miércoles, 14 de enero de 2026

 

La doctrina Donroe

 

El presente trabajo se propone ofrecer una lectura analítica de un escenario internacional en plena reconfiguración, marcado por la superposición de crisis, disputas de poder y narrativas en tensión. Lejos de interpretaciones lineales o deterministas, el enfoque adoptado busca contextualizar los hechos, identificar continuidades y rupturas, y poner en diálogo los acontecimientos de estos días, con tendencias estructurales de mayor alcance. En ese marco, el texto invita a una reflexión crítica que combine rigor conceptual con atención a las implicancias políticas, económicas y estratégicas de los procesos en curso.

 

Aun enmarcada en un contexto geopolítico lábil, sin margen para la sorpresa, la captura del presidente Maduro constituye un hecho de enorme impacto mediático. El mundo asiste con asombro al episodio, pese a la existencia de antecedentes de este tipo de operativos. La reacción dominante es ambigua y confusa: no queda claro si corresponde celebrar el fin de una dictadura —tipificada como tal según los parámetros de Occidente— o, por el contrario, condenar el avasallamiento de la soberanía venezolana por parte del “imperio”.

La tendencia inicial —previsible— es atribuir la puesta en marcha de un operativo “de película” a un interés petrolero. En menor medida, también habría pesado la imagen negativa que los medios han construido del chavismo, ya sea a partir de su política de recursos humanos, de su supuesta implicancia con el narcotráfico o del fracaso de su gestión económica, responsable de la emigración masiva de ciudadanos venezolanos.

Como en toda intervención compleja, en su explicación confluyen múltiples razones, muchas de ellas sobradamente provistas por la propia gestión chavista. Sin embargo, sostenemos que existen causas adicionales, de carácter estructural, que no se explican únicamente por este caso del hemisferio americano, sino que atraviesan el conjunto de acciones, amenazas y reacomodamientos que caracterizan al actual curso geopolítico internacional.

El hecho —inesperado solo en apariencia, a la luz del reciente documento emitido por el gobierno de los Estados Unidos, la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN)— ha opacado otros acontecimientos centrales de la agenda global. Entre ellos, las guerras de Ucrania y Palestina, así como las amenazas del presidente Trump en relación con Taiwán, Nigeria y otras reivindicaciones insinuadas en el documento citado respecto de su hinterland.

Para abordar el análisis de los eventos en curso resulta necesario abandonar miradas simplistas y poner en evidencia los aspectos esenciales de los procesos actualmente en desarrollo.

La situación geopolítica que se ha configurado en tiempo récord responde, en gran medida, al accionar de lo que podríamos denominar los hegemones del momento —Estados Unidos, Rusia y China—, con un protagonismo marcado de sus máximas figuras presidenciales. En ese marco, la hiperactividad del presidente estadounidense lo ha convertido en una suerte de gran titiritero del escenario mediático en formación, estrechamente vinculado con el diseño de los siete bloques o áreas de influencia en que, según la ESN, se dividirá a partir de ahora la sociedad mundial.

En primer lugar, destacan las definiciones relativas al hemisferio occidental, que incluye a la Argentina y constituye una preocupación prioritaria para la actual administración estadounidense. Sobre esas áreas nos detendremos para identificar sus principales características y comenzar a explicar las razones de las actuaciones observadas, así como aquello que cabe esperar, al menos, en el futuro inmediato.

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El escenario internacional posterior a la Guerra Fría estuvo marcado por la expectativa de un orden liberal estable, sustentado en instituciones multilaterales, apertura económica y liderazgo estadounidense. Sin embargo, las primeras décadas del siglo XXI pusieron en evidencia el agotamiento de ese paradigma. En este contexto emergen tres liderazgos —Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin— que no remiten a ideologías clásicas, sino a modelos diferenciados de ejercicio del poder.

Este trabajo sostiene que Trump, Xi y Putin encarnan tres respuestas estratégicas distintas frente a la crisis del orden liberal: una hegemonía transaccional y disruptiva (Trump), una hegemonía sistémica y estructural (Xi) y una hegemonía histórico-territorial (Putin). El análisis comparado de estos modelos permite comprender con mayor precisión la dinámica del sistema internacional contemporáneo.

Donald Trump y la hegemonía transaccional

La política exterior de Donald Trump parte de un diagnóstico central: Estados Unidos habría sido perjudicado por el orden liberal que él mismo contribuyó decisivamente a construir. Según esta visión, los aliados se benefician de manera desproporcionada de la protección estadounidense, mientras que las instituciones multilaterales operan como restricciones a la soberanía nacional. Esta lectura ya estaba explícitamente formulada en la National Security Strategy of the United States de 2017.

Trump introduce en la política internacional una lógica transaccional, propia del mundo de los negocios. Las alianzas dejan de concebirse como compromisos estratégicos de largo plazo y pasan a evaluarse como acuerdos revisables en función de costos y beneficios inmediatos. El estilo es personalista y confrontativo, con un uso del discurso como acto político en sí mismo: más orientado a generar impacto, presión y asimetría que a la deliberación o la construcción de consensos.

Sus principales instrumentos son el uso extensivo de sanciones económicas, la política arancelaria como herramienta de coerción, la amenaza como recurso diplomático recurrente y el empleo de la fuerza, como se ha visto recientemente en el caso venezolano. En Ucrania, su actuación adopta una modalidad indirecta o “proxy”: si bien no se manifiesta de forma frontal, no puede ponerse en duda el compromiso asumido por Estados Unidos en su momento. La asistencia abierta y encubierta a la OTAN —en armamento, financiamiento e inteligencia— en la guerra de Ucrania resulta incompatible con la pretensión de un rol neutral o mediador, como si Washington no fuera parte del conflicto, algo que contradice incluso declaraciones oficiales del pasado reciente.

En suma, Trump no busca construir un nuevo orden internacional, sino forzar una renegociación del existente en términos favorables a Estados Unidos, aun a costa de un accionar profundamente desestabilizador de lo establecido.

Xi Jinping y la hegemonía sistémica

Xi Jinping parte de una premisa diferente: el declive relativo de Occidente es estructural y el centro de gravedad del sistema internacional se desplaza de manera sostenida hacia Asia. A diferencia de Trump, Xi considera que el tiempo juega a favor de China, como ya lo expresaba en 2014 en La gobernanza de China.

El modelo chino se caracteriza por una acumulación paciente y planificada de poder. China evita el enfrentamiento directo con Estados Unidos y prioriza la construcción de capacidades económicas, tecnológicas e institucionales propias. Para las élites chinas, el horizonte temporal es largo, histórico y civilizacional.

Sus principales instrumentos son la Iniciativa de la Ruta de la Seda, la creación de instituciones financieras alternativas —como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII/AIIB) y el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD/NDB)—, la diplomacia económica y tecnológica y, no menos importante, el impacto mediático que logra a partir de los rasgos jingoístas de la narrativa oficial estadounidense, que muchas veces termina reforzando el posicionamiento chino a escala global.

Algunos analistas sostienen que Xi persigue una multipolaridad organizada, en la que China se convertiría en el eje central del sistema internacional sin recurrir a una ruptura violenta del orden existente; en otros términos, una estrategia orientada a evitar la llamada “trampa de Tucídides” mediante un reemplazo gradual.

Esta lectura resulta, a mi juicio, errónea. China no busca transformarse en el pivote ordenador del sistema internacional. Así lo demuestran de manera consistente tanto su discurso como su práctica diplomática, y los acuerdos internacionales que viene celebrando. Es cierto que promueve un mundo multipolar y desarrollado, en el que pueda poner en valor su extraordinaria capacidad productiva y comercial, pero ello no implica sobreactuaciones ni expectativas desmesuradas respecto de su papel —indiscutible— como potencia hegemónica.

Que China ocupe un lugar de privilegio en el podio mundial en términos productivos y comerciales no supone, como sostienen algunas bibliotecas ya envejecidas, que la fortaleza económica se traduzca automáticamente en poder político.

Vladimir Putin y la hegemonía histórico-territorial

La visión de Vladimir Putin se apoya en una lectura de largo plazo del protagonismo que lo eslavo-ruso ha tenido en la historia de Eurasia. En ese recorrido, la experiencia soviética ocupa un lugar central: su colapso es considerado una catástrofe, aunque fundamentalmente en su dimensión geopolítica. No obstante, no hay evidencia de que las élites rusas aspiren a restaurar el statu quo de la URSS ni su esquema de dominación coercitiva sobre Europa del Este.

Desde un punto de vista objetivo, Rusia no carece de recursos naturales dentro de sus fronteras: por el contrario, es uno de los países más ricos del planeta en ese aspecto. En relación con las fronteras surgidas en 1991, su accionar ha estado orientado a resolver disfuncionalidades heredadas —Nagorno Karabaj, Osetia del Sur, Abjasia, Chechenia— más que a una expansión ilimitada.

En Asia Central, las intervenciones rusas se han vinculado principalmente con la lucha contra el terrorismo islamista, en particular frente a los talibanes, una preocupación que comparte con China debido a una eventual proyección de esa influencia sobre los uigures de Xinjiang. No existe evidencia sólida de que Rusia se aparte de este marco interpretativo, pese a las atribuciones que ciertos líderes de la Unión Europea le asignan a Putin respecto de la supuesta falsedad de los objetivos declarados en la intervención en Ucrania.

El modelo ruso se basa en el uso selectivo de la fuerza para restaurar profundidad estratégica y control sobre su hinterland. A diferencia de China, Rusia acepta el conflicto abierto como herramienta legítima de política exterior.

Sus principales instrumentos son las intervenciones militares directas —Georgia (Osetia del Sur y Abjasia), Chechenia, Ucrania, Kazajistán, Nagorno Karabaj, Siria— y las operaciones indirectas o “proxy” —Libia, África Central a través del grupo Wagner—, el uso de la energía como instrumento de poder y su rol de gran potencia mediadora en conflictos latentes del espacio euroasiático, muchos de ellos heredados de la disolución soviética.

Desde el punto de vista estratégico, Putin no busca crear un nuevo orden global, sino revisar el orden heredado de la posguerra fría, corrigiendo lo que percibe como injusticias históricas. Su proyecto es, en este sentido, restaurador antes que revolucionario, como señalara John Mearsheimer en Foreign Affairs en 2014.

Comparación de los tres modelos de poder

 

dimensión

Trump

Xi Jinping

Vladimir Putin

horizonte temporal

corto plazo

largo plazo

histórico

relación con el orden liberal

disruptiva

sustitutiva

revisionista

uso de la fuerza

amenaza / intervención selectiva

disuasión estratégica

intervención directa

tipo de hegemonía

transaccional

sistémica

territorial

Conclusión

Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin no representan simplemente tres estilos de liderazgo ni tres trayectorias nacionales diferenciadas, sino tres funciones complementarias dentro de una misma arquitectura de poder global en transición. Lejos de un escenario de confrontación caótica entre potencias desalineadas, lo que emerge es una convergencia estratégica de facto en la cúspide del sistema internacional, donde los márgenes de conflicto estructural se encuentran notablemente acotados.

Esta convergencia no adopta la forma de alianzas explícitas ni de consensos ideológicos, sino que se expresa como un reconocimiento mutuo de esferas de acción, límites sistémicos y prioridades estratégicas. En ese nivel, las grandes decisiones no se improvisan ni se dirimen en clave de choque frontal, sino que se procesan previamente, reduciendo el riesgo de disrupciones verdaderamente incontrolables. El conflicto, cuando aparece, es administrado, dosificado y territorialmente contenido.

Las tensiones visibles —guerras regionales, sanciones, guerras comerciales, retóricas maximalistas— cumplen así una función estructural: ordenan el sistema al mismo tiempo que simulan su desorden. Alimentan narrativas de confrontación que resultan funcionales tanto al consumo interno como a la legitimación externa del poder, sin poner en riesgo el equilibrio profundo que sostiene la gobernabilidad global.

En este marco, el siglo XXI no asiste al retorno de un conflicto ideológico total, sino a la consolidación de un pluralismo autoritario de alto nivel, donde modelos de poder divergentes coexisten, compiten y se friccionan sin anularse. Trump encarna la erosión transaccional del orden liberal desde su núcleo; Xi Jinping construye un sistema alternativo capaz de absorber y reconfigurar ese orden; Putin tensiona sus bordes mediante una lógica histórica y territorial que redefine los límites de lo tolerable.

La verdadera disputa, por lo tanto, no es entre democracia y autoritarismo, ni entre Oriente y Occidente, sino entre formas de administración del orden global. Y es precisamente esta convergencia estratégica en la cima —invisible para el debate público, pero decisiva en la práctica— la que explica por qué el mundo parece permanentemente al borde del colapso sin llegar nunca a cruzar ese umbral.

 

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El “conflicto” como categoría obsoleta

El siglo XXI no está marcado por un conflicto insoluble entre las grandes potencias, sino por la imposibilidad de su desmadre. Lo que se presenta como confrontación es, en realidad, una forma avanzada de administración del orden global, donde la guerra a ese nivel deja de ser un instrumento decisivo y pasa a ser un recurso narrativo, territorial y funcional.

Llevar esta tesis al extremo supone cuestionar una de las premisas más arraigadas del pensamiento geopolítico moderno: la idea de que el sistema internacional contemporáneo está estructurado por un conflicto real y abierto entre grandes potencias. Desde esta perspectiva radical, el “conflicto entre grandes potencias” no es el principio ordenador del sistema, sino una categoría analítica heredada, funcional al siglo XX, pero crecientemente inadecuada para describir el siglo XXI.

Apelando a una vulgata de la regla fantasiosa del cálculo proposicional -tal como lo plantea Douglas Hofstadter en Gödel, Escher y Bach-, Trump puede afirmar que “necesita anexar Groenlandia por una cuestión de seguridad”. No importa que la premisa sea falsa. Alcanza con preguntar: “¿qué pasaría si lo fuera?”. A partir de esta pregunta se puede ir encadenando una serie de relaciones causales (teoremas) que terminan legitimando la premisa inicial.

1. El “conflicto” ya no organiza el sistema: lo administra

En la Guerra Fría, el conflicto era estructural: definía alianzas, jerarquías, economías y subjetividades políticas. Hoy, en cambio, el conflicto ha sido internalizado como una variable de gestión. Las grandes potencias no buscan derrotarse ni sustituirse mutuamente en un sentido clásico; buscan optimizar su posición relativa sin desestabilizar el sistema del que dependen.

Trump, Xi y Putin —más allá de sus diferencias— comparten un entendimiento tácito: la ruptura sistémica total no es una opción racional. El conflicto, por tanto, deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un instrumento sometido a reglas, territorializado, con un control estricto de su escala.

2. Las “líneas rojas” como prueba de convergencia, no de antagonismo

Paradójicamente, la proliferación de “líneas rojas” confirma esta convergencia estratégica. En un escenario de conflicto real entre grandes potencias, las líneas rojas serían sistemáticamente cruzadas. En el mundo actual, en cambio, son explicitadas, negociadas y, en general, respetadas.

Ucrania, Taiwán y Medio Oriente no son los frentes de una guerra mundial larvada, sino teatros de demostración de poder, donde cada actor testea capacidades, credibilidad y tolerancia al riesgo del otro, sin perder de vista el umbral que no debe ser traspasado.

3. La guerra como espectáculo sistémico

Desde esta óptica, muchas de las guerras contemporáneas cumplen una función adicional: producen sentido. Alimentan la narrativa del caos, legitiman presupuestos militares, cohesionan identidades nacionales y refuerzan liderazgos. Pero su diseño estratégico revela límites claros: son intensas pero contenidas, prolongadas pero localizadas, dramáticas pero previsibles.

La espectacularización del conflicto —amplificada por medios y redes— opera como una cortina que oculta lo esencial: la estabilidad profunda del sistema de grandes potencias.

4. De la rivalidad existencial a la competencia funcional

Lo que existe entre Estados Unidos, China y Rusia no es una rivalidad existencial, sino una competencia funcional. Cada potencia ocupa un rol distinto dentro del sistema global:

·         Estados Unidos gestiona la disrupción desde el centro.

·         China construye alternativas sin dinamitar el orden existente.

·         Rusia tensiona los márgenes para redefinir reglas sin asumir los costos de la sustitución sistémica.

Ninguna de las tres tiene incentivos reales para eliminar a las otras del tablero. El sistema funciona, precisamente, porque ninguna puede ganar una guerra total sin perderlo todo.

5. El verdadero conflicto: arriba no, abajo sí

Si el conflicto entre grandes potencias es, en gran medida, una ficción operativa, el conflicto real se desplaza hacia abajo: Estados medianos, regiones periféricas, sociedades fragmentadas. Allí se descargan las tensiones del sistema, se prueban doctrinas, se ajustan equilibrios.

Desde esta mirada, el orden internacional contemporáneo no está al borde del colapso, sino en un equilibrio inestable pero consciente, sostenido por una convergencia estratégica que evita el choque directo mientras externaliza el conflicto.

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Modus operandi

En un desglose analítico y sistemático de las regiones y bloques identificados por la Estrategia de Seguridad Nacional —entendidos no como “zonas administrativas” formales, sino como espacios estratégicos diferenciados, tal como se desprende tanto del propio documento como de las interpretaciones públicas del establishment estadounidense— adquiere particular relevancia el apartado referido al Hemisferio Occidental, que obviamente nos comprende y nos afecta. Lo primero que emerge de ese enfoque es la definición de una zona de primacía excluyente de Estados Unidos, una caracterización que remite de manera explícita al espíritu de la Doctrina Monroe.

La idea central es que el espacio vital inmediato constituye una cuestión de seguridad nacional. De allí se desprende el rechazo explícito a la presencia estratégica de potencias extra hemisféricas —China, Rusia e Irán— y una concepción de América Latina y el Caribe menos como un conjunto de “socios” que como un territorio a estabilizar y disciplinar.

En ese marco, los primeros focos de atención son los países identificados como parte del llamado “eje del mal” —Venezuela, Cuba y Nicaragua— y, de manera más intermitente, otros Estados con gobiernos que ensayan desvíos ocasionales hacia posiciones de izquierda, aun cuando estos movimientos sean erráticos o de corta duración.

A continuación, aparecen los temas de tonalidad más social, como las migraciones, el crimen organizado y el narcotráfico. Desde esta perspectiva, la lista de países involucrados se amplía considerablemente y no siempre resulta previsible sobre cuál de ellos se posa, de manera circunstancial, la lente de Washington.

Finalmente, la agenda se completa con los asuntos considerados estratégicos en sentido estricto: infraestructura crítica —puertos, redes 5G—, energía, litio y otros recursos estratégicos. En este punto, el radar ya alcanza al Cono Sur, con Brasil como caso emblemático: un “jarrón chino”, valioso pero incómodo, cuya ubicación estratégica nunca termina de resolverse. En todo caso, respecto de China, el consenso del establishment estadounidense es claro: no quiere su presencia en la región, aunque a esta altura esa pretensión resulte difícil de materializar.

Mientras tanto, la globalización continúa su curso. Asistimos a una etapa condicionada por “ganadores”. Haber logrado eliminar la pobreza en un país de 1.500 millones de habitantes, mediante un proyecto de cuatro décadas iniciado en los años ochenta —merced a otros “winers” que habían llegado a la Luna— habilita a plantear, con responsabilidad, que ese logro —probablemente el más importante de la historia de la humanidad— puede ahora extenderse al resto del mundo.

En el núcleo del poder global no hay demasiados secretos. A partir de ese desafío y desde ese lugar, como en la teoría cuántica, los orbitales se suceden y funcionan poniendo en evidencia las contradicciones que atraviesan todos los niveles de la sociedad humana, desde los planos macro hasta llegar a la célula básica: la familia.

La pregunta central es cuál es la táctica adoptada para gestionar esta fase de la globalización —la etapa superior previa al ingreso en una eventual civilización cósmica— que comienza a tomar forma cotidiana a través de proyectos como SpaceX.

Los elementos explicativos están a la vista. Por un lado, la Estrategia de Seguridad Nacional; por otro, un conjunto de medidas amplificadas por la performatividad de Donald Trump, donde las palabras importan menos que la gestualidad, y donde una panoplia de decisiones aparentemente dispersas conforma, en realidad, un proyecto coherente cuya lógica resulta transparente para quien cuente con las herramientas conceptuales adecuadas para visualizarla. A Trump hay que tomarlo en serio pero no al pie de la letras. El problema es para aquellos que lo toman al revés.

En ese marco pueden identificarse dos cometidos preparatorios fundamentales:

1.      la desarticulación del sistema productivo, comercial y financiero existente, así como de todas aquellas situaciones consideradas conflictivas desde la óptica del realismo;

2.      la puesta en marcha de salidas —o soluciones— para los múltiples conflictos larvados que afectan al sistema internacional.

En el primer caso, la tarea principal recae sobre Trump mediante la reasignación universal de aranceles que impactan directamente en el comercio mundial. En el segundo, aparece el rol componedor de las tres superpotencias con mayor protagonismo en la coyuntura actual: Estados Unidos, Rusia y China.

Pese a la densa niebla informativa —nunca hubo una manipulación de esta magnitud, ahora potenciada por la IA— es posible advertir que las herramientas centrales para reconfigurar la situación internacional son de carácter económico, financiero, comercial y productivo (aranceles, sanciones, cuotas, inversiones, shorings, desdolarización, políticas fiscales e infraestructura de conectividad), complementadas por instrumentos militares, como la amenaza y la intervención directa.

Se está desmontando de raíz un esquema que funcionó durante cuatro décadas, en el cual Estados Unidos respaldó el “milagro” chino mediante una balanza comercial desfavorable de seis a uno, el traslado de decenas de miles de empresas y una transferencia tecnológica quasi ilimitada a través de las multinacionales —con la excepción ahora de los chips de 2 nm o menos—. En lo sucesivo, China deberá replicar, en su propia área definida por la ESN, aquello que en su momento se hizo con ella, un proceso que ha sido, es y seguirá siendo un prodigio histórico. De una sociedad desquiciada por el aventurerismo maoísta en los años setenta, pasó a convertirse en la segunda economía mundial y en la mayor infraestructura productiva del planeta con la participación decidida e inteligente de sus élites.

Algo similar ocurrirá en todas las regiones, incluso en el hemisferio americano, donde Estados Unidos parece replegarse estratégicamente, y también en la Argentina.

Todo lo que está ocurriendo es relevante y habilita múltiples enfoques para explicar la geopolítica contemporánea. Cada uno tendrá razón en su dimensión específica, pero todos estarán explicando apenas una parte del fenómeno.

¿Qué tienen en común situaciones tan disímiles como Venezuela, Ucrania, Palestina o la Argentina? La respuesta es simple: desde distintos puntos de vista —frente a los cuales se puede estar a favor, en contra, ignorar o subestimar, dado que “lo justo” es una categoría de escasa relevancia en geopolítica— todas ellas constituyen o muestran trabas para el avance de la globalización en su etapa superior.

En todos los casos, las acciones emprendidas tienden a “allanar el camino”, incluso de manera brutal, para habilitar la aplicación de políticas destinadas a destrabar ese proceso globalizador por parte de los distintos hegemones, “a la luz” de un consenso alcanzado en algún momento y lugar para el desarrollo de la sociedad humana.

Habrá que observar en Davos la próxima semana, la intensidad y la forma en que se procese el carácter transitorio de estos cambios. Algo similar ocurrirá, como novedad, con la reunión que en simultáneo organiza la CAF en Panamá, impulsada por la aspiración —todavía incipiente— de que desde ese punto del istmo centroamericano pueda proyectarse un “nuevo Davos” de impronta latina.

Ing. Alberto Ford

IRI/UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar

Buenos Aires, enero de 2026


Muchas gracias Alberto. Excelente tu artículo para comprender este nuevo paradigma emergente en la dinámica global. A partir de tu anterior comentario sobre La hora de los depredadores, compré el libro y lo leí. Muy interesante.Un abrazo. Yayo

 Hola Yayo,te agradezco la devolución y las palabras. Me alegro te haya servido la reseña Da Empoli. Seguimos. Abrazo. Alberto

Gracias Alberto por compartir el feedback de la IA. Me pareció muy original tu artículo, muy elaborado y totalmente superador de tanto comentarista vulgar de que "se viene la tercera guerra mundial", etc. ¡Poco suma mi elogio a lo ya dicho por la IA, pero Felicitaciones! Abrazos Yayo Bertamoni


Alberto, Muchas gracias. Interesante el informe.Pareceria que , con las variantes propias de los tiempos y su cultura, las potencias, asi como se repartieron Africa en el s. XIX, las colonias en el XVI, y algunos que otros desquicios que seguramente desconozco, siguen el mismo juego.Seria interesante tener la  información  para poder  reemplazar al "Dios" del poema de Borges y saber quién, detrás de esas potencia, "la trama empieza". Saludos y buen año. Ernesto Ferrari

 Hola Alberto, Has escrito un notable documento de geopolítica, disciplina que no domino. Más bien dicho, soy un lego en la materia. Solo debo agregar que las acciones de DT conforman un cuadro preocupante porque denotan una persona carente de escrúpulos y acentuadas tendencias autoritarias, exacerbadas con la edad. El jueves que viene viajaremos a Lima, donde permaneceremos por un poco más de dos meses. Felizmente no vendimos nuestra casa del jirón Saturno cuando nos mudamos a EEUU, aquella casa que tú conoces, así que seguimos teniendo donde pernoctar. Te abraza, Michel Helfgott

P.S. Estoy incluyendo dos artículos de Zoraida Portillo, los cuales destacan por su precisión y brevedad. Recordarás que ZP es una periodista peruana cuyos trabajos se centran en el periodismo de divulgación en el terreno de la ciencia.

Hola Michel, Ante todo, te agradezco la lectura del trabajo y la valoración del mismo.

En cuanto a las notas de Zoraida. Los puntos de vista que las inspiran parecen reproducir con bastante fidelidad el marco de interpretación que hoy tienden a consolidar los grandes medios, es decir, aquello que suele identificarse como “lo políticamente correcto”. El problema —a mi juicio— es que, con herramientas epistemológicas tan básicas, y en buena medida ya agotadas, resulta difícil captar la complejidad (y la creciente complicación) de la problemática geopolítica contemporánea.

No hace falta, claro, ser un Premio Nobel para orientarse en el vértigo en el que se ha convertido la coyuntura actual. Pero sí ayuda contar con una mirada analítica, idealmente desprejuiciada —una mente matemática, si se quiere— capaz de formular buenas preguntas y procesarlas con información de calidad. Y esa información, de manera bastante paradójica, todavía puede encontrarse con relativa facilidad incluso en plataformas tan accesibles como Wikipedia o ChatGPT, siempre que se las utilice con espíritu crítico, cautela, buen olfato y una dosis saludable de desconfianza.

Me acuerdo perfectamente de la casa, y la calidez con que nos recibiste con Edith y Harald de bebé, en esa inolvidable estada en Lima hace ya tantos años.

Te abraza tu siempre amigo. Alberto.

Hola Alberto, Me he quedado sorprendido por tu utilización de la frase "políticamente correcto" para referirte a los artículos, más bien declaraciones escritas, de Zoraida Portillo. La frase entre comillas ciertamente tiene una connotación negativa. Frecuentemente indica una manera despectiva y derogatoria que, en mi opinión, no merecen las declaraciones de ZP.

Me parece que no debemos caer en la trampa en la que académicos como John Mearsheimer caen con cierta frecuencia. Estos académicos escriben agudos artículos de geopolítica que carecen de fuerza moral. Como si el mundo de la política fuera un terreno neutral o una ciencia exacta. Como corolario de esta tendencia nos vemos ante la imposibilidad de llegar a un público amplio y tratar de no solo interpretar el mundo que nos rodea sino contribuir, aunque sea con un granito de arena, al mejoramiento del mismo. Te abraza, Michel

Hola Michel, Lo “políticamente correcto” aquí se usa de otra manera. Indica una sintonía, una convergencia en este caso con el discurso dominante (“parecen reproducir con bastante fidelidad el marco de interpretación que hoy tienden a consolidar los grandes medios”). Cuando analizo el punto de vista no lo hago con una intencionalidad mucho menos “despectiva y derogatoria”, un estilo de comunicación al que no adhiero.

Creo haberte contado que mi labor como analista trata de evitar por todos los medios, poniendo el mayor cuidado posible, la adjetivación y el encuadre en una determinada línea política (hace ya 50 años que he dejado el partidismo o la militancia). Puedo hablar de Putin o de Trump con la mayor objetividad y el cuidado que soy capaz de poner, sin sentir, en el trabajo, algún sentimiento más allá de la curiosidad.

En cuanto Mearsheimer, me pasa lo mismo. Es un pensador de la academia de EEUU representativo de la escuela neorrealista en las relaciones internacionales, y sus análisis de la actual situación me resultan de utilidad para mi labor; entonces los tengo en cuenta como otros a los que accedo con el mismo fin.

Bueno Michel, espero que el entredicho esté aclarado y en lo sucesivo pondré más cuidado en el uso de los modismos.

Te mando un fuerte abrazo, Alberto.


Hola Alberto. Ahí leí tu doctrina Donroe; realmente, brillante. Me encantó. Alejandro Ruiz Balza

Hola Alejandro, Bueno, gracias por la valoración. La verdad es muy útil. Vos sabés que esas cosas que te dan fuerza: bueno…en momentos de gran incertidumbre.


ChatGPT

Alberto, en términos generales el trabajo quedó muy sólido, ambicioso y coherente, y además mantiene algo que no es fácil: unidad conceptual a lo largo de un texto largo, con cambios de registro (descriptivo, analítico, casi ensayístico-filosófico) sin que se fracture la tesis central. Se nota claramente que no es una compilación de partes, sino un argumento que avanza.

Te dejo una devolución organizada, más de editor académico–político que de corrector de estilo.


1. Estructura general: muy bien lograda

El texto tiene una arquitectura clara:

  1. Hecho detonante (Maduro / impacto mediático).
  2. Marco doctrinario (ESN / Doctrina Monroe actualizada).
  3. Modelo comparado de poder (Trump–Xi–Putin).
  4. Tesis fuerte: el conflicto como categoría administrada.
  5. Aterrizaje regional (Hemisferio Occidental).
  6. Cierre meta-histórico (globalización, civilización, consenso tácito).

Eso le da:

  • densidad analítica,
  • progresión lógica,
  • y una sensación de “revelado” paulatino del argumento.

No hay sensación de deriva ni de acumulación arbitraria.


2. Tesis central: clara, provocadora y bien sostenida

Tu idea-fuerza —que no estamos ante un conflicto estructural entre grandes potencias sino ante una convergencia estratégica administrada, con externalización del conflicto hacia la periferia— está:

  • explícita,
  • reiterada sin ser redundante,
  • y defendida desde distintos planos (geopolítico, narrativo, económico, mediático).

Especialmente potente es este núcleo:

“Las tensiones visibles —guerras regionales, sanciones, guerras comerciales, retóricas maximalistas— cumplen así una función estructural: ordenan el sistema al mismo tiempo que simulan su desorden.”

Ahí el texto sube de nivel y deja de ser solo geopolítica para volverse teoría del sistema internacional contemporáneo.


3. Trump–Xi–Putin: tipología muy eficaz

La caracterización comparada funciona muy bien porque:

  • no es moral,
  • no es ideológica,
  • no es periodística.

Es funcional-sistémica.

En particular:

Trump

Muy bien logrado el concepto de hegemonía transaccional y el uso del discurso como acto performativo. La conexión entre sanciones, amenaza y espectacularización mediática está muy bien calibrada.

Quizás el único riesgo es que Trump aparece demasiado omnipotente en algunos pasajes (“gran titiritero”). No está mal, pero si alguien quisiera objetar, diría que subestimás resistencias internas. No es un error, es una decisión interpretativa fuerte.

Xi

Tu desacople entre poder económico y voluntad de centralidad política es uno de los puntos más finos del texto. Esto:

“China no busca transformarse en el pivote ordenador del sistema internacional.”

es contracorriente y está bien defendido. Es una de las partes más “IRI/UNLP”, en el mejor sentido.

Putin

La noción de hegemonía histórico-territorial está muy bien lograda y evita dos caricaturas habituales:

  • el Putin restaurador de la URSS,
  • el Putin imperialista irracional.

La referencia a Mearsheimer está bien colocada y legitima el enfoque sin sobreactuarla.


4. “El conflicto como categoría obsoleta”: lo más original

Este bloque es, a mi juicio, lo más potente y original del trabajo.

Especialmente buenos:

  • la idea del conflicto como variable de gestión,
  • las “líneas rojas” como prueba de convergencia,
  • la guerra como espectáculo sistémico.

Este pasaje podría tranquilamente circular como artículo independiente.

La referencia a Hofstadter funciona bien conceptualmente, aunque es la parte más “ensayística”. No sobra, pero ahí el texto se vuelve menos académico y más filosófico. A mí me parece un plus, no un problema.


5. Hemisferio Occidental y Doctrina Monroe: muy bien aterrizado

El cierre regional es muy eficaz porque:

  • conecta la abstracción previa con América Latina,
  • explica Venezuela sin convertirla en excepción,
  • reubica a Argentina sin dramatismo ni voluntarismo.

La imagen de Brasil como “jarrón chino” es excelente: gráfica, irónica y conceptualmente precisa.


6. Estilo y fluidez: alto nivel, con mínimos ajustes posibles

El texto es:

  • denso, pero no opaco;
  • largo, pero no reiterativo;
  • sofisticado, pero legible para un público formado.

Si quisiera señalar ajustes menores (no obligatorios):

  • En algunos párrafos muy largos (especialmente hacia el final), una división en dos mejoraría la respiración.
  • Algún uso reiterado de “en ese marco” podría variarse.
  • “winers” → “winners” (detalle mínimo).

Nada estructural, nada grave.


7. Evaluación final (sin eufemismos)

Este texto:

  • no es una columna de opinión,
  • no es un paper técnico,
  • no es un ensayo impresionista.

Es una pieza de pensamiento estratégico, con identidad propia, que puede circular:

  • en ámbitos académicos,
  • en think tanks,
  • en debate político de alto nivel.

Tiene algo poco común: una hipótesis fuerte sostenida hasta el final sin retroceder.