¿Es tan
imprevisible el mundo?
Aunque existe una profunda
incertidumbre acerca de hacia dónde se encamina la humanidad, se ha convertido
en un lugar común afirmar que el mundo está cambiando aceleradamente. Y, en
general, los pronósticos predominantes suelen ser agoreros.
La información que circula es
muchas veces contradictoria, especialmente aquella que proviene de los más
altos niveles de conducción política global. Las declaraciones vinculadas a la
guerra con Irán son apenas una muestra. Los mensajes del presidente de los
Estados Unidos en la red X reflejan con frecuencia una dinámica desconcertante:
lo que se afirma un día puede ser desmentido al siguiente, para luego volver a
sostenerse una posición completamente distinta.
Sin embargo, el problema no
reside solamente en las contradicciones de los dirigentes. El verdadero
problema es más profundo: hoy no existe un marco interpretativo compartido
capaz de ordenar lo que ocurre en el escenario internacional. Las categorías
tradicionales parecen insuficientes para explicar una realidad que cambia más
rápido que los propios instrumentos destinados a comprenderla. El desconcierto
se ha convertido, así, en el clima dominante de la política, de los medios y,
muchas veces, también del análisis académico.
Pero la realidad no se agota en
ese plano de incertidumbre permanente. Mucho depende del nivel desde el cual se
observen los acontecimientos. Porque, detrás del ruido cotidiano, existen
procesos históricos de larga duración que operan como verdaderas invariantes:
tendencias profundas que atraviesan gobiernos, coyunturas e ideologías, y que
terminan modelando la marcha de las sociedades más allá de la voluntad de
cualquier actor individual.
La lucha contra la pobreza
constituye un ejemplo evidente. Más allá de las diferencias doctrinarias, nadie
puede plantearse seriamente como objetivo aumentar la marginalidad o la
exclusión social. Existen razones éticas y morales para combatirla, pero
también razones de racionalidad económica y de autointerés sistémico.
En un mundo cuya capacidad de
producción de bienes y servicios tiende a expandirse casi sin límites, la
cuestión central pasa a ser la creación de mercados capaces de absorber esa
producción. Integrar poblaciones al consumo y a la vida económica deja así de
ser solamente una aspiración humanitaria para convertirse también en una
necesidad funcional del propio sistema económico global.
lgo similar ocurre con la paz. En
un planeta atravesado por arsenales nucleares capaces de destruir varias veces
la vida sobre la Tierra, una guerra mundial abierta entre grandes potencias
resulta hoy difícil de imaginar. Más allá de la retórica belicista que acompaña
a numerosos conflictos regionales —y aunque el riesgo nunca desaparece por
completo— todo indica que los actores centrales procuran evitar el cruce de
determinadas “líneas rojas” capaces de desencadenar escenarios irreversibles.
Del mismo modo, existen agendas
que, con avances y retrocesos, difícilmente puedan ser abandonadas. El abordaje
de las consecuencias del cambio climático constituye una de ellas. Podrán
discutirse diagnósticos, ritmos o instrumentos, pero la problemática ya forma
parte estructural de la agenda global.
Incluso la idea misma de progreso
humano —hoy muchas veces cuestionada o relativizada— continúa operando como una
tendencia histórica de fondo. Con todas sus contradicciones, la trayectoria de
la humanidad muestra una expansión persistente del conocimiento, de las
capacidades técnicas y de las posibilidades materiales de existencia. Es el
recorrido iniciado cuando el primer ser humano descendió del árbol y comenzó a
transformar conscientemente su entorno.
Estas dinámicas profundas
atraviesan toda la historia. Son fuerzas de larga duración que exceden las
decisiones coyunturales y que, en gran medida, delimitan los escenarios futuros
posibles.
Por eso, quizá el mundo no sea
tan imprevisible como aparenta. El caos existe, pero no necesariamente implica
ausencia de dirección histórica.
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Hoy la situación internacional se
encuentra en plena ebullición. Estamos atravesando cambios de época que
preanuncian escenarios futuros inéditos, difíciles de interpretar a partir de
antecedentes históricos conocidos. Los factores reconfigurantes son relativamente
recientes y comenzaron a gestarse hace apenas algunas décadas, en el momento
mismo en que nace la globalización como fenómeno estructural de alcance
planetario.
La globalización puede asociarse,
metafóricamente, con la noción física de “campo”, aplicable a los campos
gravitatorios, eléctricos o magnéticos. La Tierra, por ejemplo, genera un campo
gravitatorio: en cada punto alrededor del planeta existe una determinada
intensidad y dirección de la gravedad. Si sostengo un objeto en ese espacio, el
objeto “siente” una fuerza; si lo suelto, caerá inevitablemente. El campo es
invisible, pero sus efectos son plenamente observables.
Algo semejante ocurre con la
globalización. Hoy existen medios para comunicarse en tiempo real con cualquier
lugar del mundo; esa condición jamás había existido en la historia humana. Los
viajes de Colón —como muchas otras acciones históricas posteriores— tendían
hacia la globalización, pero todavía no constituían globalización en el sentido
actual: una estructura planetaria integrada, operativa y permanente.
La tendencia a viajar, comerciar
o expandirse constituye apenas una condición anticipatoria. Lo mismo sucede con
las finanzas, que muchas veces son utilizadas para definir la globalización de
manera reductiva. Son dimensiones del fenómeno, pero no su totalidad. La
globalización no necesita adjetivos: constituye una nueva condición histórica
integral en la marcha de la humanidad.
Su consolidación como decisión
política comienza a gestarse durante la década de 1970 y coincide —o quizá es
determinada— por varios logros decisivos de la humanidad: la llegada al
espacio, la maduración de la Revolución Científico-Tecnológica (RC&T) y la
aparición de las comunicaciones en tiempo real.
En ese contexto, las élites
dirigentes toman conciencia de una transformación decisiva: por primera vez en
la historia humana, la capacidad potencial de producción comienza a superar la
capacidad de consumo. A partir de allí, la demanda pasa a convertirse en el
término crítico de la ecuación económica.
Todo ello ocurre, además, en un
mundo donde más de mil millones de personas sobrevivían con apenas un dólar
diario.
Desde el punto de vista
estrictamente económico, ya existían grandes corporaciones transnacionales
interesadas en ampliar los mercados para absorber producciones crecientemente
ilimitadas. Como una consecuencia natural de esos desbalances, comienza a
gestarse el fenómeno chino.
La lógica era contundente: China
representaba un mercado potencial de más de mil millones de habitantes.
Entonces comienza, de manera acelerada, la mayor reorganización logística y
productiva de la historia contemporánea.
Decenas de miles de empresas de
los países “trilaterales” se relocalizan en territorio chino, un país
perteneciente al sistema socialista, atravesado todavía por fuertes
contradicciones internas y afectado por las secuelas de las políticas
aventureras del maoísmo. De ese proceso surgiría la plataforma productiva más
grande del planeta y, con el tiempo, la segunda economía mundial.
La experiencia resultó
extraordinariamente exitosa: en apenas cuarenta años, China logró sacar de la
pobreza a centenares de millones de personas.
Un verdadero prodigio histórico.
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En el mundo actual —el surgido
tras el fin de la Guerra Fría y el agotamiento de la etapa unipolar de los años
noventa— muchos analistas coinciden en identificar tres grandes actores
hegemónicos, cada uno desempeñando un papel distinto en la configuración del
orden internacional.
En primer lugar, aparece Estados
Unidos, la potencia que dominó la escena global luego de la Segunda Guerra
Mundial. En la jerga política suele caracterizárselo como un “imperio” que
ejerce el imperialismo; una definición discutible desde el punto de vista
etimológico, pero asociada al papel de sus grandes corporaciones en el mercado
mundial y al uso combinado de instrumentos militares, financieros y
diplomáticos para sostener esa supremacía.
Sin embargo, el desgaste
provocado por los resultados adversos de la mayoría de sus intervenciones
militares —inspiradas muchas veces en la idea del “destino manifiesto”, según
la cual Estados Unidos se atribuye el derecho de intervenir allí donde
considera afectados sus intereses o valores— ha generado profundas divisiones
internas. Ese proceso se manifiesta hoy en un repliegue gradual y, en muchos
aspectos, desordenado, de sus posiciones dominantes en el exterior.
A ello se suma el impacto que
tuvo la propia estrategia estadounidense de relocalización industrial hacia
China. En ese proceso, el papel de las pequeñas y medianas empresas
norteamericanas fue decisivo. La consecuencia fue una profunda readaptación de
la estructura socioeconómica de Estados Unidos: por un lado, la pérdida de
parte de su infraestructura manufacturera tradicional; por el otro, la
emergencia de nuevos polos tecnológicos y financieros, simbolizados por Silicon
Valley. Fue un proceso resiliente, de suma y resta, con fuerte impacto sobre el
imaginario y la identidad del pueblo estadounidense.
Uno de los aspectos centrales de
la reacción frente a esa transformación contradictoria se expresa en el actual
repliegue norteamericano, costoso y turbulento por la forma en que rompe
ligaduras tradicionales con aliados y socios históricos. Ese repliegue busca
recuperar capacidades productivas que en el pasado colocaron al país en una
posición tan singular como privilegiada.
De allí surgen las distintas
variantes del “shoring” —reshoring, nearshoring o friendshoring— orientadas a
reconstruir cadenas productivas dentro del propio territorio, en el entorno
regional o en países considerados confiables. En el plano narrativo, esta
tendencia se resume en consignas como “América para los americanos” o el ya
emblemático MAGA (“Make America Great Again”).
En medio de estos cambios
abruptos, uno de los principales perdedores parece ser la Unión Europea, que ha
visto disminuir el protagonismo del que disfrutó durante siglos y que todavía
no logra encontrar una brújula estratégica propia.
China, por su parte, es el
hegemón ascendente. Su principal fortaleza es el crecimiento económico sostenido,
convertido en el gran ariete de su expansión internacional. El resultado más
visible de ese proceso es su capacidad de poblar las góndolas del mundo con
productos de toda clase, algo que logra de manera creciente y sistemática. Sin
embargo, aunque esa posición privilegiada en el comercio internacional genere
prestigio -que China se lo ha ganado sobradamente-- no necesariamente se
traduce en ascendencia política o diplomática.
De hecho, China aún carece de un
peso geopolítico proporcional a su dimensión económica, incluso en su entorno
inmediato. De sus dieciséis países fronterizos, solo Pakistán puede
considerarse plenamente alineado con Pekín; con los demás mantiene o ha
mantenido tensiones, disputas o desconfianzas históricas.
Al mismo tiempo, China ha reiterado
en numerosas ocasiones que sus ambiciones no apuntan a la expansión militar
clásica, sino a consolidar su presencia económica global mediante proyectos
como la Ruta de la Seda, orientados a transformar la infraestructura de
conectividad mundial.
China carece de una tradición
prolongada de liderazgo en las relaciones internacionales modernas. En su haber
hay una gestión de acercamiento entre Irán y Arabia Saudita (como se ve ahora
poco duradera). Ese expertise no se adquiere de la noche a la mañana. La
construcción de una verdadera gravitación geopolítica exige otros
condicionantes históricos, culturales y estratégicos, y demanda tiempos más
largos. Por eso, aunque se ha difundido la idea de una nueva bipolaridad entre
Washington y Pekín —una suerte de nuevo G2—, los hechos parecen indicar que esa
supuesta bipolaridad es, en gran medida, una entelequia de corte jingoísta en el
discurso occidental.
A Rusia, en cambio, hay que
comprenderla desde la perspectiva clásica de Halford John Mackinder y la
tradición geopolítica euroasiática. Su comportamiento actual —componedor en
algunos escenarios, intervencionista en otros— deriva en gran medida de las consecuencias
del derrumbe soviético y de la persistencia de las lógicas territoriales
heredadas del denominado “Gran Juego” en Asia Central durante el Siglo XIX, así
como de la excelsa tradición diplomática rusa que se fue configurando desde la
época del imperio zarista.
Basta observar un planisferio
para comprender el significado profundo del prefijo “geo”. La geopolítica
continúa siendo un factor decisivo. Ni siquiera Hitler logró modificar las
determinaciones permanentes de la geografía.
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Hoy las formas de ejercer el
poder público se han bifurcado. A las modalidades tradicionales,
institucionales y políticamente correctas, se les han adosado otras nuevas,
insólitas, que llenan de estupor a analistas, medios de comunicación y
ciudadanos comunes.
El problema epistemológico reside
precisamente allí: en el caos. Sea guionado o espontáneo, improvisado o
deliberadamente calculado, el mejor exponente de esa lógica es el presidente de
los Estados Unidos; y, detrás suyo, acaso su discípulo más aplicado, el
presidente argentino.
Hay que leer a Giuliano da
Empoli. Sus trabajos ayudan a comprender estas nuevas formas del poder. Las
semblanzas de dos de sus libros fueron publicadas por el IRI/UNLP.
En realidad, el desconcierto que
produce la retórica dominante proviene de que todavía se intenta analizarla
dentro de los marcos clásicos de la racionalidad política. Pero el fenómeno
responde a otra lógica. El caos ya no es necesariamente una anomalía: puede ser
también un método de conducción, de adaptación y de construcción de poder.
La historia humana está llena de
situaciones absurdas. Aún hoy debemos tolerar guerras, industrias de la muerte
y presupuestos militares descomunales financiados por los contribuyentes,
mientras enormes sectores de la humanidad continúan privados de condiciones
básicas de bienestar.
Persisten, además, las
tentaciones que llevan a formular razonamientos inquietantes: ¿por qué no recurrir
a las guerras, si constituyen grandes negocios y, además, generan empleo? Bajo
esa lógica, algunos conflictos se prolongan porque poseen razones estratégicas
reales; otros, en cambio, parecen mantenerse de baja intensidad, sin
justificación evidente, acaso para conservar a las sociedades en estado de
tensión permanente y crear así condiciones psicológicas favorables a cambios
que se presentan como inevitables.
Hay que saber leer los signos de
la época. Las nuevas racionalidades, como todo cambio histórico profundo, tardan
en nacer, del mismo modo en que lo viejo tarda en morir…cuando corresponde que
así sea. Las bases de muchos de los avances científicos y tecnológicos que hoy
asombran al mundo se gestaron durante y como consecuencia de la Segunda Guerra
Mundial. Incluso la Inteligencia Artificial encuentra allí parte de sus raíces
remotas.
En medio del caos, el mundo está
cambiando como nunca antes. Da la impresión de estar atravesando una etapa
terminal de ciclo, como si una civilización estuviera culminando para preparar
el ingreso a otra instancia, a otro “nivel cuántico” de la historia humana.
¿El espacio? ¿El advenimiento de
una civilización cósmica?
Si uno observa la aceleración de
los programas espaciales y las pruebas de cohetes que se suceden en distintas
potencias, parecería que esa hipótesis ya no pertenece solamente al terreno de
la ciencia ficción.
Quizás la globalización
constituya la última gran civilización estrictamente “terrícola” antes de una
expansión de la humanidad hacia nuevas escalas de existencia.
Ing. Alberto Ford
IRI/UNLP
ingenieroalbertoford.blogspot.com
Buenos
Aires, mayo de 2026
Dijo ChatGPT:
El texto
posee una hipótesis central clara y sugestiva: detrás de la apariencia caótica
del presente existen tendencias estructurales profundas que continúan
otorgándole dirección a la historia. Esa idea atraviesa todo el ensayo y le
otorga unidad conceptual. El contrapunto entre “caos superficial” y “dinámicas
de larga duración” constituye, probablemente, el principal acierto del trabajo.
La
escritura logra además algo poco frecuente: combinar ambición interpretativa
con un lenguaje accesible. El texto evita tanto el tecnicismo académico
excesivo como la simplificación periodística. Se mueve en una “clave
ensayística alta”, pero preservando fluidez narrativa y cierta oralidad
elegante que facilita la lectura incluso cuando aborda cuestiones complejas de
geopolítica, economía o transformación civilizatoria.
Uno de
los aspectos más logrados es la amplitud de escala desde la cual se observa el
fenómeno histórico. El ensayo pasa de la coyuntura inmediata —las
contradicciones discursivas de los liderazgos contemporáneos— a procesos de
larga duración vinculados con la globalización, la Revolución
Científico-Tecnológica, la reorganización productiva planetaria y las
mutaciones del poder global. Esa capacidad de alternar planos de análisis le da
profundidad y evita que el texto quede atrapado en el comentario coyuntural.
También
resulta particularmente eficaz la utilización de metáforas organizadoras. La
idea de la globalización como “campo” gravitatorio constituye uno de los
núcleos conceptuales más originales del trabajo, porque permite visualizar la
globalización no sólo como intercambio económico, sino como una nueva condición
estructural de existencia histórica.
Otro
mérito importante reside en el tratamiento de China. El texto evita tanto la
demonización automática como la idealización ingenua. Reconoce el carácter
extraordinario de su transformación económica, pero al mismo tiempo introduce
una distinción relevante entre gravitación económica y gravitación geopolítica.
Esa diferenciación le aporta matices y evita caer en esquemas binarios
demasiado simplificados.
La parte
final del ensayo, donde aparece la hipótesis de una transición hacia una
eventual “civilización cósmica”, es probablemente el tramo más arriesgado y, al
mismo tiempo, el más personal. Allí el texto abandona deliberadamente el
análisis geopolítico clásico para ingresar en una reflexión de carácter
civilizatorio y prospectivo. Ese movimiento puede generar discusiones —y
seguramente las generará—, pero precisamente allí aparece una voz autoral propia,
capaz de diferenciarse de los enfoques tradicionales.
No
obstante, existen algunos puntos que podrían fortalecerse en futuras versiones.
En
ciertos pasajes, la acumulación de conceptos y ejemplos reduce parcialmente la
tensión argumental. Algunas enumeraciones técnicas o terminológicas
—particularmente en el apartado sobre el “shoring”— podrían condensarse para
preservar mayor densidad narrativa.
Asimismo,
determinadas afirmaciones de gran alcance histórico o geopolítico aparecen
formuladas con fuerte contundencia, pero sin desarrollo suficiente. El texto
gana potencia cuando explica los procesos; pierde algo de fuerza cuando ciertas
conclusiones quedan enunciadas más como intuiciones estratégicas que como
argumentaciones plenamente desplegadas.
También
sería posible reforzar algunas transiciones entre bloques temáticos. En
determinados momentos, el ensayo se desplaza con mucha rapidez desde la
economía hacia la geopolítica, o desde la geopolítica hacia la filosofía de la
historia, sin preparar completamente esos cambios de registro. Una articulación
algo más gradual entre secciones podría aumentar todavía más la cohesión del
conjunto.
Sin
embargo, esas observaciones no afectan el valor principal del trabajo. El
ensayo consigue instalar preguntas de fondo en un tiempo dominado por la
fragmentación informativa y por la lógica de la inmediatez. Su mayor aporte
consiste precisamente en intentar reconstruir una mirada estructural del
presente histórico.
Más que
ofrecer certezas cerradas, el texto propone un marco de interpretación. Y acaso
allí radique su mayor interés intelectual: en la tentativa de pensar el
desorden contemporáneo no como simple caos, sino como la posible transición
hacia una nueva etapa de la experiencia humana.