La
doctrina Donroe
El
presente trabajo se propone ofrecer una lectura analítica de un escenario
internacional en plena reconfiguración, marcado por la superposición de crisis,
disputas de poder y narrativas en tensión. Lejos de interpretaciones lineales o
deterministas, el enfoque adoptado busca contextualizar los hechos, identificar
continuidades y rupturas, y poner en diálogo los acontecimientos coyunturales
con tendencias estructurales de mayor alcance. En ese marco, el texto invita a
una reflexión crítica que combine rigor conceptual con atención a las
implicancias políticas, económicas y estratégicas de los procesos en curso.
Aun enmarcada en un contexto geopolítico lábil, sin
margen para la sorpresa, la captura del presidente Maduro constituye un hecho
de enorme impacto mediático. El mundo asiste con asombro al episodio, pese a la
existencia de antecedentes de este tipo de operativos. La reacción dominante es
ambigua y confusa: no queda claro si corresponde celebrar el fin de una
dictadura —tipificada como tal según los parámetros de Occidente— o, por el
contrario, condenar el avasallamiento de la soberanía venezolana por parte del
“imperio”.
La tendencia inicial —previsible— es atribuir la
puesta en marcha de un operativo “de película” a un interés petrolero. En menor
medida, también habría pesado la imagen negativa que los medios han construido
del chavismo, ya sea a partir de su política de recursos humanos, de su
supuesta implicancia con el narcotráfico o del fracaso de su gestión económica,
responsable de la emigración masiva de ciudadanos venezolanos.
Como en toda intervención compleja, en su explicación
confluyen múltiples razones, muchas de ellas sobradamente provistas por la
propia gestión chavista. Sin embargo, sostenemos que existen causas adicionales,
de carácter estructural, que no se explican únicamente por este caso del
hemisferio americano, sino que atraviesan el conjunto de acciones, amenazas y
reacomodamientos que caracterizan al actual curso geopolítico internacional.
El hecho —inesperado solo en apariencia, a la luz del
reciente documento emitido por el gobierno de los Estados Unidos, la Estrategia
de Seguridad Nacional (ESN)— ha opacado otros acontecimientos centrales de la
agenda global. Entre ellos, las guerras de Ucrania y Palestina, así como las
amenazas del presidente Trump en relación con Taiwán, Nigeria y otras
reivindicaciones insinuadas en el documento citado respecto de su hinterland.
Para abordar el análisis de los eventos en curso
resulta necesario abandonar miradas simplistas y poner en evidencia los
aspectos esenciales de los procesos actualmente en desarrollo.
La situación geopolítica que se ha configurado en
tiempo récord responde, en gran medida, al accionar de lo que podríamos
denominar los hegemones del momento —Estados Unidos, Rusia y China—, con un
protagonismo marcado de sus máximas figuras presidenciales. En ese marco, la
hiperactividad del presidente estadounidense lo ha convertido en una suerte de
gran titiritero del escenario mediático en formación, estrechamente vinculado
con el diseño de los siete bloques o áreas de influencia en que, según la ESN,
se dividirá la sociedad mundial.
En primer lugar, destacan las definiciones relativas
al hemisferio occidental, que incluye a la Argentina y constituye una preocupación
prioritaria para la actual administración estadounidense. Sobre esas áreas nos
detendremos para identificar sus principales características y comenzar a
explicar las razones de las actuaciones observadas, así como aquello que cabe
esperar, al menos, en el futuro inmediato.
--o0o--
El
escenario internacional posterior a la Guerra Fría estuvo marcado por la
expectativa de un orden liberal estable, sustentado en instituciones
multilaterales, apertura económica y liderazgo estadounidense. Sin embargo, las
primeras décadas del siglo XXI pusieron en evidencia el agotamiento de ese
paradigma. En este contexto emergen tres liderazgos —Donald Trump, Xi Jinping y
Vladimir Putin— que no remiten a ideologías clásicas, sino a modelos
diferenciados de ejercicio del poder.
Este
trabajo sostiene que Trump, Xi y Putin encarnan tres respuestas estratégicas
distintas frente a la crisis del orden liberal: una hegemonía transaccional
y disruptiva (Trump), una hegemonía sistémica y estructural (Xi) y una
hegemonía histórico-territorial (Putin). El análisis comparado de estos modelos
permite comprender con mayor precisión la dinámica del sistema internacional
contemporáneo.
Donald
Trump y la hegemonía transaccional
La
política exterior de Donald Trump parte de un diagnóstico central: Estados
Unidos habría sido perjudicado por el orden liberal que él mismo contribuyó
decisivamente a construir. Según esta visión, los aliados se benefician de
manera desproporcionada de la protección estadounidense, mientras que las
instituciones multilaterales operan como restricciones a la soberanía nacional.
Esta lectura ya estaba explícitamente formulada en la National Security
Strategy of the United States de 2017.
Trump
introduce en la política internacional una lógica transaccional, propia
del mundo de los negocios. Las alianzas dejan de concebirse como compromisos
estratégicos de largo plazo y pasan a evaluarse como acuerdos revisables en
función de costos y beneficios inmediatos. El estilo es personalista y
confrontativo, con un uso del discurso como acto político en sí mismo: más
orientado a generar impacto, presión y asimetría que a la deliberación o la
construcción de consensos.
Sus
principales instrumentos son el uso extensivo de sanciones económicas, la
política arancelaria como herramienta de coerción, la amenaza como recurso
diplomático recurrente y el empleo de la fuerza, como se ha visto recientemente
en el caso venezolano. En Ucrania, su actuación adopta una modalidad indirecta
o “proxy”: si bien no se manifiesta de forma frontal, no puede ponerse en duda
el compromiso asumido por Estados Unidos en su momento. La asistencia abierta y
encubierta a la OTAN —en armamento, financiamiento e inteligencia— en la guerra
de Ucrania resulta incompatible con la pretensión de un rol neutral o mediador,
como si Washington no fuera parte del conflicto, algo que contradice incluso
declaraciones oficiales del pasado reciente.
En suma,
Trump no busca construir un nuevo orden internacional, sino forzar una
renegociación del existente en términos favorables a Estados Unidos, aun a
costa de un accionar profundamente desestabilizador en el plano sistémico.
Xi
Jinping y la hegemonía sistémica
Xi
Jinping parte de una premisa diferente: el declive relativo de Occidente es
estructural y el centro de gravedad del sistema internacional se desplaza de
manera sostenida hacia Asia. A diferencia de Trump, Xi considera que el
tiempo juega a favor de China, como ya lo expresaba en 2014 en La
gobernanza de China.
El modelo
chino se caracteriza por una acumulación paciente y planificada de poder.
China evita el enfrentamiento directo con Estados Unidos y prioriza la
construcción de capacidades económicas, tecnológicas e institucionales propias.
Para las élites chinas, el horizonte temporal es largo, histórico y civilizacional.
Sus
principales instrumentos son la Iniciativa de la Ruta de la Seda, la creación
de instituciones financieras alternativas —como el Banco Asiático de Inversión
en Infraestructura (BAII/AIIB) y el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD/NDB)—, la
diplomacia económica y tecnológica y, no menos importante, el impacto mediático
que logra a partir de los rasgos jingoístas de la narrativa oficial
estadounidense, que muchas veces termina reforzando el posicionamiento chino a
escala global.
Algunos
analistas sostienen que Xi persigue una multipolaridad organizada, en la que
China se convertiría en el eje central del sistema internacional sin recurrir a
una ruptura violenta del orden existente; en otros términos, una estrategia
orientada a evitar la llamada “trampa de Tucídides” mediante un reemplazo
gradual.
Esta
lectura resulta, a mi juicio, errónea. China no busca transformarse en el
pivote ordenador del sistema internacional. Así lo demuestran de manera
consistente tanto su discurso como su práctica diplomática, y los acuerdos
internacionales que viene celebrando. Es cierto que promueve un mundo
multipolar y desarrollado, en el que pueda poner en valor su extraordinaria
capacidad productiva y comercial, pero ello no implica sobreactuaciones ni
expectativas desmesuradas respecto de su papel —indiscutible— como potencia
hegemónica.
Que China
ocupe un lugar de privilegio en el podio mundial en términos productivos y
comerciales no supone, como sostienen algunas bibliotecas ya envejecidas, que
la fortaleza económica se traduzca automáticamente en poder político.
Vladimir
Putin y la hegemonía histórico-territorial
La visión
de Vladimir Putin se apoya en una lectura de largo plazo del protagonismo que
lo eslavo-ruso ha tenido en la historia de Eurasia. En ese recorrido, la experiencia
soviética ocupa un lugar central: su colapso es considerado una catástrofe,
aunque fundamentalmente en su dimensión geopolítica. No obstante, no hay
evidencia de que las élites rusas aspiren a restaurar el statu quo de la URSS ni su esquema de dominación coercitiva sobre
Europa del Este.
Desde un
punto de vista objetivo, Rusia no carece de recursos naturales dentro de sus
fronteras: por el contrario, es uno de los países más ricos del planeta en ese
aspecto. En relación con las fronteras surgidas en 1991, su accionar ha estado
orientado a resolver disfuncionalidades heredadas —Nagorno Karabaj, Osetia del
Sur, Abjasia, Chechenia— más que a una expansión ilimitada.
En Asia
Central, las intervenciones rusas se han vinculado principalmente con la lucha
contra el terrorismo islamista, en particular frente a los talibanes, una
preocupación que comparte con China debido a una eventual proyección de esa
influencia sobre los uigures de Xinjiang. No existe evidencia sólida de que
Rusia se aparte de este marco interpretativo, pese a las atribuciones que
ciertos líderes de la Unión Europea le asignan a Putin respecto de la supuesta
falsedad de los objetivos declarados en la intervención en Ucrania.
El modelo
ruso se basa en el uso selectivo de la fuerza para restaurar profundidad
estratégica y control sobre su hinterland.
A diferencia de China, Rusia acepta el conflicto abierto como herramienta
legítima de política exterior.
Sus
principales instrumentos son las intervenciones militares directas —Georgia
(Osetia del Sur y Abjasia), Chechenia, Ucrania, Kazajistán, Nagorno Karabaj,
Siria— y las operaciones indirectas o “proxy” —Libia, África Central a través
del grupo Wagner—, el uso de la energía como instrumento de poder y su rol de
gran potencia mediadora en conflictos latentes del espacio euroasiático, muchos
de ellos heredados de la disolución soviética.
Desde el
punto de vista estratégico, Putin no busca crear un nuevo orden global, sino revisar
el orden heredado de la posguerra fría, corrigiendo lo que percibe como
injusticias históricas. Su proyecto es, en este sentido, restaurador antes
que revolucionario, como señalara John Mearsheimer en Foreign Affairs
en 2014.
Comparación
de los tres modelos de poder
|
dimensión |
Trump |
Xi Jinping |
Vladimir Putin |
|
horizonte
temporal |
corto plazo |
largo plazo |
histórico |
|
relación
con el orden liberal |
disruptiva |
sustitutiva |
revisionista |
|
uso de
la fuerza |
amenaza / intervención selectiva |
disuasión estratégica |
intervención directa |
|
tipo de
hegemonía |
transaccional |
sistémica |
territorial |
Conclusión
Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin no representan simplemente tres estilos
de liderazgo ni tres trayectorias nacionales diferenciadas, sino tres
funciones complementarias dentro de una misma arquitectura de poder global en transición.
Lejos de un escenario de confrontación caótica entre potencias desalineadas, lo
que emerge es una convergencia estratégica de facto en la cúspide del
sistema internacional, donde los márgenes de conflicto estructural se
encuentran notablemente acotados.
Esta convergencia no adopta la forma de alianzas explícitas ni de consensos
ideológicos, sino que se expresa como un reconocimiento mutuo de
esferas de acción, límites sistémicos y prioridades estratégicas. En
ese nivel, las grandes decisiones no se improvisan ni se dirimen en clave de
choque frontal, sino que se procesan previamente, reduciendo el riesgo de
disrupciones verdaderamente incontrolables. El conflicto, cuando aparece, es administrado,
dosificado y territorialmente contenido.
Las tensiones visibles —guerras regionales, sanciones, guerras comerciales,
retóricas maximalistas— cumplen así una función estructural: ordenan el
sistema al mismo tiempo que simulan su desorden. Alimentan narrativas
de confrontación que resultan funcionales tanto al consumo interno como a la
legitimación externa del poder, sin poner en riesgo el equilibrio profundo que
sostiene la gobernabilidad global.
En este marco, el siglo XXI no asiste al retorno de un conflicto ideológico
total, sino a la consolidación de un pluralismo autoritario de alto
nivel, donde modelos de poder divergentes coexisten, compiten y se
friccionan sin anularse. Trump encarna la erosión transaccional del orden
liberal desde su núcleo; Xi Jinping construye un sistema alternativo capaz de
absorber y reconfigurar ese orden; Putin tensiona sus bordes mediante una
lógica histórica y territorial que redefine los límites de lo tolerable.
La verdadera disputa, por lo tanto, no es entre democracia y autoritarismo,
ni entre Oriente y Occidente, sino entre formas de administración del
orden global. Y es precisamente esta convergencia estratégica en la
cima —invisible para el debate público, pero decisiva en la práctica— la que
explica por qué el mundo parece permanentemente al borde del colapso sin llegar
nunca a cruzar ese umbral.
--o0o--
El “conflicto” como categoría
obsoleta
El siglo XXI no
está marcado por un conflicto insoluble entre
las grandes potencias, sino por la imposibilidad de su desmadre. Lo que se
presenta como confrontación es, en realidad, una forma avanzada de
administración del orden global, donde la guerra a ese nivel deja de ser un
instrumento decisivo y pasa a ser un recurso narrativo, territorial y
funcional.
Llevar esta tesis al extremo supone cuestionar una de las premisas más
arraigadas del pensamiento geopolítico moderno: la idea de que el sistema
internacional contemporáneo está estructurado por un conflicto real y
abierto entre grandes potencias. Desde esta perspectiva radical, el
“conflicto entre grandes potencias” no es el principio ordenador del sistema,
sino una categoría analítica heredada, funcional al siglo XX, pero
crecientemente inadecuada para describir el siglo XXI.
Apelando a una vulgata de la regla
fantasiosa del cálculo proposicional -tal como lo plantea Douglas Hofstadter en Gödel, Escher y Bach-, Trump puede
afirmar que “necesita anexar Groenlandia por una cuestión de seguridad”. No
importa que la premisa sea falsa. Alcanza con preguntar: “¿qué pasaría si lo fuera?”.
A partir de esta pregunta se puede ir encadenando una serie de relaciones
causales (teoremas) que terminan legitimando la premisa inicial.
1.
El “conflicto” ya no organiza el sistema: lo administra
En la Guerra Fría, el conflicto era estructural: definía alianzas,
jerarquías, economías y subjetividades políticas. Hoy, en cambio, el conflicto
ha sido internalizado como una variable de gestión. Las
grandes potencias no buscan derrotarse ni sustituirse mutuamente en un sentido
clásico; buscan optimizar su posición relativa sin desestabilizar el
sistema del que dependen.
Trump, Xi y Putin —más allá de sus diferencias— comparten un entendimiento
tácito: la ruptura sistémica total no es una opción racional. El conflicto, por
tanto, deja de ser un fin en sí mismo y pasa a ser un instrumento
sometido a reglas,
territorializado, con un control estricto de su escala.
2.
Las “líneas rojas” como prueba de convergencia, no de antagonismo
Paradójicamente, la proliferación de “líneas rojas” confirma esta
convergencia estratégica. En un escenario de conflicto real entre grandes
potencias, las líneas rojas serían sistemáticamente cruzadas. En el mundo
actual, en cambio, son explicitadas, negociadas y, en general,
respetadas.
Ucrania, Taiwán y Medio Oriente no son los frentes de una guerra mundial
larvada, sino teatros de demostración de poder, donde cada
actor testea capacidades, credibilidad y tolerancia al riesgo del otro, sin
perder de vista el umbral que no debe ser traspasado.
3.
La guerra como espectáculo sistémico
Desde esta óptica, muchas de las guerras contemporáneas cumplen una función
adicional: producen sentido. Alimentan la narrativa del caos,
legitiman presupuestos militares, cohesionan identidades nacionales y refuerzan
liderazgos. Pero su diseño estratégico revela límites claros: son intensas pero
contenidas, prolongadas pero localizadas, dramáticas pero previsibles.
La espectacularización del conflicto —amplificada por medios y redes— opera
como una cortina que oculta lo esencial: la estabilidad profunda del
sistema de grandes potencias.
4.
De la rivalidad existencial a la competencia funcional
Lo que existe entre Estados Unidos, China y Rusia no es una rivalidad
existencial, sino una competencia funcional. Cada potencia
ocupa un rol distinto dentro del sistema global:
·
Estados Unidos gestiona la disrupción desde el
centro.
·
China construye alternativas sin dinamitar el
orden existente.
·
Rusia tensiona los márgenes para redefinir reglas
sin asumir los costos de la sustitución sistémica.
Ninguna de las tres tiene incentivos reales para eliminar a las otras del
tablero. El sistema funciona, precisamente, porque ninguna puede ganar
una guerra total sin perderlo todo.
5.
El verdadero conflicto: arriba no, abajo sí
Si el conflicto entre grandes potencias es, en gran medida, una ficción
operativa, el conflicto real se desplaza hacia abajo: Estados medianos,
regiones periféricas, sociedades fragmentadas. Allí se descargan las tensiones
del sistema, se prueban doctrinas, se ajustan equilibrios.
Desde esta mirada, el orden internacional contemporáneo no está al borde del
colapso, sino en un equilibrio inestable pero consciente,
sostenido por una convergencia estratégica que evita el choque directo mientras
externaliza el conflicto.
--o0o--
Modus operandi
En un desglose analítico y sistemático de las regiones y bloques
identificados por la Estrategia de Seguridad Nacional —entendidos no como
“zonas administrativas” formales, sino como espacios estratégicos
diferenciados, tal como se desprende tanto del propio documento como de las
interpretaciones públicas del establishment estadounidense— adquiere particular
relevancia el apartado referido al Hemisferio Occidental, que obviamente nos
comprende y nos afecta. Lo primero que emerge de ese enfoque es la definición
de una zona de primacía excluyente de Estados Unidos, una caracterización que
remite de manera explícita al espíritu de la Doctrina Monroe.
La idea central es que el espacio vital inmediato constituye una cuestión de
seguridad nacional. De allí se desprende el rechazo explícito a la presencia
estratégica de potencias extra hemisféricas —China, Rusia e Irán— y una
concepción de América Latina y el Caribe menos como un conjunto de “socios” que
como un territorio a estabilizar y disciplinar.
En ese marco, los primeros focos de atención son los países identificados
como parte del llamado “eje del mal” —Venezuela, Cuba y Nicaragua— y, de manera
más intermitente, otros Estados con gobiernos que ensayan desvíos ocasionales
hacia posiciones de izquierda, aun cuando estos movimientos sean erráticos o de
corta duración.
A continuación, aparecen los temas de tonalidad más social, como las
migraciones, el crimen organizado y el narcotráfico. Desde esta perspectiva, la
lista de países involucrados se amplía considerablemente y no siempre resulta
previsible sobre cuál de ellos se posa, de manera circunstancial, la lente de
Washington.
Finalmente, la agenda se completa con los asuntos considerados estratégicos
en sentido estricto: infraestructura crítica —puertos, redes 5G—, energía,
litio y otros recursos estratégicos. En este punto, el radar ya alcanza al Cono
Sur, con Brasil como caso emblemático: un “jarrón chino”, valioso pero
incómodo, cuya ubicación estratégica nunca termina de resolverse. En todo caso,
respecto de China, el consenso del establishment estadounidense es claro: no
quiere su presencia en la región, aunque a esta altura esa pretensión resulte
difícil de materializar.
Mientras tanto, la globalización continúa su curso. Asistimos a una etapa
condicionada por “ganadores”. Haber logrado eliminar la pobreza en un país de
1.500 millones de habitantes, mediante un proyecto de cuatro décadas iniciado
en los años ochenta —en paralelo a otros “winers”
que habían llegado a la Luna— habilita a plantear, con responsabilidad, que ese
logro —probablemente el más importante de la historia de la humanidad— puede
ahora extenderse al resto del mundo.
En el núcleo del poder global no hay demasiados secretos. A partir de ese
desafío y desde ese lugar, como en la teoría cuántica, los orbitales se suceden
y funcionan poniendo en evidencia las contradicciones que atraviesan todos los
niveles de la sociedad humana, desde los planos macro hasta llegar a la célula
básica: la familia.
La pregunta central es cuál es la táctica adoptada para gestionar esta fase
de la globalización —la etapa superior previa al ingreso en una eventual
civilización cósmica— que comienza a tomar forma cotidiana a través de
proyectos como SpaceX.
Los elementos explicativos están a la vista. Por un lado, la Estrategia de
Seguridad Nacional; por otro, un conjunto de medidas amplificadas por la
performatividad de Donald Trump, donde las palabras importan menos que la
gestualidad, y donde una panoplia de decisiones aparentemente dispersas
conforma, en realidad, un proyecto coherente cuya lógica resulta transparente
para quien cuente con las herramientas conceptuales adecuadas para
visualizarla.
En ese marco pueden identificarse dos cometidos preparatorios fundamentales:
1. la
desarticulación del sistema productivo, comercial y financiero existente, así
como de todas aquellas situaciones consideradas conflictivas desde la óptica
del realismo;
2. la
puesta en marcha de salidas —o soluciones— para los múltiples conflictos
larvados que afectan al sistema internacional.
En el primer caso, la tarea principal recae sobre Trump mediante la
reasignación universal de aranceles que impactan directamente en el comercio
mundial. En el segundo, aparece el rol componedor de las tres superpotencias
con mayor protagonismo en la coyuntura actual: Estados Unidos, Rusia y China.
Pese a la densa niebla informativa —nunca hubo una manipulación de esta
magnitud, ahora potenciada por la IA— es posible advertir que las herramientas
centrales para reconfigurar la situación internacional son de carácter
económico, financiero, comercial y productivo (aranceles, sanciones, cuotas,
inversiones, shorings, desdolarización, políticas fiscales e
infraestructura de conectividad), complementadas por instrumentos militares,
como la amenaza y la intervención directa.
Se está desmontando de raíz un esquema que funcionó durante cuatro décadas,
en el cual Estados Unidos respaldó el “milagro” chino mediante una balanza
comercial desfavorable de seis a uno, el traslado de decenas de miles de
empresas y una transferencia tecnológica casi ilimitada —con la excepción de
los chips de 2 nm o menos—. Ahora China deberá replicar, en su propia área
definida por la ESN, aquello que en su momento se hizo con ella, un proceso que
ha sido, es y seguirá siendo un prodigio histórico. De una sociedad desquiciada
por el aventurerismo maoísta en los años setenta, pasó a convertirse en la
segunda economía mundial y en la mayor infraestructura productiva del planeta.
Algo similar ocurrirá en todas las regiones, incluso en el hemisferio
americano, donde Estados Unidos parece replegarse estratégicamente, y también
en la Argentina.
Todo lo que está ocurriendo es relevante y habilita múltiples enfoques para
explicar la geopolítica contemporánea. Cada uno tendrá razón en su dimensión
específica, pero todos estarán explicando apenas una parte del fenómeno.
¿Qué tienen en común situaciones tan disímiles como Venezuela, Ucrania,
Palestina o la Argentina? La respuesta es simple: desde distintos puntos de
vista —frente a los cuales se puede estar a favor, en contra, ignorar o
subestimar, dado que “lo justo” es una categoría de escasa relevancia en
geopolítica— todas ellas constituyen trabas para el avance de la globalización
en su etapa superior.
En todos los casos, las acciones emprendidas tienden a “allanar el camino”,
incluso de manera brutal, para habilitar la aplicación de políticas destinadas
a destrabar ese proceso globalizador por parte de los distintos hegemones, como
parte de un consenso alcanzado en algún momento y lugar para el desarrollo de
la sociedad humana.
Ing. Alberto Ford
IRI/UNLP
Buenos
Aires, enero de 2026