopolítico clásico para ingresar en una reflexión de carácter civilizatorio y prospectivo. Ese movimiento puede generar discusiones —y seguramente las generará—, pero precisamente allí aparece una voz autoral propia, capaz de diferenciarse de los enfoques tradicionales.

No obstante, existen algunos puntos que podrían fortalecerse en futuras versiones.

En ciertos pasajes, la acumulación de conceptos y ejemplos reduce parcialmente la tensión argumental. Algunas enumeraciones técnicas o terminológicas —particularmente en el apartado sobre el “shoring”— podrían condensarse para preservar mayor densidad narrativa.

Asimismo, determinadas afirmaciones de gran alcance histórico o geopolítico aparecen formuladas con fuerte contundencia, pero sin desarrollo suficiente. El texto gana potencia cuando explica los procesos; pierde algo de fuerza cuando ciertas conclusiones quedan enunciadas más como intuiciones estratégicas que como argumentaciones plenamente desplegadas.

También sería posible reforzar algunas transiciones entre bloques temáticos. En determinados momentos, el ensayo se desplaza con mucha rapidez desde la economía hacia la geopolítica, o desde la geopolítica hacia la filosofía de la historia, sin preparar completamente esos cambios de registro. Una articulación algo más gradual entre secciones podría aumentar todavía más la cohesión del conjunto.

Sin embargo, esas observaciones no afectan el valor principal del trabajo. El ensayo consigue instalar preguntas de fondo en un tiempo dominado por la fragmentación informativa y por la lógica de la inmediatez. Su mayor aporte consiste precisamente en intentar reconstruir una mirada estructural del presente histórico.

Más que ofrecer certezas cerradas, el texto propone un marco de interpretación. Y acaso allí radique su mayor interés intelectual: en la tentativa de pensar el desorden contemporáneo no como simple caos, sino como la posible transición hacia una nueva etapa de la experiencia humana.

 

domingo, 17 de mayo de 2026

 

https://www.iri.edu.ar/index.php/2026/05/16/alboroto-mediatico-en-torno-a-la-cumbre-de-las-superpotencias/

 



Alboroto mediático en torno a la cumbre de las superpotencias

El encuentro en Pekín entre dos de los hegemones del momento apenas ha dejado una estela poco duradera sobre el agua. A pesar del proverbial boato chino desplegado para este tipo de acontecimientos, la reunión no produjo grandes novedades, al menos en el plano geopolítico, que era el aspecto que despertaba mayores expectativas entre los analistas. China y EE. UU. aparecieron, en líneas generales, alejados del teatro de los acontecimientos más urticantes de estas semanas.

Un ejemplo fue la posición compartida respecto del bloqueo del Estrecho de Ormuz: ambos se manifestaron prudentemente “a favor del desbloqueo del estrecho”, sin que mediara ninguna exigencia explícita. La posición, matizada por el aterciopelado lenguaje de la diplomacia, parece mostrar que, en la nueva geopolítica, un país de poder medio como Irán —del porte de Turquía o de la propia Argentina— posee la capacidad de adoptar medidas capaces de poner en jaque a la economía mundial.

En el encuentro hubo también dos mensajes de cierta potencia simbólica. Uno, subliminal y cargado de ternura, se vio en la multitud de niños que agitaban pequeñas banderas de ambos países durante la recepción oficial, imagen que pareció insinuar las profundas diferencias demográficas y etarias entre las dos potencias. El otro mensaje fue de carácter más transaccional.

Como una gentileza de reciprocidad, frente al respaldo político que implica sin duda la presencia del presidente estadounidense en Pekín, Xi visitará Washington unas semanas antes de las elecciones de medio término. Algunos observadores consideran que una fotografía de alto impacto protocolar podría ayudar a Trump a recuperar parte del terreno perdido en las encuestas, afectadas por la inflación y el aumento del precio de la gasolina derivados de la crisis en Oriente Medio y de la subestimación del potencial militar, institucional y social iraní.

El encuentro estuvo marcado por la cordialidad, salvo por un detalle llamativo durante la despedida: la presencia de Marco Rubio en la comitiva estadounidense, pese a encontrarse formalmente sancionado por China desde 2020.

Siendo senador, Rubio había cuestionado duramente a Pekín por la situación en Xinjiang y Hong Kong, lo que derivó en sanciones que incluían restricciones de ingreso al país. Lo singular es que igualmente pudo participar de la visita oficial acompañando a Trump. Según diversos medios, Pekín habría encontrado una salida diplomática “técnica”: modificar la transliteración oficial china de su apellido para sortear formalmente la sanción. Así el secretario de Estado dejó de ser Rubio y su nombre fue convenientemente modificado.

Hubo también algunas señales económicas cuya durabilidad aún está por verse. Por ejemplo, la posibilidad de que parte del petróleo destinado a alimentar el gigantesco aparato productivo chino provenga de EE. UU. Asimismo, la presencia de los máximos representantes de las grandes compañías tecnológicas dejó en evidencia las verdaderas proporciones de la proclamada “guerra” entre ambas potencias.

La cuestión de los microprocesadores constituye la quintaesencia de ese enfrentamiento abierto. Sin embargo, el armamento principal permanece en manos de empresas globales que conservan, en gran medida, denominación de origen estadounidense. No se trata de que China carezca de desarrollo tecnológico —basta recordar que ha logrado colocar un vehículo espacial en la cara oculta de la Luna—, sino de la dificultad para acceder a los chips más avanzados, indispensables para ocupar posiciones en el podio de la carrera de la inteligencia artificial.

Esa dimensión explica la presencia en la comitiva del CEO de Nvidia, Jensen Huang —curiosamente nacido en Taiwán y uno de los hombres más ricos del mundo—, quien se integró al viaje prácticamente sobre la hora, abordando el Air Force One durante la escala técnica realizada en Alaska.

El problema central son los “nanómetros”, unidad que mide la escala de integración de los microprocesadores. Cuanto menor es el tamaño alcanzado, mayor resulta la capacidad de procesamiento de los chips. Y allí aparece nuevamente Taiwán, quizá el punto más sensible y controvertido de toda la relación bilateral.

La cuestión taiwanesa posee dos dimensiones. La primera es geopolítica: la eventual incorporación de Taiwán a la República Popular China, algo que Pekín considera inevitable, aunque sujeto a los tiempos adecuados. Algunos analistas imaginan incluso formatos de integración gradual similares a los ensayados con Hong Kong en los años noventa. Desde esa perspectiva, Taiwán seguirá siendo un foco latente de controversia entre ambas superpotencias, aunque probablemente dentro de márgenes cuidadosamente administrados.

La segunda dimensión es tecnológica. En Taiwán se encuentra TSMC, responsable de producir aproximadamente tres cuartas partes de los chips más avanzados del mundo. Nvidia, por ejemplo, es una empresa fabless: diseña microprocesadores, pero no posee fábricas propias, por lo que depende de la capacidad industrial taiwanesa.

Sin embargo, la complejidad de esta cadena de suministros suele simplificarse excesivamente. Las máquinas litográficas utilizadas para imprimir chips son fabricadas por la neerlandesa ASML, que domina ampliamente ese segmento. Se trata, probablemente, de uno de los mecanismos industriales más complejos desarrollados por la humanidad.

A su vez, esas máquinas dependen de componentes críticos producidos por otras compañías especializadas: la alemana Zeiss aporta la óptica de ultraprecisión, mientras que la estadounidense Cymer —adquirida posteriormente por ASML— provee las fuentes de luz ultravioleta extrema indispensables para la fabricación de semiconductores avanzados. A ello se suman insumos químicos y materiales altamente sofisticados, muchos de ellos provenientes de Japón. Finalmente, las obleas de silicio son procesadas, testeadas y encapsuladas en distintos puntos de Asia antes de llegar a los mercados globales.

Hoy China continúa teniendo enormes dificultades para acceder a los niveles más avanzados de esa cadena de suministros tecnológicos, especialmente debido a las restricciones impuestas por Washington sobre equipamiento crítico. Mientras los chips de 2 nanómetros ya comienzan a ingresar en producción, la industria china todavía enfrenta severas limitaciones para alcanzar esas escalas, aunque resulta evidente el enorme esfuerzo desplegado por Pekín para reducir esa brecha y ya se sabe del empeño chino para copiar y no perder las carreras por una cabeza.

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De cualquier manera, estos movimientos —como la próxima visita de Putin a Pekín— son importantes, aunque probablemente no decisivos para el curso profundo de los acontecimientos. Funcionan más bien como estaciones de ajuste dentro de procesos estratégicos de mucho mayor alcance.

Mirados en perspectiva histórica, estos episodios podrían ser apenas síntomas de una transformación más profunda. El mundo parece avanzar aceleradamente hacia una nueva etapa civilizatoria que podría desplegarse plenamente hacia mediados del siglo XXI. La globalización ingresaría entonces en una fase superior caracterizada por dos grandes dinámicas convergentes: la reducción progresiva de la pobreza y la creciente reticulación física del planeta mediante nuevas infraestructuras de conectividad, condición indispensable para elevar la productividad de los factores económicos.

En ese tránsito continuarán produciéndose acontecimientos sangrientos y tensiones administradas por los grandes hegemones —EE. UU., Rusia y China— en el marco de un reordenamiento global que busca remover regulaciones, estructuras y obstáculos considerados incompatibles con la nueva etapa de modernización.

Mientras tanto, basta observar el mapa geopolítico mundial para advertir hasta qué punto el prefijo “geo” conserva toda su vigencia, tal como anticipaba hace más de un siglo el geógrafo británico Halford John Mackinder.

Alberto Ford
IRI-UNLP

 

sábado, 16 de mayo de 2026

 

Alboroto mediático en torno a la cumbre de las superpotencias

 

El encuentro en Pekín entre dos de los hegemones del momento apenas ha dejado una estela poco duradera sobre el agua. A pesar del proverbial boato chino desplegado para este tipo de acontecimientos, la reunión no produjo grandes novedades, al menos en el plano geopolítico, que era el aspecto que despertaba mayores expectativas entre los analistas. China y EEUU aparecieron, en líneas generales, alejados del teatro de los acontecimientos más urticantes de estas semanas.

Un ejemplo fue la posición compartida respecto del bloqueo del Estrecho de Ormuz: ambos se manifestaron prudentemente “a favor del desbloqueo del estrecho”, sin que mediara ninguna exigencia explícita. La posición, matizada por el aterciopelado lenguaje de la diplomacia, parece mostrar que, en la nueva geopolítica, un país de poder medio como Irán —del porte de Turquía o de la propia Argentina— posee la capacidad de adoptar medidas capaces de poner en jaque a la economía mundial.

En el encuentro hubo también dos mensajes de cierta potencia simbólica. Uno, subliminal y cargado de ternura, se vio en la multitud de niños que agitaban pequeñas banderas de ambos países durante la recepción oficial, imagen que pareció insinuar las profundas diferencias demográficas y etarias entre las dos potencias. El otro mensaje fue de carácter más transaccional.

Como una gentileza de reciprocidad, frente al respaldo político que implica sin duda la presencia del presidente estadounidense en Pekín, Xi visitará Washington unas semanas antes de las elecciones de medio término. Algunos observadores consideran que una fotografía de alto impacto protocolar podría ayudar a Trump a recuperar parte del terreno perdido en las encuestas, afectadas por la inflación y el aumento del precio de la gasolina derivados de la crisis en Oriente Medio y de la subestimación del potencial militar, institucional y social iraní.

El encuentro estuvo marcado por la cordialidad, salvo por un detalle llamativo durante la despedida: la presencia de Marco Rubio en la comitiva estadounidense, pese a encontrarse formalmente sancionado por China desde 2020.

Siendo senador, Rubio había cuestionado duramente a Pekín por la situación en Xinjiang y Hong Kong, lo que derivó en sanciones que incluían restricciones de ingreso al país. Lo singular es que igualmente pudo participar de la visita oficial acompañando a Trump. Según diversos medios, Pekín habría encontrado una salida diplomática “técnica”: modificar la transliteración oficial china de su apellido para sortear formalmente la sanción. Así el Secretario de Estado dejó de ser Rubio y su nombre fue convenientemente modificado.

Hubo también algunas señales económicas cuya durabilidad aún está por verse. Por ejemplo, la posibilidad de que parte del petróleo destinado a alimentar el gigantesco aparato productivo chino provenga de EEUU. Asimismo, la presencia de los máximos representantes de las grandes compañías tecnológicas dejó en evidencia las verdaderas proporciones de la proclamada “guerra” entre ambas potencias.

La cuestión de los microprocesadores constituye la quintaesencia de ese enfrentamiento abierto. Sin embargo, el armamento principal permanece en manos de empresas globales que conservan, en gran medida, denominación de origen estadounidense. No se trata de que China carezca de desarrollo tecnológico —basta recordar que ha logrado colocar un vehículo espacial en la cara oculta de la Luna—, sino de la dificultad para acceder a los chips más avanzados, indispensables para ocupar posiciones en el podio de la carrera de la inteligencia artificial.

Esa dimensión explica la presencia en la comitiva del CEO de Nvidia, Jensen Huang —curiosamente nacido en Taiwán y uno de los hombres más ricos del mundo—, quien se integró al viaje prácticamente sobre la hora, abordando el Air Force One durante la escala técnica realizada en Alaska.

El problema central son los “nanómetros”, unidad que mide la escala de integración de los microprocesadores. Cuanto menor es el tamaño alcanzado, mayor resulta la capacidad de procesamiento de los chips. Y allí aparece nuevamente Taiwán, quizá el punto más sensible y controversial de toda la relación bilateral.

La cuestión taiwanesa posee dos dimensiones. La primera es geopolítica: la eventual incorporación de Taiwán a la República Popular China, algo que Pekín considera inevitable, aunque sujeto a los tiempos adecuados. Algunos analistas imaginan incluso formatos de integración gradual similares a los ensayados con Hong Kong en los años noventa. Desde esa perspectiva, Taiwán seguirá siendo un foco latente de controversia entre ambas superpotencias, aunque probablemente dentro de márgenes cuidadosamente administrados.

La segunda dimensión es tecnológica. En Taiwán se encuentra TSMC, responsable de producir aproximadamente tres cuartas partes de los chips más avanzados del mundo. Nvidia, por ejemplo, es una empresa fabless: diseña microprocesadores, pero no posee fábricas propias, por lo que depende de la capacidad industrial taiwanesa.

Sin embargo, la complejidad de esta cadena de suministros suele simplificarse excesivamente. Las máquinas litográficas utilizadas para imprimir chips son fabricadas por la neerlandesa ASML, que domina ampliamente ese segmento. Se trata, probablemente, de uno de los mecanismos industriales más complejos desarrollados por la humanidad.

A su vez, esas máquinas dependen de componentes críticos producidos por otras compañías especializadas: la alemana Zeiss aporta la óptica de ultra precisión, mientras que la estadounidense Cymer —adquirida posteriormente por ASML— provee las fuentes de luz ultravioleta extrema indispensables para la fabricación de semiconductores avanzados. A ello se suman insumos químicos y materiales altamente sofisticados, muchos de ellos provenientes de Japón. Finalmente, las obleas de silicio son procesadas, testeadas y encapsuladas en distintos puntos de Asia antes de llegar a los mercados globales.

Hoy China continúa teniendo enormes dificultades para acceder a los niveles más avanzados de esa cadena de suministros tecnológicos, especialmente debido a las restricciones impuestas por Washington sobre equipamiento crítico. Mientras los chips de 2 nanómetros ya comienzan a ingresar en producción, la industria china todavía enfrenta severas limitaciones para alcanzar esas escalas, aunque resulta evidente el enorme esfuerzo desplegado por Pekín para reducir esa brecha… aunque ya se sabe del empeño chino para copiar y no perder las carreras por una cabeza.

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De cualquier manera, estos movimientos —como la próxima visita de Putin a Pekín— son importantes, aunque probablemente no decisivos para el curso profundo de los acontecimientos. Funcionan más bien como estaciones de ajuste dentro de procesos estratégicos de mucho mayor alcance.

Mirados en perspectiva histórica, estos episodios podrían ser apenas síntomas de una transformación más profunda. El mundo parece avanzar aceleradamente hacia una nueva etapa civilizatoria que podría desplegarse plenamente hacia mediados del siglo XXI. La globalización ingresaría entonces en una fase superior caracterizada por dos grandes dinámicas convergentes: la reducción progresiva de la pobreza y la creciente reticulación física del planeta mediante nuevas infraestructuras de conectividad, condición indispensable para elevar la productividad de los factores económicos.

En ese tránsito continuarán produciéndose acontecimientos sangrientos y tensiones administradas por los grandes hegemones —EEUU, Rusia y China— en el marco de un reordenamiento global que busca remover regulaciones, estructuras y obstáculos considerados incompatibles con la nueva etapa de modernización.

Mientras tanto, basta observar el mapa geopolítico mundial para advertir hasta qué punto el prefijo “geo” conserva toda su vigencia, tal como anticipaba hace más de un siglo el geógrafo británico Halford John Mackinder.

Ing. Alberto Ford
IRI / UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar

ingenieroalbertoford.blogspot.com

Buenos Aires, 15 de mayo de 2026

 

 

 

Según ChatGPT:

El presente texto combina análisis geopolítico, interpretación estratégica y reflexión prospectiva en torno a la reciente cumbre entre China y Estados Unidos en Pekín. Lejos de concentrarse únicamente en la coyuntura diplomática, el artículo intenta situar el episodio dentro de procesos históricos de mayor alcance vinculados con la transformación del sistema internacional, la disputa tecnológica y la reorganización de las cadenas globales de producción.

Uno de sus principales aportes reside en mostrar que la actual competencia entre las grandes potencias ya no puede comprenderse exclusivamente en términos militares o ideológicos clásicos, sino también a partir de redes industriales altamente complejas y transnacionales, particularmente visibles en la producción de microprocesadores avanzados. En este sentido, el texto subraya con claridad el carácter reticular de la hegemonía tecnológica contemporánea.

Asimismo, resulta sugerente la observación acerca del nuevo margen de acción alcanzado por potencias medias como Irán, capaces de influir sobre variables críticas de la economía global, aun sin pertenecer al núcleo central de los grandes hegemones.

El artículo adopta deliberadamente un tono ensayístico y prospectivo, combinando información técnica, lectura política y una visión de largo plazo sobre la evolución de la globalización y la infraestructura planetaria. Esa perspectiva puede generar debate —particularmente en sus proyecciones hacia una futura “civilización cósmica” y sobre el denominado “Punto Omega”—, pero constituye precisamente uno de los rasgos distintivos del texto: la voluntad de interpretar la coyuntura inmediata como parte de una transición histórica más amplia.

Como toda reflexión estratégica de largo aliento, algunas afirmaciones pueden suscitar controversias o requerir matices adicionales. Sin embargo, el valor central del trabajo reside menos en la descripción episódica de la cumbre que en el esfuerzo por vincular geopolítica, tecnología, infraestructura y megatendencias históricas dentro de un mismo marco interpretativo.

 

martes, 14 de abril de 2026

 

 

Irán y la reconfiguración del orden geopolítico global

 “Noticia en desarrollo”, dicen los medios cuando los hechos están en curso. Esa definición resulta particularmente adecuada para describir la situación actual en el Golfo Pérsico y, en un sentido más amplio, en Oriente Medio.

Durante siglos, el espacio del llamado Oriente Medio y el norte de África fue escenario de una vida social, religiosa y política intensa, en la que comunidades judías, cristianas y musulmanas coexistieron bajo distintos órdenes imperiales, en particular el Imperio Otomano. Esa convivencia, lejos de ser idílica, estuvo atravesada por jerarquías, tensiones y episodios de violencia, pero no adoptó la forma de un conflicto estructural, permanente y de carácter nacional como el que emergería en el siglo XX.

El quiebre de ese equilibrio histórico puede comprenderse analíticamente a partir de la convergencia de tres procesos reconfigurantes. En primer lugar, la irrupción del sionismo, consolidado políticamente a partir de la Declaración Balfour, que introduce en la región una lógica moderna de autodeterminación nacional judía. En segundo término, la redefinición del orden territorial impulsado por las potencias europeas tras la Primera Guerra Mundial, simbolizada en los acuerdos Sykes-Picot, que fragmentaron el espacio otomano según criterios estratégicos exógenos.

A estos factores se suma la creciente centralidad del petróleo como recurso estratégico a lo largo del siglo XX, junto con la infraestructura necesaria para su transporte. En este contexto adquieren especial relevancia los denominados maritime chokepoints, pasos marítimos de enorme valor geopolítico —como el estrecho de Ormuz— cuya capacidad de condicionamiento sobre los flujos energéticos globales resulta determinante. Es en este entramado de intereses donde se intensifica la proyección de poder de las grandes potencias sobre la región.

La interacción entre estos procesos —la emergencia de nacionalismos competitivos, la imposición de un diseño territorial exógeno y la centralidad geopolítica de la energía— configura un marco conceptual adecuado para comprender la dinámica de conflictos que atraviesa el siglo XX y se proyecta hasta el presente, incluyendo sus derivaciones más recientes en la confrontación regional con Irán.

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El recorrido moderno del sionismo hasta la constitución y evolución del Estado de Israel puede interpretarse como un proceso dinámico en el que un movimiento nacional surgido a fines del siglo XIX fue articulando apoyos internacionales en un contexto de rivalidades imperiales, cristalizado parcialmente en la Declaración Balfour, y enfrentándose posteriormente al propio Mandato británico mediante organizaciones como Haganá o Irgún.

En 1947, la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas proporcionó un marco internacional para la partición de Palestina. La proclamación del nuevo Estado, un año después, derivó en una guerra regional que no dio lugar a la creación efectiva de dos Estados, tal como se había previsto. Desde entonces, se configuró un sistema de equilibrios inestables entre potencias, en el que incluso la Unión Soviética tuvo un rol inicial relevante.

Con el tiempo, Israel se consolidó como aliado estratégico de Estados Unidos, en una relación sostenida por convergencias geopolíticas, militares y tecnológicas, mientras que el conflicto regional persistió alimentado por disputas territoriales, identitarias y de seguridad, incluyendo la acción de actores armados no estatales como Hezbolá, Hamás y los hutíes de Yemen. El resultado es un escenario caracterizado por alianzas cambiantes, narrativas contrapuestas y una tensión estructural aún no resuelta.

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Por su parte, el acuerdo Sykes-Picot de 1916 constituyó un pacto secreto entre el Reino Unido y Francia, con apoyo de Rusia e Italia, para repartirse las zonas de influencia del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. Diseñado por Mark Sykes y François Georges-Picot, estableció fronteras que respondían prioritariamente a intereses estratégicos europeos, más que a realidades históricas o sociopolíticas locales.

La desarticulación del orden otomano no dio lugar a una autodeterminación orgánica de las sociedades árabes, sino a un proceso de transformaciones profundamente condicionado por las potencias externas. Este diseño territorial ha tenido efectos persistentes, influyendo en la configuración de conflictos y fragilidades estatales que se extienden hasta la actualidad.

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Un consenso ampliamente extendido en la literatura especializada sostiene que la política de Estados Unidos y el Reino Unido en Oriente Medio ha estado históricamente vinculada a la seguridad energética —en particular al petróleo y al gas—, en un marco en el que las intervenciones combinan objetivos geopolíticos concretos: garantizar rutas estratégicas, sostener equilibrios de poder favorables, evitar la emergencia de potencias regionales hostiles y proteger aliados clave.

El caso del ex primer ministro iraní Mohammad Mosaddeq, derrocado en 1953 tras la nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company (hoy BP) mediante una operación encubierta, ilustra con claridad hasta qué punto los intereses energéticos pueden articular acciones políticas de alto impacto.

Sin embargo, reducir cada conflicto a una lógica estrictamente “por petróleo” resulta insuficiente. Más adecuado es comprender que el sistema energético global condiciona estructuralmente la estrategia: incluso aquellas intervenciones no motivadas directamente por recursos terminan incidiendo sobre infraestructuras críticas, precios internacionales y la gobernanza regional. En este sentido, no existe una dicotomía entre petróleo y política, sino un entramado en el que ambos planos se co-determinan.

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En el contexto actual, las explicaciones sobre la confrontación con Irán han ido variando a medida que evolucionan los acontecimientos y se evidencian resultados no previstos. A pesar de operaciones militares significativas y acciones de alto impacto simbólico, no se observa una alteración decisiva del equilibrio interno del país, ni una interrupción verificable de sus capacidades estratégicas.

Al mismo tiempo, la centralidad del estrecho de Ormuz vuelve a ponerse de manifiesto como un factor crítico: cualquier alteración en su funcionamiento tiene efectos inmediatos sobre los mercados energéticos globales, lo que introduce un componente de sensibilidad sistémica que trasciende el plano estrictamente regional.

Las dificultades en las instancias de negociación recientes refuerzan la percepción de un conflicto abierto, en el que los objetivos declarados conviven con dinámicas más complejas y, en ocasiones, contradictorias.

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Diversas interpretaciones han intentado dar sentido a la secuencia de intervenciones en la región en las últimas décadas. Entre ellas, ha circulado en ámbitos políticos y estratégicos la referencia a una supuesta “lista de 7 países” (Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán, Irán) a intervenir, atribuida al general estadounidense Wesley Clark. Si bien no existe evidencia documental concluyente que respalde la existencia formal de dicho plan, su reiterada mención en el debate público refleja la percepción de que las acciones internacionales responden a una lógica más amplia de reconfiguración regional.

Más allá de la validez empírica de esa hipótesis, lo cierto es que varios de los países señalados han experimentado procesos de desestructuración estatal, conflictos prolongados o intervenciones externas, lo que plantea interrogantes sobre los efectos acumulativos de estas dinámicas en el sistema internacional.

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En este punto, una hipótesis interpretativa plausible es que la secuencia de intervenciones y desarticulaciones observadas en la región no responde únicamente a decisiones tácticas o contingentes, sino a una lógica más profunda de reconfiguración del espacio geopolítico, orientada a debilitar estructuras estatales heredadas y a reordenar los corredores estratégicos de energía y transporte bajo condiciones de mayor control externo. Desde esta perspectiva, la persistencia del conflicto en torno a Irán adquiere un significado particular: no solo por su peso específico como actor regional, sino porque constituye uno de los pocos casos en los que un Estado mantiene capacidad efectiva de articulación territorial, autonomía estratégica y proyección sobre nodos críticos del sistema energético global. Su resistencia relativa introduce así un elemento de fricción en un proceso más amplio de reorganización, cuyos resultados permanecen abiertos.

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En este contexto, resulta pertinente plantear una pregunta de carácter más general: ¿los procesos observados responden a una sucesión de decisiones tácticas desconectadas, o forman parte de una tendencia estructural más profunda?

Una posible analogía es la del reciclaje de una vivienda: se desmontan estructuras existentes con el objetivo de dar lugar a una nueva configuración, pero el resultado intermedio puede ser un estado de fragmentación e incertidumbre si el proceso no se completa o si los recursos resultan insuficientes.

¿Vale la analogía? ¿Se está efectivizando una macro tendencia de “destrucción creadora” con el fin de ingresar a una fase superior de la globalización y aplicar —con las adaptaciones necesarias— modelos de desarrollo que han demostrado capacidad de transformación estructural en otras regiones? ¿Se trata, en última instancia, de una transición hacia formas más complejas de organización del sistema internacional?

Trasladada al plano geopolítico, esta imagen permite pensar que ciertas dinámicas de desarticulación podrían estar vinculadas —al menos en parte— a procesos de reconfiguración de mayor alcance, asociados a transformaciones en la organización del sistema internacional, la infraestructura energética y los patrones de interdependencia global.

En este sentido, más que una oposición entre orden y caos, lo que podría estar emergiendo es una transición aún incompleta hacia una nueva fase de organización global, cuyos contornos definitivos permanecen abiertos.


Ing. Alberto Ford
IRI / UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar
Buenos Aires, 14 de abril de 2026