Irán y la reconfiguración del orden geopolítico global
“Noticia en desarrollo”, dicen los medios
cuando los hechos están en curso. Esa definición resulta particularmente
adecuada para describir la situación actual en el Golfo Pérsico y, en un
sentido más amplio, en Oriente Medio.
Durante
siglos, el espacio del llamado Oriente Medio y el norte de África fue escenario
de una vida social, religiosa y política intensa, en la que comunidades judías,
cristianas y musulmanas coexistieron bajo distintos órdenes imperiales, en
particular el Imperio Otomano. Esa convivencia, lejos de ser idílica, estuvo
atravesada por jerarquías, tensiones y episodios de violencia, pero no adoptó
la forma de un conflicto estructural, permanente y de carácter nacional como el
que emergería en el siglo XX.
El quiebre
de ese equilibrio histórico puede comprenderse analíticamente a partir de la
convergencia de tres procesos reconfigurantes. En primer lugar, la irrupción
del sionismo, consolidado políticamente a partir de la Declaración Balfour, que
introduce en la región una lógica moderna de autodeterminación nacional judía.
En segundo término, la redefinición del orden territorial impulsado por las
potencias europeas tras la Primera Guerra Mundial, simbolizada en los acuerdos
Sykes-Picot, que fragmentaron el espacio otomano según criterios estratégicos
exógenos.
A estos
factores se suma la creciente centralidad del petróleo como recurso estratégico
a lo largo del siglo XX, junto con la infraestructura necesaria para su
transporte. En este contexto adquieren especial relevancia los denominados maritime
chokepoints, pasos marítimos de enorme valor geopolítico —como el estrecho
de Ormuz— cuya capacidad de condicionamiento sobre los flujos energéticos
globales resulta determinante. Es en este entramado de intereses donde se
intensifica la proyección de poder de las grandes potencias sobre la región.
La
interacción entre estos procesos —la emergencia de nacionalismos competitivos,
la imposición de un diseño territorial exógeno y la centralidad geopolítica de
la energía— configura un marco conceptual adecuado para comprender la dinámica
de conflictos que atraviesa el siglo XX y se proyecta hasta el presente,
incluyendo sus derivaciones más recientes en la confrontación regional con
Irán.
—o0o—
El
recorrido moderno del sionismo hasta la constitución y evolución del Estado de
Israel puede interpretarse como un proceso dinámico en el que un movimiento
nacional surgido a fines del siglo XIX fue articulando apoyos internacionales
en un contexto de rivalidades imperiales, cristalizado parcialmente en la
Declaración Balfour, y enfrentándose posteriormente al propio Mandato británico
mediante organizaciones como Haganá o Irgún.
En 1947,
la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas proporcionó un
marco internacional para la partición de Palestina. La proclamación del nuevo
Estado, un año después, derivó en una guerra regional que no dio lugar a la
creación efectiva de dos Estados, tal como se había previsto. Desde entonces,
se configuró un sistema de equilibrios inestables entre potencias, en el que
incluso la Unión Soviética tuvo un rol inicial relevante.
Con el
tiempo, Israel se consolidó como aliado estratégico de Estados Unidos, en una
relación sostenida por convergencias geopolíticas, militares y tecnológicas, mientras
que el conflicto regional persistió alimentado por disputas territoriales,
identitarias y de seguridad, incluyendo la acción de actores armados no
estatales como Hezbolá, Hamás y los hutíes de Yemen. El resultado es un
escenario caracterizado por alianzas cambiantes, narrativas contrapuestas y una
tensión estructural aún no resuelta.
—o0o—
Por su
parte, el acuerdo Sykes-Picot de 1916 constituyó un pacto secreto entre el
Reino Unido y Francia, con apoyo de Rusia e Italia, para repartirse las zonas
de influencia del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. Diseñado por
Mark Sykes y François Georges-Picot, estableció fronteras que respondían
prioritariamente a intereses estratégicos europeos, más que a realidades
históricas o sociopolíticas locales.
La
desarticulación del orden otomano no dio lugar a una autodeterminación orgánica
de las sociedades árabes, sino a un proceso de transformaciones profundamente
condicionado por las potencias externas. Este diseño territorial ha tenido
efectos persistentes, influyendo en la configuración de conflictos y
fragilidades estatales que se extienden hasta la actualidad.
—o0o—
Un
consenso ampliamente extendido en la literatura especializada sostiene que la
política de Estados Unidos y el Reino Unido en Oriente Medio ha estado
históricamente vinculada a la seguridad energética —en particular al petróleo y
al gas—, en un marco en el que las intervenciones combinan objetivos
geopolíticos concretos: garantizar rutas estratégicas, sostener equilibrios de
poder favorables, evitar la emergencia de potencias regionales hostiles y
proteger aliados clave.
El caso
del ex primer ministro iraní Mohammad Mosaddeq, derrocado en 1953 tras la
nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company (hoy BP) mediante una operación
encubierta, ilustra con claridad hasta qué punto los intereses energéticos
pueden articular acciones políticas de alto impacto.
Sin
embargo, reducir cada conflicto a una lógica estrictamente “por petróleo”
resulta insuficiente. Más adecuado es comprender que el sistema energético
global condiciona estructuralmente la estrategia: incluso aquellas
intervenciones no motivadas directamente por recursos terminan incidiendo sobre
infraestructuras críticas, precios internacionales y la gobernanza regional. En
este sentido, no existe una dicotomía entre petróleo y política, sino un
entramado en el que ambos planos se co-determinan.
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En el
contexto actual, las explicaciones sobre la confrontación con Irán han ido
variando a medida que evolucionan los acontecimientos y se evidencian
resultados no previstos. A pesar de operaciones militares significativas y
acciones de alto impacto simbólico, no se observa una alteración decisiva del
equilibrio interno del país, ni una interrupción verificable de sus capacidades
estratégicas.
Al mismo
tiempo, la centralidad del estrecho de Ormuz vuelve a ponerse de manifiesto
como un factor crítico: cualquier alteración en su funcionamiento tiene efectos
inmediatos sobre los mercados energéticos globales, lo que introduce un
componente de sensibilidad sistémica que trasciende el plano estrictamente
regional.
Las
dificultades en las instancias de negociación recientes refuerzan la percepción
de un conflicto abierto, en el que los objetivos declarados conviven con
dinámicas más complejas y, en ocasiones, contradictorias.
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Diversas
interpretaciones han intentado dar sentido a la secuencia de intervenciones en
la región en las últimas décadas. Entre ellas, ha circulado en ámbitos
políticos y estratégicos la referencia a una supuesta “lista de 7 países”
(Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán, Irán) a intervenir, atribuida al
general estadounidense Wesley Clark. Si bien no existe evidencia documental
concluyente que respalde la existencia formal de dicho plan, su reiterada
mención en el debate público refleja la percepción de que las acciones
internacionales responden a una lógica más amplia de reconfiguración regional.
Más allá
de la validez empírica de esa hipótesis, lo cierto es que varios de los países
señalados han experimentado procesos de desestructuración estatal, conflictos
prolongados o intervenciones externas, lo que plantea interrogantes sobre los
efectos acumulativos de estas dinámicas en el sistema internacional.
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En este
punto, una hipótesis interpretativa plausible es que la secuencia de
intervenciones y desarticulaciones observadas en la región no responde
únicamente a decisiones tácticas o contingentes, sino a una lógica más profunda
de reconfiguración del espacio geopolítico, orientada a debilitar estructuras
estatales heredadas y a reordenar los corredores estratégicos de energía y
transporte bajo condiciones de mayor control externo. Desde esta perspectiva,
la persistencia del conflicto en torno a Irán adquiere un significado
particular: no solo por su peso específico como actor regional, sino porque
constituye uno de los pocos casos en los que un Estado mantiene capacidad
efectiva de articulación territorial, autonomía estratégica y proyección sobre
nodos críticos del sistema energético global. Su resistencia relativa introduce
así un elemento de fricción en un proceso más amplio de reorganización, cuyos
resultados permanecen abiertos.
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En este
contexto, resulta pertinente plantear una pregunta de carácter más general:
¿los procesos observados responden a una sucesión de decisiones tácticas
desconectadas, o forman parte de una tendencia estructural más profunda?
Una
posible analogía es la del reciclaje de una vivienda: se desmontan estructuras
existentes con el objetivo de dar lugar a una nueva configuración, pero el
resultado intermedio puede ser un estado de fragmentación e incertidumbre si el
proceso no se completa o si los recursos resultan insuficientes.
¿Vale la
analogía? ¿Se está efectivizando una macro tendencia de “destrucción creadora”
con el fin de ingresar a una fase superior de la globalización y aplicar —con
las adaptaciones necesarias— modelos de desarrollo que han demostrado capacidad
de transformación estructural en otras regiones? ¿Se trata, en última
instancia, de una transición hacia formas más complejas de organización del
sistema internacional?
Trasladada
al plano geopolítico, esta imagen permite pensar que ciertas dinámicas de
desarticulación podrían estar vinculadas —al menos en parte— a procesos de
reconfiguración de mayor alcance, asociados a transformaciones en la
organización del sistema internacional, la infraestructura energética y los
patrones de interdependencia global.
En este
sentido, más que una oposición entre orden y caos, lo que podría estar
emergiendo es una transición aún incompleta hacia una nueva fase de
organización global, cuyos contornos definitivos permanecen abiertos.
Ing. Alberto Ford
IRI / UNLP
albertoford42@yahoo.com.ar
Buenos Aires, 14 de abril de 2026
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