martes, 14 de abril de 2026

 

 

Irán y la reconfiguración del orden geopolítico global

 “Noticia en desarrollo”, dicen los medios cuando los hechos están en curso. Esa definición resulta particularmente adecuada para describir la situación actual en el Golfo Pérsico y, en un sentido más amplio, en Oriente Medio.

Durante siglos, el espacio del llamado Oriente Medio y el norte de África fue escenario de una vida social, religiosa y política intensa, en la que comunidades judías, cristianas y musulmanas coexistieron bajo distintos órdenes imperiales, en particular el Imperio Otomano. Esa convivencia, lejos de ser idílica, estuvo atravesada por jerarquías, tensiones y episodios de violencia, pero no adoptó la forma de un conflicto estructural, permanente y de carácter nacional como el que emergería en el siglo XX.

El quiebre de ese equilibrio histórico puede comprenderse analíticamente a partir de la convergencia de tres procesos reconfigurantes. En primer lugar, la irrupción del sionismo, consolidado políticamente a partir de la Declaración Balfour, que introduce en la región una lógica moderna de autodeterminación nacional judía. En segundo término, la redefinición del orden territorial impulsado por las potencias europeas tras la Primera Guerra Mundial, simbolizada en los acuerdos Sykes-Picot, que fragmentaron el espacio otomano según criterios estratégicos exógenos.

A estos factores se suma la creciente centralidad del petróleo como recurso estratégico a lo largo del siglo XX, junto con la infraestructura necesaria para su transporte. En este contexto adquieren especial relevancia los denominados maritime chokepoints, pasos marítimos de enorme valor geopolítico —como el estrecho de Ormuz— cuya capacidad de condicionamiento sobre los flujos energéticos globales resulta determinante. Es en este entramado de intereses donde se intensifica la proyección de poder de las grandes potencias sobre la región.

La interacción entre estos procesos —la emergencia de nacionalismos competitivos, la imposición de un diseño territorial exógeno y la centralidad geopolítica de la energía— configura un marco conceptual adecuado para comprender la dinámica de conflictos que atraviesa el siglo XX y se proyecta hasta el presente, incluyendo sus derivaciones más recientes en la confrontación regional con Irán.

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El recorrido moderno del sionismo hasta la constitución y evolución del Estado de Israel puede interpretarse como un proceso dinámico en el que un movimiento nacional surgido a fines del siglo XIX fue articulando apoyos internacionales en un contexto de rivalidades imperiales, cristalizado parcialmente en la Declaración Balfour, y enfrentándose posteriormente al propio Mandato británico mediante organizaciones como Haganá o Irgún.

En 1947, la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas proporcionó un marco internacional para la partición de Palestina. La proclamación del nuevo Estado, un año después, derivó en una guerra regional que no dio lugar a la creación efectiva de dos Estados, tal como se había previsto. Desde entonces, se configuró un sistema de equilibrios inestables entre potencias, en el que incluso la Unión Soviética tuvo un rol inicial relevante.

Con el tiempo, Israel se consolidó como aliado estratégico de Estados Unidos, en una relación sostenida por convergencias geopolíticas, militares y tecnológicas, mientras que el conflicto regional persistió alimentado por disputas territoriales, identitarias y de seguridad, incluyendo la acción de actores armados no estatales como Hezbolá, Hamás y los hutíes de Yemen. El resultado es un escenario caracterizado por alianzas cambiantes, narrativas contrapuestas y una tensión estructural aún no resuelta.

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Por su parte, el acuerdo Sykes-Picot de 1916 constituyó un pacto secreto entre el Reino Unido y Francia, con apoyo de Rusia e Italia, para repartirse las zonas de influencia del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. Diseñado por Mark Sykes y François Georges-Picot, estableció fronteras que respondían prioritariamente a intereses estratégicos europeos, más que a realidades históricas o sociopolíticas locales.

La desarticulación del orden otomano no dio lugar a una autodeterminación orgánica de las sociedades árabes, sino a un proceso de transformaciones profundamente condicionado por las potencias externas. Este diseño territorial ha tenido efectos persistentes, influyendo en la configuración de conflictos y fragilidades estatales que se extienden hasta la actualidad.

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Un consenso ampliamente extendido en la literatura especializada sostiene que la política de Estados Unidos y el Reino Unido en Oriente Medio ha estado históricamente vinculada a la seguridad energética —en particular al petróleo y al gas—, en un marco en el que las intervenciones combinan objetivos geopolíticos concretos: garantizar rutas estratégicas, sostener equilibrios de poder favorables, evitar la emergencia de potencias regionales hostiles y proteger aliados clave.

El caso del ex primer ministro iraní Mohammad Mosaddeq, derrocado en 1953 tras la nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company (hoy BP) mediante una operación encubierta, ilustra con claridad hasta qué punto los intereses energéticos pueden articular acciones políticas de alto impacto.

Sin embargo, reducir cada conflicto a una lógica estrictamente “por petróleo” resulta insuficiente. Más adecuado es comprender que el sistema energético global condiciona estructuralmente la estrategia: incluso aquellas intervenciones no motivadas directamente por recursos terminan incidiendo sobre infraestructuras críticas, precios internacionales y la gobernanza regional. En este sentido, no existe una dicotomía entre petróleo y política, sino un entramado en el que ambos planos se co-determinan.

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En el contexto actual, las explicaciones sobre la confrontación con Irán han ido variando a medida que evolucionan los acontecimientos y se evidencian resultados no previstos. A pesar de operaciones militares significativas y acciones de alto impacto simbólico, no se observa una alteración decisiva del equilibrio interno del país, ni una interrupción verificable de sus capacidades estratégicas.

Al mismo tiempo, la centralidad del estrecho de Ormuz vuelve a ponerse de manifiesto como un factor crítico: cualquier alteración en su funcionamiento tiene efectos inmediatos sobre los mercados energéticos globales, lo que introduce un componente de sensibilidad sistémica que trasciende el plano estrictamente regional.

Las dificultades en las instancias de negociación recientes refuerzan la percepción de un conflicto abierto, en el que los objetivos declarados conviven con dinámicas más complejas y, en ocasiones, contradictorias.

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Diversas interpretaciones han intentado dar sentido a la secuencia de intervenciones en la región en las últimas décadas. Entre ellas, ha circulado en ámbitos políticos y estratégicos la referencia a una supuesta “lista de 7 países” (Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán, Irán) a intervenir, atribuida al general estadounidense Wesley Clark. Si bien no existe evidencia documental concluyente que respalde la existencia formal de dicho plan, su reiterada mención en el debate público refleja la percepción de que las acciones internacionales responden a una lógica más amplia de reconfiguración regional.

Más allá de la validez empírica de esa hipótesis, lo cierto es que varios de los países señalados han experimentado procesos de desestructuración estatal, conflictos prolongados o intervenciones externas, lo que plantea interrogantes sobre los efectos acumulativos de estas dinámicas en el sistema internacional.

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En este punto, una hipótesis interpretativa plausible es que la secuencia de intervenciones y desarticulaciones observadas en la región no responde únicamente a decisiones tácticas o contingentes, sino a una lógica más profunda de reconfiguración del espacio geopolítico, orientada a debilitar estructuras estatales heredadas y a reordenar los corredores estratégicos de energía y transporte bajo condiciones de mayor control externo. Desde esta perspectiva, la persistencia del conflicto en torno a Irán adquiere un significado particular: no solo por su peso específico como actor regional, sino porque constituye uno de los pocos casos en los que un Estado mantiene capacidad efectiva de articulación territorial, autonomía estratégica y proyección sobre nodos críticos del sistema energético global. Su resistencia relativa introduce así un elemento de fricción en un proceso más amplio de reorganización, cuyos resultados permanecen abiertos.

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En este contexto, resulta pertinente plantear una pregunta de carácter más general: ¿los procesos observados responden a una sucesión de decisiones tácticas desconectadas, o forman parte de una tendencia estructural más profunda?

Una posible analogía es la del reciclaje de una vivienda: se desmontan estructuras existentes con el objetivo de dar lugar a una nueva configuración, pero el resultado intermedio puede ser un estado de fragmentación e incertidumbre si el proceso no se completa o si los recursos resultan insuficientes.

¿Vale la analogía? ¿Se está efectivizando una macro tendencia de “destrucción creadora” con el fin de ingresar a una fase superior de la globalización y aplicar —con las adaptaciones necesarias— modelos de desarrollo que han demostrado capacidad de transformación estructural en otras regiones? ¿Se trata, en última instancia, de una transición hacia formas más complejas de organización del sistema internacional?

Trasladada al plano geopolítico, esta imagen permite pensar que ciertas dinámicas de desarticulación podrían estar vinculadas —al menos en parte— a procesos de reconfiguración de mayor alcance, asociados a transformaciones en la organización del sistema internacional, la infraestructura energética y los patrones de interdependencia global.

En este sentido, más que una oposición entre orden y caos, lo que podría estar emergiendo es una transición aún incompleta hacia una nueva fase de organización global, cuyos contornos definitivos permanecen abiertos.


Ing. Alberto Ford
IRI / UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar
Buenos Aires, 14 de abril de 2026

 



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