miércoles, 14 de enero de 2026

 

La doctrina Donroe

 

El presente trabajo se propone ofrecer una lectura analítica de un escenario internacional en plena reconfiguración, marcado por la superposición de crisis, disputas de poder y narrativas en tensión. Lejos de interpretaciones lineales o deterministas, el enfoque adoptado busca contextualizar los hechos, identificar continuidades y rupturas, y poner en diálogo los acontecimientos coyunturales con tendencias estructurales de mayor alcance. En ese marco, el texto invita a una reflexión crítica que combine rigor conceptual con atención a las implicancias políticas, económicas y estratégicas de los procesos en curso.

 

Aun enmarcada en un contexto geopolítico lábil, sin margen para la sorpresa, la captura del presidente Maduro constituye un hecho de enorme impacto mediático. El mundo asiste con asombro al episodio, pese a la existencia de antecedentes de este tipo de operativos. La reacción dominante es ambigua y confusa: no queda claro si corresponde celebrar el fin de una dictadura —tipificada como tal según los parámetros de Occidente— o, por el contrario, condenar el avasallamiento de la soberanía venezolana por parte del “imperio”.

La tendencia inicial —previsible— es atribuir la puesta en marcha de un operativo “de película” a un interés petrolero. En menor medida, también habría pesado la imagen negativa que los medios han construido del chavismo, ya sea a partir de su política de recursos humanos, de su supuesta implicancia con el narcotráfico o del fracaso de su gestión económica, responsable de la emigración masiva de ciudadanos venezolanos.

Como en toda intervención compleja, en su explicación confluyen múltiples razones, muchas de ellas sobradamente provistas por la propia gestión chavista. Sin embargo, sostenemos que existen causas adicionales, de carácter estructural, que no se explican únicamente por este caso del hemisferio americano, sino que atraviesan el conjunto de acciones, amenazas y reacomodamientos que caracterizan al actual curso geopolítico internacional.

El hecho —inesperado solo en apariencia, a la luz del reciente documento emitido por el gobierno de los Estados Unidos, la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN)— ha opacado otros acontecimientos centrales de la agenda global. Entre ellos, las guerras de Ucrania y Palestina, así como las amenazas del presidente Trump en relación con Taiwán, Nigeria y otras reivindicaciones insinuadas en el documento citado respecto de su hinterland.

Para abordar el análisis de los eventos en curso resulta necesario abandonar miradas simplistas y poner en evidencia los aspectos esenciales de los procesos actualmente en desarrollo.

La situación geopolítica que se ha configurado en tiempo récord responde, en gran medida, al accionar de lo que podríamos denominar los hegemones del momento —Estados Unidos, Rusia y China—, con un protagonismo marcado de sus máximas figuras presidenciales. En ese marco, la hiperactividad del presidente estadounidense lo ha convertido en una suerte de gran titiritero del escenario mediático en formación, estrechamente vinculado con el diseño de los siete bloques o áreas de influencia en que, según la ESN, se dividirá la sociedad mundial.

En primer lugar, destacan las definiciones relativas al hemisferio occidental, que incluye a la Argentina y constituye una preocupación prioritaria para la actual administración estadounidense. Sobre esas áreas nos detendremos para identificar sus principales características y comenzar a explicar las razones de las actuaciones observadas, así como aquello que cabe esperar, al menos, en el futuro inmediato.

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El escenario internacional posterior a la Guerra Fría estuvo marcado por la expectativa de un orden liberal estable, sustentado en instituciones multilaterales, apertura económica y liderazgo estadounidense. Sin embargo, las primeras décadas del siglo XXI pusieron en evidencia el agotamiento de ese paradigma. En este contexto emergen tres liderazgos —Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin— que no remiten a ideologías clásicas, sino a modelos diferenciados de ejercicio del poder.

Este trabajo sostiene que Trump, Xi y Putin encarnan tres respuestas estratégicas distintas frente a la crisis del orden liberal: una hegemonía transaccional y disruptiva (Trump), una hegemonía sistémica y estructural (Xi) y una hegemonía histórico-territorial (Putin). El análisis comparado de estos modelos permite comprender con mayor precisión la dinámica del sistema internacional contemporáneo.

Donald Trump y la hegemonía transaccional

La política exterior de Donald Trump parte de un diagnóstico central: Estados Unidos habría sido perjudicado por el orden liberal que él mismo contribuyó decisivamente a construir. Según esta visión, los aliados se benefician de manera desproporcionada de la protección estadounidense, mientras que las instituciones multilaterales operan como restricciones a la soberanía nacional. Esta lectura ya estaba explícitamente formulada en la National Security Strategy of the United States de 2017.

Trump introduce en la política internacional una lógica transaccional, propia del mundo de los negocios. Las alianzas dejan de concebirse como compromisos estratégicos de largo plazo y pasan a evaluarse como acuerdos revisables en función de costos y beneficios inmediatos. El estilo es personalista y confrontativo, con un uso del discurso como acto político en sí mismo: más orientado a generar impacto, presión y asimetría que a la deliberación o la construcción de consensos.

Sus principales instrumentos son el uso extensivo de sanciones económicas, la política arancelaria como herramienta de coerción, la amenaza como recurso diplomático recurrente y el empleo de la fuerza, como se ha visto recientemente en el caso venezolano. En Ucrania, su actuación adopta una modalidad indirecta o “proxy”: si bien no se manifiesta de forma frontal, no puede ponerse en duda el compromiso asumido por Estados Unidos en su momento. La asistencia abierta y encubierta a la OTAN —en armamento, financiamiento e inteligencia— en la guerra de Ucrania resulta incompatible con la pretensión de un rol neutral o mediador, como si Washington no fuera parte del conflicto, algo que contradice incluso declaraciones oficiales del pasado reciente.

En suma, Trump no busca construir un nuevo orden internacional, sino forzar una renegociación del existente en términos favorables a Estados Unidos, aun a costa de un accionar profundamente desestabilizador en el plano sistémico.

Xi Jinping y la hegemonía sistémica

Xi Jinping parte de una premisa diferente: el declive relativo de Occidente es estructural y el centro de gravedad del sistema internacional se desplaza de manera sostenida hacia Asia. A diferencia de Trump, Xi considera que el tiempo juega a favor de China, como ya lo expresaba en 2014 en La gobernanza de China.

El modelo chino se caracteriza por una acumulación paciente y planificada de poder. China evita el enfrentamiento directo con Estados Unidos y prioriza la construcción de capacidades económicas, tecnológicas e institucionales propias. Para las élites chinas, el horizonte temporal es largo, histórico y civilizacional.

Sus principales instrumentos son la Iniciativa de la Ruta de la Seda, la creación de instituciones financieras alternativas —como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII/AIIB) y el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD/NDB)—, la diplomacia económica y tecnológica y, no menos importante, el impacto mediático que logra a partir de los rasgos jingoístas de la narrativa oficial estadounidense, que muchas veces termina reforzando el posicionamiento chino a escala global.

Algunos analistas sostienen que Xi persigue una multipolaridad organizada, en la que China se convertiría en el eje central del sistema internacional sin recurrir a una ruptura violenta del orden existente; en otros términos, una estrategia orientada a evitar la llamada “trampa de Tucídides” mediante un reemplazo gradual.

Esta lectura resulta, a mi juicio, errónea. China no busca transformarse en el pivote ordenador del sistema internacional. Así lo demuestran de manera consistente tanto su discurso como su práctica diplomática, y los acuerdos internacionales que viene celebrando. Es cierto que promueve un mundo multipolar y desarrollado, en el que pueda poner en valor su extraordinaria capacidad productiva y comercial, pero ello no implica sobreactuaciones ni expectativas desmesuradas respecto de su papel —indiscutible— como potencia hegemónica.

Que China ocupe un lugar de privilegio en el podio mundial en términos productivos y comerciales no supone, como sostienen algunas bibliotecas ya envejecidas, que la fortaleza económica se traduzca automáticamente en poder político.

Vladimir Putin y la hegemonía histórico-territorial

La visión de Vladimir Putin se apoya en una lectura de largo plazo del protagonismo que lo eslavo-ruso ha tenido en la historia de Eurasia. En ese recorrido, la experiencia soviética ocupa un lugar central: su colapso es considerado una catástrofe, aunque fundamentalmente en su dimensión geopolítica. No obstante, no hay evidencia de que las élites rusas aspiren a restaurar el statu quo de la URSS ni su esquema de dominación coercitiva sobre Europa del Este.

Desde un punto de vista objetivo, Rusia no carece de recursos naturales dentro de sus fronteras: por el contrario, es uno de los países más ricos del planeta en ese aspecto. En relación con las fronteras surgidas en 1991, su accionar ha estado orientado a resolver disfuncionalidades heredadas —Nagorno Karabaj, Osetia del Sur, Abjasia, Chechenia— más que a una expansión ilimitada.

En Asia Central, las intervenciones rusas se han vinculado principalmente con la lucha contra el terrorismo islamista, en particular frente a los talibanes, una preocupación que comparte con China debido a una eventual proyección de esa influencia sobre los uigures de Xinjiang. No existe evidencia sólida de que Rusia se aparte de este marco interpretativo, pese a las atribuciones que ciertos líderes de la Unión Europea le asignan a Putin respecto de la supuesta falsedad de los objetivos declarados en la intervención en Ucrania.

El modelo ruso se basa en el uso selectivo de la fuerza para restaurar profundidad estratégica y control sobre su hinterland. A diferencia de China, Rusia acepta el conflicto abierto como herramienta legítima de política exterior.

Sus principales instrumentos son las intervenciones militares directas —Georgia (Osetia del Sur y Abjasia), Chechenia, Ucrania, Kazajistán, Nagorno Karabaj, Siria— y las operaciones indirectas o “proxy” —Libia, África Central a través del grupo Wagner—, el uso de la energía como instrumento de poder y su rol de gran potencia mediadora en conflictos latentes del espacio euroasiático, muchos de ellos heredados de la disolución soviética.

Desde el punto de vista estratégico, Putin no busca crear un nuevo orden global, sino revisar el orden heredado de la posguerra fría, corrigiendo lo que percibe como injusticias históricas. Su proyecto es, en este sentido, restaurador antes que revolucionario, como señalara John Mearsheimer en Foreign Affairs en 2014.

Comparación de los tres modelos de poder

 

dimensión

Trump

Xi Jinping

Vladimir Putin

horizonte temporal

corto plazo

largo plazo

histórico

relación con el orden liberal

disruptiva

sustitutiva

revisionista

uso de la fuerza

amenaza / intervención selectiva

disuasión estratégica

intervención directa

tipo de hegemonía

transaccional

sistémica

territorial

Conclusión

Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin no representan simplemente tres estilos de liderazgo ni tres trayectorias nacionales diferenciadas, sino tres funciones complementarias dentro de una misma arquitectura de poder global en transición. Lejos de un escenario de confrontación caótica entre potencias desalineadas, lo que emerge es una convergencia estratégica de facto en la cúspide del sistema internacional, donde los márgenes de conflicto estructural se encuentran notablemente acotados.

Esta convergencia no adopta la forma de alianzas explícitas ni de consensos ideológicos, sino que se expresa como un reconocimiento mutuo de esferas de acción, límites sistémicos y prioridades estratégicas. En ese nivel, las grandes decisiones no se improvisan ni se dirimen en clave de choque frontal, sino que se procesan previamente, reduciendo el riesgo de disrupciones verdaderamente incontrolables. El conflicto, cuando aparece, es administrado, dosificado y territorialmente contenido.

Las tensiones visibles —guerras regionales, sanciones, guerras comerciales, retóricas maximalistas— cumplen así una función estructural: ordenan el sistema al mismo tiempo que simulan su desorden. Alimentan narrativas de confrontación que resultan funcionales tanto al consumo interno como a la legitimación externa del poder, sin poner en riesgo el equilibrio profundo que sostiene la gobernabilidad global.

En este marco, el siglo XXI no asiste al retorno de un conflicto ideológico total, sino a la consolidación de un pluralismo autoritario de alto nivel, donde modelos de poder divergentes coexisten, compiten y se friccionan sin anularse. Trump encarna la erosión transaccional del orden liberal desde su núcleo; Xi Jinping construye un sistema alternativo capaz de absorber y reconfigurar ese orden; Putin tensiona sus bordes mediante una lógica histórica y territorial que redefine los límites de lo tolerable.

La verdadera disputa, por lo tanto, no es entre democracia y autoritarismo, ni entre Oriente y Occidente, sino entre formas de administración del orden global. Y es precisamente esta convergencia estratégica en la cima —invisible para el debate público, pero decisiva en la práctica— la que explica por qué el mundo parece permanentemente al borde del colapso sin llegar nunca a cruzar ese umbral.

 

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El “conflicto” como categoría obsoleta

El siglo XXI no está marcado por un conflicto insoluble entre las grandes potencias, sino por la imposibilidad de su desmadre. Lo que se presenta como confrontación es, en realidad, una forma avanzada de administración del orden global, donde la guerra a ese nivel deja de ser un instrumento decisivo y pasa a ser un recurso narrativo, territorial y funcional.

Llevar esta tesis al extremo supone cuestionar una de las premisas más arraigadas del pensamiento geopolítico moderno: la idea de que el sistema internacional contemporáneo está estructurado por un conflicto real y abierto entre grandes potencias. Desde esta perspectiva radical, el “conflicto entre grandes potencias” no es el principio ordenador del sistema, sino una categoría analítica heredada, funcional al siglo XX, pero crecientemente inadecuada para describir el siglo XXI.

Apelando a una vulgata de la regla fantasiosa del cálculo proposicional -tal como lo plantea Douglas Hofstadter en Gödel, Escher y Bach-, Trump puede afirmar que “necesita anexar Groenlandia por una cuestión de seguridad”. No importa que la premisa sea falsa. Alcanza con preguntar: “¿qué pasaría si lo fuera?”. A partir de esta pregunta se puede ir encadenando una serie de relaciones causales (teoremas) que terminan legitimando la premisa inicial.

1. El “conflicto” ya no organiza el sistema: lo administra

En la Guerra Fría, el conflicto era estructural: definía alianzas, jerarquías, economías y subjetividades políticas. Hoy, en cambio, el conflicto ha sido internalizado como una variable de gestión. Las grandes potencias no buscan derrotarse ni sustituirse mutuamente en un sentido clásico; buscan optimizar su posición relativa sin desestabilizar el sistema del que dependen.

Trump, Xi y Putin —más allá de sus diferencias— comparten un entendimiento tácito: la ruptura sistémica total no es una opción racional. El conflicto, por tanto, deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un instrumento sometido a reglas, territorializado, con un control estricto de su escala.

2. Las “líneas rojas” como prueba de convergencia, no de antagonismo

Paradójicamente, la proliferación de “líneas rojas” confirma esta convergencia estratégica. En un escenario de conflicto real entre grandes potencias, las líneas rojas serían sistemáticamente cruzadas. En el mundo actual, en cambio, son explicitadas, negociadas y, en general, respetadas.

Ucrania, Taiwán y Medio Oriente no son los frentes de una guerra mundial larvada, sino teatros de demostración de poder, donde cada actor testea capacidades, credibilidad y tolerancia al riesgo del otro, sin perder de vista el umbral que no debe ser traspasado.

3. La guerra como espectáculo sistémico

Desde esta óptica, muchas de las guerras contemporáneas cumplen una función adicional: producen sentido. Alimentan la narrativa del caos, legitiman presupuestos militares, cohesionan identidades nacionales y refuerzan liderazgos. Pero su diseño estratégico revela límites claros: son intensas pero contenidas, prolongadas pero localizadas, dramáticas pero previsibles.

La espectacularización del conflicto —amplificada por medios y redes— opera como una cortina que oculta lo esencial: la estabilidad profunda del sistema de grandes potencias.

4. De la rivalidad existencial a la competencia funcional

Lo que existe entre Estados Unidos, China y Rusia no es una rivalidad existencial, sino una competencia funcional. Cada potencia ocupa un rol distinto dentro del sistema global:

·         Estados Unidos gestiona la disrupción desde el centro.

·         China construye alternativas sin dinamitar el orden existente.

·         Rusia tensiona los márgenes para redefinir reglas sin asumir los costos de la sustitución sistémica.

Ninguna de las tres tiene incentivos reales para eliminar a las otras del tablero. El sistema funciona, precisamente, porque ninguna puede ganar una guerra total sin perderlo todo.

5. El verdadero conflicto: arriba no, abajo sí

Si el conflicto entre grandes potencias es, en gran medida, una ficción operativa, el conflicto real se desplaza hacia abajo: Estados medianos, regiones periféricas, sociedades fragmentadas. Allí se descargan las tensiones del sistema, se prueban doctrinas, se ajustan equilibrios.

Desde esta mirada, el orden internacional contemporáneo no está al borde del colapso, sino en un equilibrio inestable pero consciente, sostenido por una convergencia estratégica que evita el choque directo mientras externaliza el conflicto.

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Modus operandi

En un desglose analítico y sistemático de las regiones y bloques identificados por la Estrategia de Seguridad Nacional —entendidos no como “zonas administrativas” formales, sino como espacios estratégicos diferenciados, tal como se desprende tanto del propio documento como de las interpretaciones públicas del establishment estadounidense— adquiere particular relevancia el apartado referido al Hemisferio Occidental, que obviamente nos comprende y nos afecta. Lo primero que emerge de ese enfoque es la definición de una zona de primacía excluyente de Estados Unidos, una caracterización que remite de manera explícita al espíritu de la Doctrina Monroe.

La idea central es que el espacio vital inmediato constituye una cuestión de seguridad nacional. De allí se desprende el rechazo explícito a la presencia estratégica de potencias extra hemisféricas —China, Rusia e Irán— y una concepción de América Latina y el Caribe menos como un conjunto de “socios” que como un territorio a estabilizar y disciplinar.

En ese marco, los primeros focos de atención son los países identificados como parte del llamado “eje del mal” —Venezuela, Cuba y Nicaragua— y, de manera más intermitente, otros Estados con gobiernos que ensayan desvíos ocasionales hacia posiciones de izquierda, aun cuando estos movimientos sean erráticos o de corta duración.

A continuación, aparecen los temas de tonalidad más social, como las migraciones, el crimen organizado y el narcotráfico. Desde esta perspectiva, la lista de países involucrados se amplía considerablemente y no siempre resulta previsible sobre cuál de ellos se posa, de manera circunstancial, la lente de Washington.

Finalmente, la agenda se completa con los asuntos considerados estratégicos en sentido estricto: infraestructura crítica —puertos, redes 5G—, energía, litio y otros recursos estratégicos. En este punto, el radar ya alcanza al Cono Sur, con Brasil como caso emblemático: un “jarrón chino”, valioso pero incómodo, cuya ubicación estratégica nunca termina de resolverse. En todo caso, respecto de China, el consenso del establishment estadounidense es claro: no quiere su presencia en la región, aunque a esta altura esa pretensión resulte difícil de materializar.

Mientras tanto, la globalización continúa su curso. Asistimos a una etapa condicionada por “ganadores”. Haber logrado eliminar la pobreza en un país de 1.500 millones de habitantes, mediante un proyecto de cuatro décadas iniciado en los años ochenta —en paralelo a otros “winers” que habían llegado a la Luna— habilita a plantear, con responsabilidad, que ese logro —probablemente el más importante de la historia de la humanidad— puede ahora extenderse al resto del mundo.

En el núcleo del poder global no hay demasiados secretos. A partir de ese desafío y desde ese lugar, como en la teoría cuántica, los orbitales se suceden y funcionan poniendo en evidencia las contradicciones que atraviesan todos los niveles de la sociedad humana, desde los planos macro hasta llegar a la célula básica: la familia.

La pregunta central es cuál es la táctica adoptada para gestionar esta fase de la globalización —la etapa superior previa al ingreso en una eventual civilización cósmica— que comienza a tomar forma cotidiana a través de proyectos como SpaceX.

Los elementos explicativos están a la vista. Por un lado, la Estrategia de Seguridad Nacional; por otro, un conjunto de medidas amplificadas por la performatividad de Donald Trump, donde las palabras importan menos que la gestualidad, y donde una panoplia de decisiones aparentemente dispersas conforma, en realidad, un proyecto coherente cuya lógica resulta transparente para quien cuente con las herramientas conceptuales adecuadas para visualizarla.

En ese marco pueden identificarse dos cometidos preparatorios fundamentales:

1.      la desarticulación del sistema productivo, comercial y financiero existente, así como de todas aquellas situaciones consideradas conflictivas desde la óptica del realismo;

2.      la puesta en marcha de salidas —o soluciones— para los múltiples conflictos larvados que afectan al sistema internacional.

En el primer caso, la tarea principal recae sobre Trump mediante la reasignación universal de aranceles que impactan directamente en el comercio mundial. En el segundo, aparece el rol componedor de las tres superpotencias con mayor protagonismo en la coyuntura actual: Estados Unidos, Rusia y China.

Pese a la densa niebla informativa —nunca hubo una manipulación de esta magnitud, ahora potenciada por la IA— es posible advertir que las herramientas centrales para reconfigurar la situación internacional son de carácter económico, financiero, comercial y productivo (aranceles, sanciones, cuotas, inversiones, shorings, desdolarización, políticas fiscales e infraestructura de conectividad), complementadas por instrumentos militares, como la amenaza y la intervención directa.

Se está desmontando de raíz un esquema que funcionó durante cuatro décadas, en el cual Estados Unidos respaldó el “milagro” chino mediante una balanza comercial desfavorable de seis a uno, el traslado de decenas de miles de empresas y una transferencia tecnológica casi ilimitada —con la excepción de los chips de 2 nm o menos—. Ahora China deberá replicar, en su propia área definida por la ESN, aquello que en su momento se hizo con ella, un proceso que ha sido, es y seguirá siendo un prodigio histórico. De una sociedad desquiciada por el aventurerismo maoísta en los años setenta, pasó a convertirse en la segunda economía mundial y en la mayor infraestructura productiva del planeta.

Algo similar ocurrirá en todas las regiones, incluso en el hemisferio americano, donde Estados Unidos parece replegarse estratégicamente, y también en la Argentina.

Todo lo que está ocurriendo es relevante y habilita múltiples enfoques para explicar la geopolítica contemporánea. Cada uno tendrá razón en su dimensión específica, pero todos estarán explicando apenas una parte del fenómeno.

¿Qué tienen en común situaciones tan disímiles como Venezuela, Ucrania, Palestina o la Argentina? La respuesta es simple: desde distintos puntos de vista —frente a los cuales se puede estar a favor, en contra, ignorar o subestimar, dado que “lo justo” es una categoría de escasa relevancia en geopolítica— todas ellas constituyen trabas para el avance de la globalización en su etapa superior.

En todos los casos, las acciones emprendidas tienden a “allanar el camino”, incluso de manera brutal, para habilitar la aplicación de políticas destinadas a destrabar ese proceso globalizador por parte de los distintos hegemones, como parte de un consenso alcanzado en algún momento y lugar para el desarrollo de la sociedad humana.

Ing. Alberto Ford

IRI/UNLP

albertoford42@yahoo.com.ar

Buenos Aires, enero de 2026

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