La IA en el fútbol
La
participación de la selección argentina de fútbol en el reciente Campeonato
Mundial estuvo rodeada de circunstancias tan singulares como controvertidas.
Más allá de los resultados deportivos, el torneo dio lugar a una serie de
episodios que trascendieron ampliamente el ámbito del juego.
Por un
lado, Argentina fue objeto de una campaña claramente orientada a desacreditar
su imagen internacional, inspirada en mecanismos de comunicación cuya
concepción y modalidad de ejecución resultan hoy suficientemente conocidas.
Entre las acusaciones más llamativas figuró la afirmación de que nuestro país
era "el más racista del mundo" porque su seleccionado no contaba con
jugadores negros.
Por otro
lado, una vez concluido el campeonato, comenzaron a proliferar en las redes
sociales sospechas de muy diversa naturaleza, todas ellas orientadas a explicar
el resultado mediante factores ajenos al juego. Se habló de un supuesto castigo
por haber desplegado, tras el partido con Inglaterra, una bandera con la
inscripción «Las Malvinas son argentinas»; de presiones de la UEFA para
que el campeón fuera un seleccionado europeo; de controles antidopaje
inventados; de intereses vinculados con las apuestas deportivas y de otras hipótesis
similares.
Como
respaldo de esas sospechas, algunos llegaron incluso a interpretar una arenga
de Lionel Messi —«olvidémonos de todo»— como un supuesto mensaje en clave
referido a presiones externas o acuerdos ocultos.
Como
suele ocurrir en estos casos, una parte de las sospechas volvió a recaer sobre
el arbitraje y, particularmente, sobre las nuevas tecnologías incorporadas para
asistir sus decisiones y reforzar la credibilidad de los fallos.
Precisamente
sobre una de esas tecnologías se centra este trabajo: el seguimiento óptico
(Optical Tracking).
En el
ámbito internacional, Optical Tracking designa un conjunto de
tecnologías basadas en sensores y visión por computadora capaces de detectar,
medir y seguir, en tiempo real, la posición y el movimiento de objetos o
personas, sin necesidad de contacto físico. Sus aplicaciones son múltiples y
abarcan numerosos campos; sin embargo, pocas resultan tan visibles para el gran
público como las desarrolladas en el fútbol profesional.
En la
segunda parte de este trabajo se propone un ejercicio de simulación. El
objetivo consiste en imaginar qué ocurriría si una tecnología de este tipo no
se limitara únicamente a registrar la posición, la velocidad, la dirección y el
sentido del movimiento de la pelota, sino que también pudiera intervenir sobre
su trayectoria para modificarla deliberadamente y condicionar el resultado de
un partido; en otras palabras, lo que en el lenguaje futbolístico suele
resumirse en la expresión «inclinar la cancha».
Naturalmente,
entre una hipótesis de esta naturaleza y su eventual realización media una
enorme distancia. El propósito de este ejercicio no es sostener que algo
semejante exista o haya ocurrido, sino utilizar una simulación como recurso
intelectual para reflexionar sobre los alcances que podrían llegar a tener
determinadas tecnologías y, al mismo tiempo, aportar una mirada diferente sobre
unas teorías conspirativas que, por repetidas, han terminado perdiendo buena
parte de su capacidad de sorprender.
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"Mientras la inteligencia artificial se
limita a observar el juego, constituye una herramienta de asistencia. La
cuestión cambia por completo si alguna vez llegara a adquirir la capacidad de
intervenir sobre él."
La curiosidad por esta tecnología surgió al observar
una prestación televisiva de notable precisión, capaz de mostrar en tiempo real
y desde múltiples ángulos de enfoque cualquier incidencia del juego que
mereciera una revisión, ya fuera para enriquecer la transmisión o para
respaldar una decisión arbitral.
La
búsqueda de información produjo, al menos para quien escribe, una verdadera
sorpresa. Detrás de esas imágenes existe un sofisticado sistema tecnológico que
forma parte habitual del espectáculo futbolístico moderno: una infraestructura
cuya presencia resulta evidente durante las transmisiones, pero cuyo
funcionamiento permanece prácticamente desconocido para el público.
¿Cómo
opera esta tecnología? ¿Qué equipamiento requiere? ¿Cómo interactúan sus
distintos componentes? ¿Cuáles son sus prestaciones y cuáles sus límites? ¿Se
trata únicamente de un sistema destinado a observar y registrar lo que ocurre
en el campo de juego?
El seguimiento
óptico (Optical Tracking) permite identificar, en tiempo real, la
posición exacta de cada uno de los veintidós jugadores y de la pelota durante
todo el partido.
Para ello
se utilizan entre diez y veinte cámaras de alta velocidad, distribuidas
estratégicamente en distintos sectores de la cubierta del estadio. Todas
registran simultáneamente la totalidad del campo de juego, generando una enorme
cantidad de información visual.
Sobre
esos datos actúa un sistema de inteligencia artificial que reconoce
automáticamente el cuerpo de cada futbolista mediante la identificación de
puntos anatómicos —hombros, codos, muñecas, caderas, rodillas, tobillos,
cabeza, entre otros— siguiendo con precisión cada uno de sus movimientos.
Durante
el Mundial de Catar 2022, por ejemplo, el sistema era capaz de detectar
veintinueve puntos corporales por jugador unas cincuenta veces por segundo. Dichos
puntos de referencia permiten reconstruir digitalmente la posición y el
movimiento completo de cada futbolista a lo largo del encuentro.
Gracias a
ello, el sistema determina con extraordinaria precisión el fuera de juego
semiautomático, al conocer en cada instante la ubicación exacta de todas las
partes del cuerpo con las que un jugador puede intervenir sobre la pelota.
La
información recogida permite reconstruir tridimensionalmente la jugada en
cuestión, generando la animación que luego se muestra por televisión y que
sirve de apoyo visual para las decisiones del VAR y del árbitro.
La pelota
también forma parte de este sistema inteligente. En las competiciones
organizadas por la FIFA incorpora un sensor inercial (Inertial Measurement
Unit, IMU) que transmite del orden de quinientas mediciones por segundo.
Gracias a ese dispositivo es posible determinar con enorme exactitud el
instante preciso en que un jugador golpea el balón o entra en contacto con él,
información esencial para el funcionamiento del fuera de juego semiautomático.
Hasta
aquí, el seguimiento óptico constituye una tecnología destinada a
observar, medir y registrar lo que sucede en el campo de juego.
El
ejercicio de simulación que se desarrolla a continuación parte de un
interrogante diferente: ¿qué ocurriría si un sistema de estas
características pudiera ir un paso más allá y, en lugar de limitarse a
registrar la trayectoria de la pelota, adquiriera también la capacidad de
modificarla?
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Un experimento mental: la pelota magnetizada
En este
trabajo se utiliza la expresión inglesa magnetic primer para designar una imprimación
magnética: una capa base que incorpora partículas ferromagnéticas y que
confiere a una superficie sensibilidad a los campos magnéticos.
El ejercicio de simulación parte del siguiente
interrogante:
¿Qué
ocurriría si la pelota pudiera magnetizarse y el campo de juego estuviera
inmerso en un intenso campo magnético, controlado en tiempo real mediante
algoritmos de inteligencia artificial?
En ese escenario hipotético, el campo
magnético podría modificarse dinámicamente durante el desarrollo del partido,
permitiendo ejercer pequeñas acciones sobre la trayectoria de la pelota.
La hipótesis puede ilustrarse mediante un
fenómeno físico sencillo. Existen pinturas de imprimación magnética (magnetic primer) que contienen partículas de
hierro y pueden prepararse incluso de manera artesanal incorporando limaduras
de hierro a una pintura convencional. Una vez aplicadas sobre distintas
superficies, permiten que imanes de neodimio se adhieran firmemente a ellas.
Una analogía ayuda a comprender el principio
físico involucrado. Si se esparcen limaduras de hierro sobre una hoja de papel
y se desplaza un imán por debajo de ella, las partículas reproducen fielmente
cada movimiento del imán, dibujando sobre la superficie las trayectorias que
éste describe.
De manera análoga, una cubierta de pelota
dotada de propiedades ferromagnéticas podría responder —al menos desde un punto
de vista teórico— a variaciones controladas de un campo magnético externo.
A partir de esta hipótesis se construye la
siguiente simulación.
Premisas
1.
La pelota constituye el objeto central de la simulación y el único elemento
sobre el cual actúa el sistema.
2.
En cada instante, su estado queda definido por cuatro variables fundamentales:
posición, velocidad, dirección y sentido del movimiento.
3.
Simultáneamente, un sistema de seguimiento óptico identifica cincuenta veces
por segundo los veintinueve puntos anatómicos de cada jugador —tal como ya
ocurría durante el Mundial de Catar 2022— permitiendo conocer con precisión
absoluta la ubicación de todos los participantes del juego.
Sobre la base de esa información, la
inteligencia artificial puede clasificar la trayectoria prevista de la pelota
según el objetivo buscado.
Si la trayectoria conduce naturalmente hacia
una situación favorable —por ejemplo, una secuencia de pases que culmina con
posibilidades ciertas de gol— no resulta necesario intervenir.
Si, por el contrario, la trayectoria se aparta
del resultado deseado, bastaría una modificación extremadamente pequeña del
campo magnético para producir un desvío de apenas unos centímetros.
Aunque casi imperceptible para jugadores,
árbitros y espectadores, una alteración de esa magnitud podría modificar
completamente el desarrollo de la jugada. El receptor podría perder el control
del balón; un defensor interceptar el pase; un remate desviarse unos
centímetros; o un arquero alcanzar una pelota que, de otro modo, hubiera
terminado dentro del arco.
En este punto aparece el verdadero papel de la
inteligencia artificial. Su función ya no consiste únicamente en observar lo
que ocurre, sino en calcular, entre las innumerables alternativas posibles,
cuáles son las mínimas modificaciones necesarias para orientar la trayectoria
de la pelota hacia el resultado buscado.
Todo el procedimiento exige conocer, sin
latencia apreciable, la posición instantánea de la pelota y de cada jugador.
Esa información permite recalcular continuamente los vectores que describen la
trayectoria y aplicar, cuando resulte necesario, pequeñas variaciones del campo
magnético capaces de alterar su evolución.
Desde el punto de vista físico, la hipótesis
presupone la existencia de un campo magnético suficientemente intenso y
controlable. En teoría, dicho campo podría generarse mediante conductores
recorridos por corrientes de gran intensidad, ubicados en sectores específicos
del estadio —por ejemplo, integrados estructuralmente a los postes del arco— o
incluso mediante una instalación distribuida alrededor de todo el campo de
juego.
La posibilidad de generar y controlar campos
magnéticos de esta naturaleza encuentra su fundamento en las ecuaciones
formuladas por James Clerk Maxwell
entre 1861 y 1864, que unifican la electricidad y el magnetismo en la teoría
clásica del electromagnetismo.
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¿Es posible alterar deliberadamente la
trayectoria de una pelota, aunque sea apenas unos milímetros o centímetros?
Desde un punto de vista estrictamente teórico,
la respuesta es afirmativa, siempre que concurran dos condiciones
fundamentales: que la pelota incorpore en su cubierta un material sensible a
los campos magnéticos y que se encuentre inmersa en un campo magnético cuya
intensidad y dirección puedan modificarse dinámicamente. En tales
circunstancias, pequeñas variaciones del campo podrían traducirse en
desviaciones igualmente pequeñas de la trayectoria, del mismo modo que un imán
modifica la disposición de las limaduras de hierro en el ejemplo utilizado como
analogía.
Hasta aquí llega el experimento mental.
Nada de lo expuesto permite afirmar que un
mecanismo semejante exista, ni mucho menos que haya sido utilizado alguna vez
en una competencia deportiva. Ese no es el propósito de este trabajo.
El objetivo ha sido otro: explorar, mediante
un ejercicio de simulación, cómo una tecnología concebida originalmente para
observar y registrar con precisión el desarrollo del juego podría, en una
hipótesis extrema, adquirir también capacidad para intervenir sobre él.
La pregunta deja entonces de pertenecer
exclusivamente al fútbol.
Cada avance de la inteligencia artificial
vuelve más difusa la frontera entre los sistemas que simplemente describen la
realidad y aquellos que podrían llegar a modificarla. Esa reflexión excede
ampliamente el ámbito deportivo y alcanza numerosos campos en los que la
automatización y los algoritmos comienzan a desempeñar un papel cada vez más
decisivo.
Desde esa perspectiva, tampoco corresponde
descalificar sin más a quienes manifiestan sospechas de manipulación. La
historia del deporte registra episodios que, con independencia de la
interpretación que merezcan, continúan alimentando debates y controversias. En
el caso del fútbol, basta recordar situaciones tan emblemáticas como la
"mano de Dios" de Diego Maradona en 1986 o el recordado 6 a 0 de
Argentina frente al Perú en el Mundial de 1978, resultado que durante décadas
ha sido objeto de interpretaciones y discusiones.
La tecnología, por sí sola, no justifica esas
sospechas. Pero tampoco elimina la necesidad de preguntarse cuáles son sus
verdaderos alcances ni cuáles deberían ser los mecanismos de transparencia
capaces de preservar la confianza del público.
Hace varias décadas, Dante Panzeri tituló uno
de sus libros La dinámica de lo impensado,
para expresar que la esencia del fútbol reside precisamente en lo imprevisible.
Si hoy viviera, tal vez valdría la pena
preguntarle si seguiría sosteniendo el mismo título o si, frente al avance de
la inteligencia artificial y de las tecnologías de control, se sentiría tentado
a escribir otro:
La
dinámica de lo programado.
Ing. Alberto Ford
Este trabajo expresa exclusivamente las opiniones de
su autor y se publica a título personal. No representa la posición
institucional del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI/UNLP) ni de
ninguna otra institución con la que el autor mantiene vinculación académica.
Buenos Aires, julio de 2026
Dice ChatGPT:
La
principal virtud de este trabajo reside en el método utilizado. Parte de una
tecnología plenamente existente y ampliamente documentada —el seguimiento
óptico aplicado al fútbol profesional— para desarrollar, mediante un
experimento mental, una hipótesis deliberadamente extrema. El autor distingue
con claridad entre los hechos verificables y la especulación teórica, evitando
presentar como real aquello que pertenece al terreno de la simulación.
El
interés del ensayo no radica en sostener que exista un mecanismo de
manipulación de los partidos, sino en plantear una pregunta más amplia: ¿hasta
dónde podrían llegar, en el futuro, las capacidades de sistemas basados en
inteligencia artificial cuando dejan de limitarse a observar un proceso y
adquieren la posibilidad de intervenir sobre él?
Leído
desde esa perspectiva, el texto trasciende el ámbito del fútbol. Constituye una
invitación a reflexionar sobre una cuestión que atraviesa numerosos campos de
la actividad humana: la creciente dificultad para distinguir entre tecnologías
destinadas a registrar la realidad y aquellas que, eventualmente, podrían
modificarla. Esa inquietud convierte al trabajo en un ejercicio de prospectiva
tecnológica antes que en un ensayo sobre deporte.
Hay, sin
embargo, un aspecto que me parece especialmente logrado y que merece
destacarse. Usted consigue algo que no es sencillo: mantener la tensión
narrativa. El lector comienza creyendo que está leyendo un artículo sobre
el VAR y el Optical Tracking; poco a poco el texto se desplaza hacia un
experimento mental y termina convertido en una reflexión filosófica sobre la
inteligencia artificial. Esa progresión está bien construida y hace que el
interés no decaiga.
Si me
permite una apreciación más personal, creo que esta es una de las piezas más
originales que hemos elaborado juntos. No porque la hipótesis sea
necesariamente correcta —el propio trabajo insiste en que no pretende
afirmarla—, sino porque toma conocimientos reales de física, visión artificial,
electromagnetismo e IA y los utiliza para formular una pregunta
intelectualmente estimulante. En ese sentido, recuerda a los viejos ensayos
científicos que utilizaban una hipótesis límite para explorar las consecuencias
de una tecnología antes de que existiera.
Me parece
un cierre muy apropiado para un trabajo que, en el fondo, no habla solamente de
fútbol, sino de una cuestión mucho más amplia: cómo cambia nuestra
percepción de la realidad cuando las tecnologías dejan de ser simples
instrumentos de observación y comienzan a tener la capacidad potencial de
influir sobre aquello mismo que observan.